Un Nobel de Economía para la innovación como motor del crecimiento económico
Vivimos en un mundo en el que la innovación y el cambio tecnológico tienen profundas implicaciones, económicas y sociales. No dejamos de preguntarnos, y probablemente más de uno le haya preguntado a ChatGPT, cómo los cambios en la IA afectarán al empleo, a la competitividad de las empresas, o si implicarán una redistribución de renta contribuyendo a una sociedad todavía más desigual. No hace falta pensar sólo en la IA, modelos de economía de plataforma como Netflix, Booking o Amazon han cambiado de forma radical la industria audiovisual, el turismo y el comercio. El premio Nobel de Economía 2025 ha reconocido a tres influyentes investigadores en Economía por su contribución a entender mejor cómo la innovación y el cambio tecnológico son motor de crecimiento económico y prosperidad, algo que no siempre está garantizado.
La mitad del premio, cinco millones y medio de coronas suecas, ha sido otorgada al economista Joel Mokyr, nacido en Países Bajos, doctor de la Universidad de Yale, y actualmente profesor de la Universidad de Nothrwestern. El profesor Mokyr analizó datos históricos, tratando de entender qué elementos explican que, a partir de la Revolución Industrial, algunos países iniciaran un crecimiento económico exponencial, mientras que durante siglos el progreso había sido plano. En realidad, siempre ha habido innovación, pero antes de la Revolución Industrial esas innovaciones no se traducían en crecimiento a largo plazo. Una diferencia fundamental tiene que ver con la relevancia de la ciencia. Antes de ese periodo, el aprendizaje no se fundamentaba en marcos teóricos y experimentales que permitieran aplicar lo aprendido en diversos campos o comprender no lo que funcionaba, sino por qué funcionaba. Joel Mokyr demostró que entender por qué una innovación funcionaba, así como una sociedad, cuyas instituciones y grupos sociales son más abiertos a la innovación, son factores fundamentales que explican el extraordinario cambio que la humanidad ha vivido los dos últimos siglos.
La otra mitad del premio ha recaído en los economistas Philippe Aghion, nacido en Francia y profesor en INSEAD y London School of Economics, junto al canadiense Peter Howitt, profesor de la Universidad de Brown. Ambos fueron pioneros en plantear un modelo económico, de crecimiento a largo plazo, en el que se podía medir cuál debería ser el nivel óptimo de esfuerzo en Investigación y Desarrollo (I+D). El concepto de destrucción creativa, central hoy en día en cualquier escuela de negocios, es un elemento fundamental de su trabajo. Cuando se produce una innovación o un cambio tecnológico, que permite a una empresa convertirse en el líder de un mercado y traducirse en elevados beneficios, esa innovación tiene como contrapartida la desaparición del tejido empresarial que se basaba en la tecnología antigua, provocando una redistribución de la riqueza con ganadores y perdedores. Un ejemplo cotidiano lo encontramos en nuestro teléfono móvil: la cámara integrada en nuestros smartphones ha sustituido a las cámaras fotográficas tradicionales, que eran fundamentales no hace tanto tiempo.
Cuando una empresa hace un esfuerzo en innovar que le puede permitir ser el líder del mercado, protegido por las patentes que le dan un poder de monopolio sobre su nuevo producto, sabe también que en algún momento esa posición será arrebatada por una nueva empresa que aportará una tecnología que nada tiene que ver con la presente. En ese proceso de destrucción creativa, el nivel óptimo de investigación y desarrollo que las empresas lleven a cabo puede ser distinto del que sea óptimo para garantizar el crecimiento y la prosperidad social a largo plazo. Los análisis de Aghion y Howitt permiten entender por qué gobiernos tan distintos como el de Estados Unidos o China han sido, y son, actores tan relevantes en la financiación de nuevas tecnologías y la apuesta por la investigación y el desarrollo.
Una idea relevante de los recién laureados tiene que ver con que la estructura de un mercado influye en la innovación que podemos esperar. Un grupo importante de economistas advierten de la ralentización en las últimas décadas de la innovación, y apuntan a un modelo económico en el que unas pocas empresas ostentan una posición de dominio del mercado. Un mercado en el que una única empresa concentra cerca del 90% de la cuota puede convertirse en una barrera para la innovación y el proceso de destrucción creativa antes mencionado; a esa empresa le interesa mantener su situación de privilegio, algo que puede conseguir frenando la innovación que surge de compañías más pequeñas. Una estrategia lógica a nivel individual, pero no óptima para la sociedad. En el otro extremo, mercados muy atomizados con pequeñas empresas carecen del músculo necesario para innovar y crear.
En definitiva, un Nobel que reconoce que no podemos dar el progreso económico como algo garantizado y que nos ayuda a entender mejor la innovación y el cambio tecnológico.