Renunciar al esfuerzo no es la respuesta
Imagina un trabajo en grupo, pero evaluado individualmente. Imagina que te esfuerzas haciéndolo. Imagina que eres el único. Imagina que eso da igual: la mejor nota se la lleva otra persona, no tú. Lo racional es que dejes de esforzarte: claro que sí.
Lo mismo aplica para ti o para toda tu (¿nuestra?) generación en un sistema económico entero. Si quien empieza no ve recompensa al esfuerzo durante años, lo previsible es que deje de esforzarse. No es vagancia: es lectura racional del entorno. ¿”Cultura del esfuerzo”? ¿Actitud, ganas, garra? Esa cultura es lo que florece encima de un sistema de incentivos que funciona, que cumple lo que promete. Cuando no cumple, lo que florece es cinismo.
Y el cinismo es fértil para una propuesta aparentemente apetecible: si el vínculo entre esfuerzo y recompensa está roto, mejor declararlo roto del todo y montar otro sistema, uno que renuncie a la idea de que cada cual reciba lo que merece.
Suena progresista. No lo es.
Porque cuando ese vínculo desaparece como criterio, lo que ocupa su lugar no es la igualdad de resultados. Lo hemos visto cada vez que un sistema se proclama igualitario y deja de medir lo que cada cual aporta. Pasan dos cosas a la vez. Una: ese sistema deja de producir crecimiento. Hay lo que hay. Dos: el reparto de esa escasez se vuelve más competido, no menos. Y lo que ocupa el lugar del esfuerzo son personas y grupos capaces de movilizar el capital económico, social, cultural y relacional que ya tienen. Quienes disponen de información que no viaja públicamente. Quienes tienen apellido, contactos, herencia. Pasa en aparatos burocráticos donde “todos somos compañeros”: quien asciende no es quien más aporta, sino quien mejor conoce los pasillos y a quien hay que llamar. Y mientras tanto, la retórica sigue siendo impecablemente igualitaria, en boca de una nueva élite que no necesita esforzarse para serlo, porque la idea misma de recompensar el esfuerzo ha quedado deslegitimada.
Porque lo que se vende como crítica termina siendo una batalla entre élites. La que ahora puede prescindir del esfuerzo y la que en el futuro tampoco lo necesitará para mantener sus nuevos privilegios.
A mí no me convence ese trato, la verdad. La periodista Cristina García Casado lo escribió bien hace unos años: ellos pueden prescindir del esfuerzo, nosotros no. El acceso a esfuerzo recompensado es la única palanca probada de movilidad social ascendente. Pero para que cualquiera pueda agarrar esa palanca, hace falta una condición previa, necesaria: oportunidad. Lo que pone a cualquiera en posición de que su esfuerzo pueda ser recompensado. Son las dos juntas, o nada.
Oportunidad no es solo que puedas, por ejemplo, estudiar, así en abstracto. Es que puedas hacerlo donde quieras, que la educación a la que accedas sea de calidad real, que esté conectada con el mercado laboral, y que las piezas que vienen después estén en su sitio, esperándote.
La más importante, la que ahora hace de coladero por donde se escurre el esfuerzo, es la vivienda. Por eso movilizar vivienda asequible para nuevos trabajadores y estudiantes (residencias públicas, alquiler social, parque público de verdad, también facilitar la construcción privada en densidad donde hay demanda) debería ser la prioridad máxima de cualquier proyecto progresista. Con todo lo que la vivienda arrastra detrás: transporte, equipamientos, escuelas... en fin, ciudades capaces de admitir a quien viene a contribuir.
Eso es construir una plataforma de oportunidades. Es donde hay que volcar el gasto público. No donde está ahora, sino en lo que abre puertas a quien todavía no ha podido cruzarlas.
Esfuerzo sin oportunidad es una estafa, porque las recompensas están repartidas de antemano. Pero renunciar a que el esfuerzo cuente tampoco es la respuesta: es la coartada perfecta para que quien ya está arriba (o quien quiere ocupar su lugar) se quede ahí sin tener que justificarlo. Pasarnos estos años repitiéndonos que esforzarse jamás servirá (muy distinto a que ahora no sirve lo suficiente) es, exactamente, hacerle el trabajo a quienes nunca han tenido que hacerlo. Es nuestra resistencia no creerles.