Lo que no se dice cuando hablamos de la mejora educativa
La mayoría de reacciones ante el último informe PISA, sobre calidad de los sistemas educativos, han girado en torno al reparto de competencias, su titularidad y el nivel de financiación; o se han limitado a análisis precipitados que, en su conjunto, resultan alejados o desenfocados respecto a la raíz de la cuestión.
Hace ya algún un tiempo, junto a expertos en educación, fui invitado por el Círculo de Economía a analizar conjuntamente, y en profundidad, el relativo fracaso de nuestro sistema educativo. El grupo determinó algunos temas cruciales, que paso a comentar, sobre los que hubo gran acuerdo, y que, sin embargo, no se han visto reflejados en el debate actual.
El tema más importante, por ser estructural, radica en la constatación de que la modificación de los resultados en un sistema educativo es un proceso extraordinariamente largo. Es un sinsentido fijarse en los resultados anuales para adoptar medidas para evitar que se repita lo mismo el año siguiente. Las modificaciones y las medidas hay que llevarlas a cabo sabiendo que sólo tendrán resultado efectivo y profundo, si se trata de períodos muy largos. No conviene reaccionar a golpe de encuestas, ya que éstas nos están revelando lo que hicimos mal hace cinco o diez años.
El segundo, son las críticas al exceso de cambios de regulaciones que ha habido en nuestro país. Los sistemas educativos responden a lo que, desde la perspectiva de la Teoría de la Organización, se denominan técnicamente burocracias profesionales. Está fuertemente acreditado que, en este tipo de organizaciones, los grandes cambios generan enormes ineficiencias. Lo que requiere el sistema educativo son pequeñas, pero constantes, medidas de mejora. Medidas progresivas, incrementales, que, con los años y poco a poco -como el que va ajustando un sistema complejo- permitan unos resultados sustancialmente superiores.
Los expertos coinciden también en que es especialmente necesaria la inversión en educación en las edades más tempranas. Priorizar la educación infantil de 0 a 6 años es la base para conseguir el éxito en etapas posteriores de la formación. En nuestro sistema educativo, tenemos un índice de escolarización en esta franja de edad muy bajo: claramente por debajo del 50%. De esto poco se habla.
También se remarcó, en el mencionado workshop, que un proceso educativo implica de manera prioritaria a las familias. En las fases iniciales, se debería contemplar la acción, no sólo sobre los alumnos, sino también sobre la familia del propio alumno, especialmente si ésta tiene carencias económicas y educativas relevantes. Lo que no se consiga mejorar en estas etapas representará un altísimo coste económico para el sistema educativo en fases posteriores y un alto coste humano para los afectados. De este tema pocos artículos en presa encontraremos.
Por otro lado, es de suma importancia la autonomía de los centros educativos, ya que están mejor posicionados para adaptarse a las necesidades de sus alumnos. En un sistema como el nuestro, en el que la heterogeneidad de los alumnos dentro de cada centro es muy alta, resulta más perentoria esta autonomía que redundará, sin duda, en un incremento de la calidad. La dirección de los centros deviene prioritaria y, por lo tanto, su autonomía de gestión y su formación resulta una actividad crítica.
En cuanto a la igualdad, como valor fundamental, no debe implicar un igualitarismo homogeneizador de las personas. La evaluación de resultados y la creación de una cultura evaluadora en los diversos ámbitos del sistema educativo son primordiales y complemento imprescindible de la autonomía de los centros.
Finalmente, todo ello confluye en la necesidad de mejorar la asignación de los recursos, puesto que la inversión en educación, a partir de una determinada cantidad no implica mejores resultados. A partir de un determinado momento, no por más cantidad de recursos volcados, conseguiremos mejores resultados. El debate crucial es en qué se gastan los recursos existentes.
Como criterio orientador, no deberíamos olvidar que la esencia de la calidad de la educación radica en la relación profesor-alumno, y más allá de los conocimientos y aptitudes, son fundamentales las actitudes. Por ello, un área de especial atención es la gestión del profesorado: su proceso de selección y contratación; la actualización de su vocación; la evaluación, carrera profesional, retribución y la separación del servicio.
En resumen, es preciso una aproximación a la vez que amplia, más focalizada en los temas relevantes. La calidad del sistema educativo, si la centramos única y exclusivamente en él, no nos llevará más que a una mejora limitada. En este sentido, no por muy repetida deja de ser adecuada la expresión: a un niño no lo educa un profesor, sino el conjunto de la sociedad.
Tenemos que ir más allá en la reflexión (televisión, internet,…), e incluirnos a nosotros mismos como parte de la solución al problema, aumentando nuestro grado de responsabilidad en el proceso educativo.