La profesión del (buen) abogado
Más del 75% de las empresas prevén adoptar tecnologías, como la inteligencia artificial, el big data y la computación en la nube en los próximos cinco años, según el último Informe sobre el Futuro del Empleo del Foro Económico Mundial. Este dato pone de manifiesto una realidad innegable: la revolución tecnológica está en marcha y transformando la forma en que las organizaciones abordan sus operaciones. Un desafío que no es ajeno a la profesión jurídica, como lo demuestra el interés que la inteligencia artificial generativa ha suscitado entre los despachos de abogados de todo el mundo, que ya se preparan para aumentar la calidad de sus servicios y eficacia gracias a esta herramienta. Todo ello me ha llevado a formular una pregunta, que, si bien es recurrente en los tiempos que corren, se torna, además, más pertinente que nunca: ¿cómo debemos formar al futuro abogado para destacar en este entorno?
El valor añadido del abogado del futuro no se medirá por la información que conozca, sino por su capacidad para distinguir la información correcta y útil de la incorrecta o estéril y, sobre todo, por su capacidad para resolver retos de manera imaginativa, pero con fundamento. En esa tarea, la tecnología, en general, y la inteligencia artificial, en particular, resultarán de gran ayuda, pero no logrará extinguir la profesión del (buen) abogado. Toda vez que la educación jurídica del presente es la que debe facilitar que los futuros profesionales del Derecho estén a la altura de lo que exigirá el mercado y la sociedad, si se atiende al aspecto educativo-formativo, el futuro de la profesión legal no es futuro, sino presente.
Indudablemente, al profesional del futuro no le bastará con conocer el Derecho. La adquisición de conocimientos jurídicos sólidos es indispensable, pero claramente insuficiente. Más allá del convencional énfasis en numerosos foros de la importancia de adquirir habilidades y competencias, el aspecto crítico radica en que los alumnos hayan sido entrenados en la utilización del Derecho para la solución de problemas.
Sin entrar en debates sobre la cientificidad del Derecho, es innegable que un aprendizaje de los principios y fundamentos jurídicos aislado de la realidad del problema carece de utilidad. La clásica dicotomía entre la teoría y la práctica es falsa. Algunas de las instituciones más abstractas de nuestro derecho son las que mejor resuelven los casos jurídicos más complejos. Por lo tanto, la práctica legal no puede prescindir del conocimiento e integración de la teoría jurídica de relevancia.
Lo que no es negociable es que se enseñen teorías dogmáticas desconectadas de la realidad e inútiles para resolver problemas o para entender el ordenamiento jurídico y su funcionamiento. Tampoco es negociable que el alumno pueda desconocer el contexto socioeconómico y empresarial en el que se encuadra el problema a resolver, so pena de no cumplir bien el papel de abogado. Para que el Derecho sea efectivo y cumpla su función es clave que el abogado entienda el problema desde una perspectiva empresarial y sectorial. Por ese motivo, es muy importante que, más allá de elegir un doble grado, el currículum académico de la carrera de Derecho incluya materias económico-financieras, empresariales o geopolíticas y, además, una especialización por sectores económicos. La especialidad jurídica del futuro no solo la va a marcar la rama del Derecho que se ejerza, sino también el sector empresarial o industrial en el que se asesore jurídicamente. No es lo mismo, sin duda, asesorar en materia de energía, que en el sector audiovisual o farmacéutico-alimentario, por citar solo un par de ejemplos y, por ello, evidentemente, no es baladí que el abogado conozca todas las claves, no solo las jurídicas, del sector en el que se enmarca el problema o reto a resolver.
Formación generalista
La especialidad jurídica y sectorial es una necesidad y lo seguirá siendo, pero debe ser también compatible con una formación generalista excelente. Ciertamente, la necesidad de que los abogados se especialicen no está reñida con la habilidad, derivada de la buena formación, para ser también un buen generalista. Una alta especialidad en determinada área o sector que no vaya acompañada de unos mínimos conocimientos jurídicos de otras áreas puede resultar en un gran perjuicio para el cliente. Los problemas jurídicos, en la medida en que también son siempre problemas sociales, económicos o empresariales, nunca se resuelven desde una única disciplina jurídica. El mercantilista no puede obviar los riesgos laborales o fiscales de una determinada operación ni tampoco, por supuesto, el fin último del cliente y las implicaciones empresariales o económicas de determinada decisión.
Todo ello exige que el Derecho se deje de enseñar por parcelas. Los actuales alumnos, abogados del futuro, deben acostumbrarse a lidiar con problemas complejos que abarcan materias muy diversas y que, además, en la mayoría de los casos serán problemas de carácter internacional. El juez no es solo la boca de la Ley y el abogado no puede ser solo local o nacional. Si los problemas son globales, entonces el abogado, aún ejerciente y experto en una única jurisdicción, debe ser capaz de entender las diferencias de funcionamiento de las tradiciones jurídicas, especialmente entre Civil y Common Law, y entenderse con abogados internacionales.
Al abogado del futuro no se le exigirá invertir tanto tiempo en la búsqueda de datos y de jurisprudencia, o en la redacción de documentos. El valor añadido del abogado del futuro, estudiante de Derecho del presente, residirá en su capacidad para alinearse de manera estratégica y productiva con los objetivos del cliente y otorgar así seguridad tanto desde una perspectiva jurídica como operacional. Su misión no es simplemente la de conocer y transmitir el Derecho, sino la de utilizarlo e integrarlo con fundamento para facilitar una solución holística y con garantías. Nuestra misión consiste en formar ya a ese abogado. Si no, llegaremos tarde.