La crítica
Justo salgo de moderar una mesa redonda donde el tema en cuestión era el liderazgo y cómo los directivos capeamos los temporales a los que nos debemos enfrentar, que no son pocos. Entre los diferentes retos que tenemos, más allá de los de gestionar las emociones y rendimiento de otras personas y equipos, está también la gestión de las propias emociones. En dicho ámbito, siempre me ha interesado cómo las distintas personas manejamos la crítica, la desaprobación, el comentario contrario o que descalifica nuestras ideas, propuestas o políticas.
Durante la mesa redonda, una de las participantes, directiva de gran éxito, dio una respuesta que me pareció acertadísima. Reconoció que llevaba muy mal la crítica, y que a menudo las tomaba de un modo personal, como una afrenta hacia la persona. Descubrió un día que debía diferenciar entre dos tipos de comentarios adversos. Los constructivos y los destructivos. Los constructivos son aquellos que verdaderamente tratan de aportar, de detectar lo que falla, lo que no está bien resuelto, lo que debe ser revisado, o bien introduce hipótesis de partida que desembocan en una modificación total o parcial de los planes. Es una crítica que no pretende destruir, sino que introduce elementos racionales que se integran en el debate.
Los destructivos son aquellos comentarios que, en el fondo, lo que verdaderamente desean es eliminar la propuesta, descalificar al directivo o directiva, matar al mensajero, dejar en evidencia. Las críticas destructivas son formuladas en dos situaciones. Cuando la lanza una persona tóxica, y hay más de las que pensamos. O cuando la lanza un damnificado. Es decir, alguien a quien la nueva propuesta o proyecto le supone una merma de responsabilidades, promoción, presupuesto o protagonismo. En tales casos, disfrazados de argumentos se esconde la destrucción del otro.
Si uno es capaz de detectar y diagnosticar certeramente ante cuál de las dos situaciones está enfrentándose, todo es mucho más fácil y sencillo. A saber. En el segundo de los casos, el destructivo, hay que obviar, ignorar, no responder, no entrar en la provocación. No vale la pena ni siquiera argumentar o razonar porque lo que el otro busca es que nos pongamos en falso o nos contradigamos en algún punto. No puede afectarnos negativamente la crítica destructiva, hay que ignorarla y eliminarla de nuestro sentir.
En el primero de los casos, la crítica constructiva, hay que aprender a escuchar, a reconsiderar y reevaluar nuestra decisión o propuesta. Ahí sí que el líder puede crecer y evolucionar. Incorporar nuevos argumentos y rectificar adecuadamente es de sabios, como suele decirse, y hace más fuertes y más creíbles a los verdaderos líderes.