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De la democracia a la emocracia

elPeriódico | | 4 minutos de lectura

Se está imponiendo un cierto consenso políticamente correcto según el cual la democracia está de capa caída, cada vez más abducida por procesos emocionales. Esto, por supuesto es algo perfectamente constatable. Como también lo es la tendencia a reprobar en público la dimensión emocional de las posiciones políticas que no se comparten, una reprobación que sólo sirve para cultivar la propia superioridad moral y la tranquilidad de la buena conciencia. Más aún: algunos olvidan la propia historia política emocional y asimilan las emociones solo a posiciones políticas conservadoras y populistas. Creen que las buenas razones son de su propiedad, y que lamentablemente hoy las riadas emocionales se las llevan. Y no entienden cómo puede ser que sus propuestas y sus causas –tan bien fundamentadas, ellas– susciten cada vez menos adhesión y vinculación.

Es evidente que existe instrumentalización. Y que existe aprovechamiento emocional y político de las vulnerabilidades de las personas. Pero ya nos advirtió Descartes que «el buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo, ya que cada uno estima estar suficientemente bien provisto». Una cosa es reconocer el incremento de las capacidades para incidir sobre las vulnerabilidades humanas y crear vínculos que solo piden adhesión pasiva. Otra, reconocer que la política se justifica por solucionar problemas, dar respuesta a necesidades de los ciudadanos y contribuir a que el país funcione. Y otra olvidar que la política es también movilización, sueños y esperanzas... colectivos, creíbles y transversales. Y que hoy tenemos que atender a las tres dimensiones. A la vez. Porque cuando el futuro se convierte en el rostro de la amenaza tan solo se activan los recursos emocionales asociados al miedo, la pérdida y la demanda de protección. Y quien conecta con ellos tiene mucho ganado, al menos a corto plazo.

Digámoslo en lenguaje electoral: predomina una manera de hablar de políticos a los que se menosprecia y aísla con la etiqueta de populistas pensando que es una manera de describirlos y, en realidad, es una manera de insultar a sus votantes y, por tanto, de confirmarlos en su adhesión. ¿Se puede hablar de los retos del siglo XXI con los discursos ‘progres’ y/o reformistas del siglo XX? ¿O apelando a principios generales abstractos y descontextualizados, como si los enfoques y valores de los 30 gloriosos fueran verdades eternas? Seguir haciéndolo es ignorar que el tiempo no pasa en vano, ni siquiera para las verdades eternas. El diagnóstico de lo que ocurre hoy ya lo hizo sin saberlo aquel que hace unos años nos hizo ver que se parecen más dos diputados, uno de los cuales es comunista, que dos comunistas, uno de los cuales es diputado. 

Por eso las llamadas fake news se consolidan sin remedio. Porque lo que las sostiene a menudo no tiene tanto que ver con las razones y con la verdad, sino con la identidad y los vínculos emocionales. Las fake news son el tema de nuestro tiempo, porque seguimos creyendo que las vamos a evitar con mejores argumentos y con una ducha fría de hechos. E ignoramos que son el triunfo social de la pregunta marxista (de Groucho): ¿A quién va a creer usted, a mí o a sus propios ojos? La pregunta que marca y define nuestro tiempo no es qué es la verdad, sino quiénes son los nuestros.

Es decir, los míos. Los que son como yo me veo a mí mismo. Y al peso de los vínculos emocionales no se le puede oponer simplemente eldespreciohaciaquienesnosienten como yo y lo mismo queyo. Como nos recuerda R. M. Nogués siguiendo a Damasio, los humanos somos seres emocionales asistidos por la razón, y no máquinas racionales que se ven perturbadas por las emociones.

Por eso nos convendría preguntarnos si una apología de la política sólo como mecanismo deregular conflictos de intereses y articular preferencias nos ha ayudado mucho a evitar la atomización social en identidades de grupo incompatibles entre sí. Al final, todo el mundo va a la suya menos yo, que voy a la mía. Quizás necesitamos recuperar más explícitamente el sentir que compartimos un espacio de convivencia transversal. Construir en la diversidad de nuestros lenguajes expresiones que nos vinculen emocionalmente más allá de quienes son los nuestros es indispensable si no queremos que la democracia se reduzca a emocracia.