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Campo yermo

Siguiendo las ideas de Aristóteles, es interesante en esta vida pasar por diversas experiencias que desarrollen nuestro potencial humano. Aunque algunas nos sirven sólo como lección de lo que hay que evitar.

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Siguiendo las ideas de Aristóteles, es interesante en esta vida pasar por diversas experiencias que desarrollen nuestro potencial humano. Aunque algunas nos sirven sólo como lección de lo que hay que evitar.

Hace tiempo, fui invitado a formar parte de la directiva de una asociación. Meses después presenté mi dimisión; el tiempo justo para poder construir un caso sobre cómo funcionan algunas prácticas de corrupción.

Lo primero que se suele hacer, al llegar al nuevo cargo, es establecer una radiografía de oportunidades. Generalmente, estas se hallan en las compras y en las inversiones, con la construcción en un lugar destacado. No hay aquí grandes aspiraciones olímpicas, no se intenta potenciar las ventas o mejorar la eficiencia, por ejemplo.

Moralmente, llevarse una parte de un esfuerzo sería más aceptable. Pero se va a lo fácil: gastar dinero con la idea de llevarse una comisión u otra ventaja alternativa.

El problema es doble. Primero, el dinero no es suyo, es de los socios o de los ciudadanos, según el caso, y además, es escaso. Segundo, en el afán de gastar olvidan si el gasto o inversión que realizan tiene sentido y producirá algún valor. Ahí están los aeropuertos sin usar o los AVE vacíos.

Hay, por tanto, una desconexión total entre gasto, o inversión, y los bienes sociales que en realidad deberían de producir.

El impacto negativo en la economía es triple: 1. por un lado, lo que se roba directamente; 2. por otro, todo gasto inducido por dichas prácticas que acaba siendo inútil, y 3. el despilfarro derivado de la gestión incompetente de la operativa diaria, incluyendo el servicio ineficaz para los ciudadanos.

Todo ello puede representar entre un 20% -siendo conservador- y un 40% del presupuesto anual de las organizaciones dominadas por tales dinámicas.

Existe una corrupción extendida en la calle y otra de guante blanco que se escuda tras la legitimidad regulatoria producida por una excesiva connivencia entre poder ejecutivo y grandes corporaciones. Se ha hecho de ella un modus vivendi.

Todos los que no participan en el juego molestan y son apartados. Los que juegan se pelean por lo poco que ya va quedando. Se acabará creando un campo yermo en el que ya no crecerá la hierba, i.e. brotes verdes. Malas perspectivas para todos.