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Un nuevo europeísmo

En las instituciones de Bruselas el año parece que termina en estos días y no en diciembre. La Unión Europea cierra en agosto y el parón permite recapitular antes de empezar la siguiente temporada.
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En las instituciones de Bruselas el año parece que termina en estos días y no en diciembre. La Unión Europea cierra en agosto y el parón permite recapitular antes de empezar la siguiente temporada. Después de enormes dificultades, la moneda común aguanta y su rediseño avanza, aunque con excesiva lentitud, dificultado por la mala situación económica del continente, pero también por la falta de impulso político al proyecto de integración. 

A la vuelta de vacaciones, es probable que el dinosaurio esté todavía ahí, es decir, que nos encontremos con malos números y poco entusiasmo. Las elecciones alemanas de septiembre posiblemente ratificarán a Angela Merkel, una líder convencida de que su misión europea consiste en extender con gesto mecánico recetas alemanas a los pacientes del sur, un tratamiento doloroso y de resultados a largo plazo. Francia seguirá cobijada a la sombra de Alemania, sin hacer muchas reformas, al igual que Italia, y el Reino Unido deshojará la margarita de la permanencia en un mercado que le favorece se mire por donde se mire.
 
España tratará de compensar con buenas noticias económicas el pesado lastre de la corrupción política. La prioridad de unos y otros debería ser formular unnuevo contrato social europeo, impulsado por un europeísmo propio del siglo XXI, alrededor de una idea atractiva de la UE compartida por los veintiocho Estados miembros. Solo así se conseguirá salir de la crisis de confianza que atraviesa la Unión. En este difícil empeño, ya no sirven las viejas invocaciones a la paz y a la prosperidad compartida con las que el inimitable Jean Monnet y sus compañeros movilizaron a las elites europeas y norteamericanas en la posguerra. Igual que existe el concepto del 'American way of life', que el presidente Obama utiliza para dar sentido a sus prioridades de gobierno a favor de la clase media, deberíamos afirmar en la Unión el modo de ser europeo y proyectar esta identidad para que fuera un ideal sugerente. Por comparación con otras partes del mundo, Europa es una isla de prosperidad, democracia, innovación y bienestar, a pesar de los estragos de la crisis económica, la atonía de nuestros líderes y el populismo en ascenso en muchos de sus países. 

Para conservar esta riqueza de valores, ideas y buenas prácticas, no basta con arreglar el euro desde un punto de vista técnico. Es necesario mejorar la democracia a nivel europeo y es imprescindible convertir cuanto antes a la Unión Europea en un actor global eficaz. La gran mayoría de los desafíos a ese modo de ser europeo provienen de fuera de nuestras fronteras no tenemos las estrategias ni los medios para hacerles frente. La utopía de una Unión que aporte soluciones a los problemas del mundo haría coincidir la defensa de los intereses de los ciudadanos con un nuevo ideal europeísta.