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Ucrania y Occidente

Más de la mitad de los habitantes de Ucrania quieren ser europeos, pero esto llevaría a desmontar el régimen oligárquico y corrupto presidido por un Yanukóvich acorralado. Tras las últimas matanzas y la negociación posterior bajo presión internacional, puede que la numantina resistencia de los manifestantes de algunos frutos y se cumpla el pacto para reducir los poderes del Jefe del Estado y la celebración anticipada de elecciones presidenciales.

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Más de la mitad de los habitantes de Ucrania quieren ser europeos, pero esto llevaría a desmontar el régimen oligárquico y corrupto presidido por un Yanukóvich acorralado. Tras las últimas matanzas y la negociación posterior bajo presión internacional, puede que la numantina resistencia de los manifestantes de algunos frutos y se cumpla el pacto para reducir los poderes del Jefe del Estado y la celebración anticipada de elecciones presidenciales.

Sin embargo, el futuro de Ucrania se decidirá en buena medida por el grado de apoyo y la implicación inteligente de los países occidentales. Hasta ahora, los embajadores de los Estados europeos y de EEUU se han volcado con la oposición.

La lista de personalidades enviadas a Kiev en los últimos meses para reforzar el mensaje desde ambos lados del Atlántico que estábamos con ellos es impresionante. Sin embargo, existe una gran divergencia de fondo entre Washington y Bruselas en esta crisis.

Estados Unidos ve el problema de Ucrania dentro de una estrategia global propia de una superpotencia, en la que el país en llamas no está entre sus prioridades: Irán y el otro extremo de Asia ocupan esta atención preferencial.

Siria no es del todo importante y puede que tampoco este nuevo caso en el que los rusos claramente mueven ficha. Los ciudadanos norteamericanos no quieren que su país intervenga en más guerras después de Irak y Afganistán y respalda fuertes recortes en gasto de defensa.

Washington aumentará la presión sobre Vladimir Putin, pero el antiguo oficial de la KGB sabe leer muy bien a sus rivales y resistirá todo lo que pueda, porque el objetivo de una Ucrania pro-rusa vale la pena.

Por nuestra parte, los europeos no acabamos de plantear la relación con Rusia y con Ucrania en términos estratégicos, sino como una exportación de nuestro sistema de gobierno,a base de discursos y “poder blando” o de atracción, y sin ofrecer la garantía de que los ucranios podrían un día formar parte del club.

Si no funciona esta operación de animarlos a que hagan ellos el camino hacia la democracia y la economía del mercado, cada miembro de la Unión optará una vez más por una táctica distinta. Posiblemente, Italia o Alemania seguirán haciendo negocios con las oligarquías de la zona y Francia o el Reino Unido mostrarán mayor reserva.

Para evitar este nuevo fracaso de la política exterior del mundo atlántico, Robin Nibblet, uno de los mejores conocedores de la relación entre  EEUU y Europa, ha sugerido no confiarlo todo a las sanciones y no arrinconar a Yanukóvich.

Su idea es rebobinar y que el asunto de Ucrania no se plantee en términos de pugna Este-Oeste. La coordinación entre Washington y las capitales europeas para poner en práctica un plan al menos tan matizado como éste es del todo necesaria, pero no parece posible.