Tecnocracia y democracia
Nadie a estas alturas es capaz de predecir lo que puede ocurrir en Grecia en los próximos meses. La situación es tan fluida que podemos asistir a casi cualquier escenario. Lo más deseable sería la entrada en razón del Gobierno de Syriza, bisoño y sin capacidad técnica suficiente, cuya mejor opción es aceptar el canje de financiación exterior por reformas domésticas. Pero nadie puede descartar el hundimiento completo de su economía, con la primera salida del euro de uno de sus miembros.
Lo que no sirve en el análisis de Grecia es contraponer de manera simplista, como se hace con frecuencia, los términos democracia y tecnocracia. En esta visión equivocada y extendida, los de Syriza representarían la voz del pueblo mientras que las instituciones europeas e internacionales involucradas en el rescate a Grecia serían solo tecnócratas sin freno. La democracia, en la versión avanzada que intentamos practicar en Europa, consiste en contrapesar una y otra vez el miedo a las minorías con el miedo a las mayorías, en la acertada definición del politólogo Neil Komesar. Las dos posibles tiranías -la de los pocos o la de los muchosson igualmente peligrosas. Para que funcione bien una democracia deben existir pesos y contrapesos, reflejados por ejemplo en la vigencia del Estado de derecho y la protección de los derechos fundamentales, o en el funcionamiento de agencias independientes que cumplen sus funciones legales. En el caso de la Unión Europea, una democracia de democracias desde la que nos gobernamos, las mayorías europeas son tan legítimas como las minorías (que a su vez pueden representar a mayorías nacionales) y los mecanismos de corrección de los excesos de los muchos o de los pocos son igualmente esenciales. El Banco Central Europeo o la Comisión tienen legitimidad para actuar en el caso griego a partir de los acuerdos establecidos, del mismo modo que el Eurogrupo refleja a una mayoría de países miembros de la moneda común y es del todo apropiado que tome sus decisiones pensando en el conjunto de la zona euro. Al mismo tiempo, al tratar desde Bruselas o Fráncfort con el Gobierno griego es necesario flexibilidad, diálogo y estar dispuesto a ayudar una y otra vez, dada la situación social tan dura que atraviesan estos europeos, a los que debemos solidaridad y respeto. Dicha actitud no es obstáculo para la participación de expertos en la buena gestión de sus asuntos públicos, una contribución sujeta a controles legales y políticos.
De este modo, el primer ministro Alexis Tsipras, que maniobra para comprar tiempo a cambio de muy poco, no representa una legitimidad ni especial ni superior en clave soberanista. Al menos mientras Grecia no solo sea un Estado nación sino también un Estado miembro, una categoría constitucional resultado de mutaciones muy profundas, ratificadas una y otra vez por el pueblo heleno en las sucesivas reformas de los tratados europeos.