Articles

Lecciones británicas

Hace más de 75 años, el gobierno inglés llegó a manos de un político que, en su primera intervención pública, afirmó que a no ser que las islas pudieran separarse de las rocas que las sostenían y navegar 3.000 millas hacia el Oeste, su destino estaría indisolublemente ligado al de Europa.
| | 3 min read

Hace más de 75 años, el gobierno inglés llegó a manos de un político que, en su primera intervención pública, afirmó que a no ser que las islas pudieran separarse de las rocas que las sostenían y navegar 3.000 millas hacia el Oeste, su destino estaría indisolublemente ligado al de Europa. Entonces, el ejército alemán ocupaba Polonia, Austria, Checoslovaquia, Holanda y Bélgica. Francia estaba al borde del colapso; los dos regímenes fascistas del Sur de Europa hacían cuentas sobre los despojos de las democracias; la Unión Soviética se amparaba en un pacto de no agresión y Estados Unidos hacían gala de indiferencia.

Doscientos cincuenta mil soldados se retiraban hacia el Canal, en el más completo desorden. En Londres, Lord Halifax, aristócrata persuasivo, prudente y, quizás, el político más respetado, valoraba seriamente la oportunidad de negociar una paz honorable. No resulta fácil apreciar, hoy, la trascendencia y la dificultad de ese momento, porque la historia tiende a borrar huellas y dejar el trazo grueso.

Lo más sencillo es concentrar nuestra atención y subrayar el mérito de una sola persona, en este caso, en el pasional y exuberante descendiente del Duque de Marlborough. En el político que miraba de reojo la historia buscando las lecciones que encerraba. Y, ciertamente, fue ese político, por otro lado tan implacable con las sufragistas como sarcástico con Gandhi, el que acometió la empresa de defender Europa con toda la determinación y hasta sus últimas consecuencias.

Sin embargo, y esto es lo que a veces se desdibuja, lejos de estar solo, fueron más de mil, las embarcaciones de toda clase que cruzaron el canal para rescatar a la totalidad de la fuerza expedicionaria inglesa. Fue la determinación de la democracia más antigua del mundo la que contuvo la marea que habría destruido Europa.

Una versión reciente de esa misma democracia parece indicar que las islas se desencadenan de las rocas y que comienzan a navegar. No son buenos tiempos para Europa que pierde, con esa decisión, parte de la consistencia de la que se nutre cualquier proyecto ambicioso. Sin duda, habrá que trabajar con ahínco y con imaginación para dar nuevo aliento al proyecto europeo, y en ese proceso habrá que ignorar a los pusilánimes.

Conservemos viva de aquel momento la determinación con la que muchos actuaron. Y de éste, coloquemos la política en el terreno de los problemas; admitiendo sin ambages los dilemas y la complejidad que comporta Europa. Quizás entonces, huyendo del populismo y de la ambición personal, situaremos a los ciudadanos frente a un futuro con el que puedan comprometerse. Es la hora de la convicción y, probablemente, de un cierto sacrificio. Hoy, también lo merece.