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La bolsa y la percepción del riesgo

Si los beneficios de las empresas crecen y las expectativas de distribución de dividendos son buenas, las bolsas europeas deberían recuperarse, pero la percepción del riesgo puede desalentar a muchos inversores
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Si los beneficios de las empresas crecen y las expectativas de distribución de dividendos son buenas, las bolsas europeas deberían recuperarse, pero la percepción del riesgo puede desalentar a muchos inversores. En Wall Street, el denominado Índice del Miedo (del inglés Fear Gauge), llegó el viernes 8 al nivel de 19,83. Cuando alcanza el listón de 20 se dice que los inversores entran en una situación de estrés.

En la situación actual no se trata sólo de las consecuencias del aumento de los tipos oficiales de la Reserva Federal de Estados Unidos, sino que tienen mayor influencia la persistente caída de los precios del petróleo y la inestabilidad de China, porque se toman como indicadores adelantados de una posible recesión mundial. Y a ello también contribuyen los bajos precios de las materias primas industriales, encabezadas por el denominado doctor cobre, pues es indispensable desde los móviles a todos los artículos de la electrónica. Si baja de precio puede ser un indicador de la caída de la demanda industrial, especialmente de China, como han confirmado los indicadores de las fábricas que tienen capacidad no utilizada.

En otras circunstancias, los inversores se preguntaban: ¿Qué países pueden crecer más? A partir de 1998 y una vez resuelta la crisis del sureste de Asia, los denominados países emergentes crecieron a tasas que multiplicaban el crecimiento de los países más desarrollados. China quedaba por encima, con tasas de crecimiento de dos dígitos. Su economía podía duplicarse, en términos reales, en siete años. Si un país se encuentra en una fase de industrialización y exporta la mayor parte de lo que produce sus bolsas pueden ser las más rentables. Y era posible invertir en empresas cotizadas con PERs (número de veces que el precio contiene los beneficios por acción) mucho más bajos, en muchos casos a la mitad de los multiplicadores de Europa, y ver cómo las ganancias se acumulaban, aunque en algunos casos las inversiones tenían menos liquidez y no podía invertirse en los índices.

Para los inversores de Occidente era una tentación difícil de resistir. Sabíamos que la crisis del año 1998 obligó a los países emergentes a pasar de monedas a tipo fijo, estrechamente vinculadas al dólar, a tipos flexibles y aprendieron la lección de no endeudarse en divisas fuertes. El premio Nobel Joseph Stiglitz criticó el duro ajuste que aplicó el Fondo Monetario Internacional a esos países. El caso más característico fue lo que hicieron en la Cuenca del Pacífico desde Tailandia a Vietnam y en América Latina, a Brasil. China no necesitaba endeudarse. Se trataba de diversificar sus gigantescas reservas, la mayoría en bonos del Tesoro de Estados Unidos y más tarde, bonos soberanos en euros y también acciones. Abrieron oficinas muy discretas, en las principales plazas financieras de Europa, y especialmente fueron vendedores muy activos en Londres.

Las elevadas rentabilidades que los inversores extranjeros obtenían en los países emergentes tuvieron algunos retrocesos, pero el dinamismo de sus economías les permitía recuperarse rápidamente. Y eso fue posible hasta que el entonces gobernador de la Reserva Federal, Ben Bernanke, dejó entrever que podía cambiar la política de bajos tipos de interés. El pánico se extendió en toda la Cuenca del Pacífico y América Latina, porque algunos tenían todavía deuda en dólares (¡era tan barato tomarlos prestados!) y coincidió con el inicio del ciclo a la baja de las materias primas industriales.

Según el índice Morgan Stanley de los mercados emergentes, las acciones alcanzaron un máximo el cinco de septiembre de 2014. El ocho de enero de este año el índice había bajado más de un tercio.

Los que entraron abuenos precios pudieron defenderse, pero los que lo hicieron años más tarde lo tuvieron más difícil. En los dos últimos años y hasta el lunes negro del 24 de agosto del
2015, las acciones de China no parecían tener límite, pero existían señales de alarma. Se habían duplicado de precio en pocos meses y si se las comparaba con compañías similares de la bolsa de Hong Kong, mientras en la ex colonia británica cotizaban a ocho veces beneficios en Shanghái lo hacían a un máximo de 25 veces. El ajuste fue inevitable y no ha terminado, porque la bolsa tecnológica de Shenzhen también está cara si se mide el precio sobre beneficios por acción esperados.

La situación de las bolsas de China y la primera devaluación del yuan creó un efecto contagio que se extendió en todas las bolsas europeas y por supuesto en las de Estados Unidos. En la bolsa española, los fondos de inversión colectiva perdieron en pocas semanas la mitad de su valor, pero en octubre recuperaron cinco mil millones de euros. Queda todavía mucho trecho para próximas recuperaciones.

Para concluir, por ahora no son recomendables las inversiones en fondos de la mayoría de países emergentes hasta que capeen el temporal. Las bolsas europeas, de forma selectiva, ofrecen más garantías y todavía son más baratas que Wall Street.