¡Ellos!
Los recientes atentados terroristas de París nos llenan de dolor, de rabia y de confusión. Y nos preguntamos: ¿quién es capaz de llegar hasta este extremo de locura? ¿Cómo se explica tanta crueldad? En caliente nos puede surgir de dentro una exclamación tranquilizadora y contundente: "¡Ellos!".
Ellos pueden ser etiquetados de varias maneras. Ellos: los no civilizados; ellos: los musulmanes; ellos: los que creen en Dios... Como si nosotros, los civilizados, no hubiéramos intervenido,desde las cruzadas hasta hoy pasando por la colonización, en crear en Oriente Medio una situación que hace desesperadas las vidas de países enteros. Como si los cristianos tuviéramos una historia completamente ajena a la violencia en nombre de Dios. Como si las ideologías sin Dios sólo hubieran engendrado historias amables.
Y se formulan explicaciones que nos exculpan totalmente a nosotros: el eje del mal y la separación entre buenos y malos, al puro estilo western. Como si los nativos no tuviéramos ninguna responsabilidad en la situaciónyelmalestar de los inmigrantes. Como si yo mismo no sintiera aveces dentro de mí -¡y muy a mi pesar!- una inquietud hacia ellos. Como si esta discriminación no se transmitiera inconscientemente en el trato cotidiano, en los procesos de selección de personal... Como si el desprecio recibido no les causara desesperación, tristeza, dolor, pena o rabia.
Quizás tendríamos que admitir que las responsabilidades están repartidas y que las raíces de la violencia anidan en el corazón de todo el mundo: de ellos, de nosotros, de uno mismo. Pero este reconocimiento nos llevará a aceptar también en los corazones de ellos, de nosotros y de uno mismo la presencia de un espíritu balsámico capaz de vencer el desprecio, el rechazo y la violencia.
Lo dicen bellamente las hermanas Petrie, periodistas, en un documental sobre la madre Teresa de Calcuta: "Hay una luz en el mundo, un espíritu balsámico más fuerte que cualquier oscuridad con que nosotros nos podamos tropezar. A veces dejamos de ver esta fuerza cuando hay demasiado sufrimiento, cuando hay demasiado dolor. Pero, de repente, este espíritu resurge en la vida de personas ordinarias que escuchan su voz y responden de manera extraordinaria".
La madre Teresa, una persona ordinaria, respondió de manera extraordinaria. Ellos y nosotros somos personas ordinarias. Usted y yo mismo somos personas ordinarias...