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El movimiento de Tsipras

Alexis Tsipras ha convocado elecciones anticipadas a las pocas horas de que se aprobase el tercer rescate de Grecia y su país comenzara a recibir nuevos fondos para tapar sus deudas. Coge el dinero y corre.
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Alexis Tsipras ha convocado elecciones anticipadas a las pocas horas de que se aprobase el tercer rescate de Grecia y su país comenzara a recibir nuevos fondos para tapar sus deudas. Coge el dinero y corre. Era un anuncio esperado porque la coalición Syriza se ha deshecho y ha perdido un tercio de sus apoyos parlamentarios. Siete meses después de su llegada al poder, Tsipras necesita afirmar su liderazgo en formación de extrema izquierda y expulsar al ala más dura. Debe además hacerlo antes de que tenga que aplicar medidas muy impopulares. Tal explicación realista de por qué habrá nuevas elecciones no es justificación suficiente desde el punto de vista del interés general, tanto griego como europeo. Lo que menos necesita el país heleno en estos momentos es más desconcierto político y un parón en las reformas previstas por el tercer rescate –pensiones, mercado laboral, privatizaciones, recaudación de impuestos.

La economía se ha hundido desde la llegada de Syriza al gobierno. En especial, los bancos y las cuentas públicas han salido muy dañados del órdago fallido contra sus socios de la eurozona. El fracaso del ex primer ministro a la hora de defender el “no” en el referéndum de julio se comprueba al analizar las exigentes condiciones del tercer préstamo europeo. La cuesta arriba es todavía más empinada por el grado altísimo de desconfianza generada por los populistas en los días en los que el país estuvo a punto de salir del euro, justo antes y después de la consulta. De ese agujero solo se sale con constancia, trabajo y seriedad y no con golpes de efecto. La otra crítica al adelanto electoral es que puede generar más inestabilidad en vez de nuevos apoyos al nuevo ejecutivo. Si vuelve a gobernar Tsipras, es muy posible que lo haga sin mayoría absoluta y dependiente de los apoyos de una oposición que desconfía de su bisoñez y radicalismo.

No obstante, el jefe del gobierno ha sido muy hábil a la hora de culpar a Bruselas y a Berlín de todos los problemas del país. La consabida táctica del enemigo externo le da más popularidad que el mensaje de sangre, sudor y lágrimas de sus rivales moderados. En su arenga para vender el adelanto electoral ha dicho que no ha conseguido el tipo de acuerdo con los acreedores que deseaba (una quita de la deuda a cambio de reformas que sobre todo aumentaban el gasto público) y que aún así ha salvado a su país. Domina el doble lenguaje: acepta en Bruselas las condiciones de los acreedores para seguir financiando su economía al borde del colapso y critica en Atenas las reformas y la contención en el gasto que él mismo ha aceptado. Una manera de estar al mismo tiempo en el gobierno y en la oposición, al menos mientras la mayoría de su público le aplauda.