El debate más esperado
La Universidad de Hofstra en Long Island, una institución privada nacida en los tiempos del New Deal, se prepara para albergar el primer debate entre Hillary Clinton y Donald Trump el lunes próximo. En elecciones anteriores los debates no han sido decisivos. Pero la campaña demócrata ha vivido un septiembre horrible y la cita ha adquirido más importancia.
Tras incurrir la candidata en varios errores de bulto (insultar a los votantes de Trump, no informar a tiempo sobre su neumonía...), ha perdido su clara ventaja en las encuestas. Estos días estudia con minuciosidad y tesón cientos de páginas con datos y propuestas detalladas de reforma en todos los ámbitos de las políticas públicas, a pesar de que su conocimiento de estos asuntos de gobierno la sitúa a una distancia sideral de Trump. Su rival hace lo que mejor se le da, seguir en campaña sin agotarse leyendo dossieres ni desaprovechar la mínima ocasión de pasar la noche en su rascacielos neoyorquino. Confía en sus probadas capacidades de showman televisivo y está dispuesto a satisfacer ruidosamente los deseos de venganza y castigo al establishment. Los demócratas además le han hecho el consabido regalo de menospreciar a un amateur inclasificable y de crear unas expectativas muy bajas sobre sus conocimientos y su capacidad de controlar su temperamento.
Con comparecer en el debate, mostrarse razonable y repetir unos cuantos eslóganes de forma segura, tiene mucho ganado. Solo debe evitar hacer de él mismo, faltón y transgresor. Pero no necesita brillar en temas de fondo o demostrar que es un buen conocedor de los retos de la economía global o de la política exterior. Sobre todo, si Hillary Clinton ofrece respuestas muy largas a las preguntas del moderador, con paréntesis, vericuetos y hasta correcciones a lo que ella misma acaba de enunciar. La candidata demócrata viene a ser la eterna favorita sin suerte y seguramente pesa más en su ánimo la obligación de ganar el lunes que cualquier achaque de salud. Por su parte, Donald Trump encara este primer duelo como un día en el que pescar algo en Long Island.