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El contrato de Merkel

En Alemania, los partidos que negociaban el contrato de coalición por fin han conseguido llegar a un acuerdo. Dos meses después de las elecciones, han producido un texto de 185 páginas, en el que se anuncian en primer lugar muchas medidas propuestas por los socialdemócratas: un salario mínimo, la doble nacionalidad para los hijos de inmigrantes y el aumento del gasto en pensiones, educación e infraestructuras.

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En Alemania, los partidos que negociaban el contrato de coalición por fin han conseguido llegar a un acuerdo. Dos meses después de las elecciones, han producido un texto de 185 páginas, en el que se anuncian en primer lugar muchas medidas propuestas por los socialdemócratas: un salario mínimo, la doble nacionalidad para los hijos de inmigrantes y el aumento del gasto en pensiones, educación e infraestructuras.

El centroderecha, por su parte, ha evitado que se suban impuestos a las rentas más altas y ha insistido en la estabilidad presupuestaria. Sobre la Unión Europea, los tres partidos aceptan la utilización de mecanismos europeos para recapitalizar bancos en crisis, pero solo como último recurso. Es un buen paso adelante en la Unión Bancaria, siempre que no se exija una complicada reforma previa de los Tratados europeos.

El contrato de coalición resultante será sometido ahora al voto de los militantes del partido de centro-izquierda. Si se gana la consulta, el nuevo Gobierno de gran coalición será investido el 17 de diciembre, es decir casi tres meses después de los comicios, una clara ilustración de lo desmesurado de los plazos que tienen los partidos en Alemania para formar un nuevo Ejecutivo.

Hay un cierto riesgo de que la militancia del SPD se rebele contra sus dirigentes, porque no ha olvidado el alto coste electoral de la experiencia de gobierno con el centroderecha entre 2005 y 2009 y no quiere ceder más terreno a la izquierda. Si ocurriera así, Angela Merkel podría intentar gobernar con los Verdes, que han perdido escaños y confianza en sí mismos, o convocar nuevas elecciones.

La canciller, no obstante, confía en gobernar de nuevo en gran coalición, su mejor baza. Quiere aprovechar la combinación de su enorme popularidad con la oportunidad de contar con unos socios a los que poder endosar decisiones que sus bases demócrata-cristianas no comparten.

Ha dejado que la voz cantante en las negociaciones del contrato de coalición la llevase el SPD y ahora permite al líder socialdemócrata, Sigmar Gabriel, su momento de gloria. Pero enseguida, Merkel volverá a ocupar el puesto de mando. La política venida del Este sabe que su país lleva varios años de ventaja a muchos socios europeos en el terreno de las reformas para competir en la globalización y hacer sostenible el Estado de bienestar.

Quiere que la moneda única sea viable y para conseguirlo solo contempla que cada miembro en dificultades de la Eurozona pacte por escrito reformas de su economía real a cambio de ayuda financiera europea.

La Comisión Europea, con poco capital político, es el instrumento elegido por la canciller para supervisar estas transformaciones. En cambio, el Parlamento europeo es muy posible que deje de ser un aliado de Berlín, si tras las elecciones de mayo de 2014 se puebla de voces euroescépticas y populistas.