El beneficio de la duda
Barack Obama escucha cada vez más voces críticas dentro y fuera de su país, a las que solo puede oponer un número menor de partidarios acérrimos. Pero una vez llegados al primer año de su segundo mandato, debería ser posible hacer un análisis matizado y lo más objetivo posible de su desempeño. Hace un año el presidente juraba su cargo por segunda vez, en una gélida mañana de Enero, con un discurso de factura impecable cargado de promesas e idealismo.
El eco de este momento resuena hoy muy lejos, por la acumulación de problemas y el estilo entre dubitativo y académico con el que Obama los ha hecho frente. Consciente de que su legado está en juego, ha intentado consagrarse a través de la puesta en práctica de la reforma sanitaria ya aprobada, además de impulsar una nueva política de inmigración favorable a los inmigrantes hispanos sin papeles.
Se ha topado con el muro de un partido republicano aún dominado por el Tea Party, cuyo objetivo declarado es enseñar los dientes y boicotear su agenda. Pero el presidente también ha sufrido la incompetencia de su gobierno, que ha fallado de modo estrepitoso a la hora de ejecutar las medidas para extender los seguros médicos a veinticinco millones de ciudadanos desprotegidos.
Asimismo, Obama no ha tenido cintura para hacer política y, con paciencia, sentarse una y otra vez a negociar con el poder legislativo. Por fortuna, antes de Navidad los republicanos sensatos que quedan han lanzado un contraataque para arrinconar a los partidarios del té, quienes sin mucha explicación habían amenazado la recuperación económica con sus bravuconadas.
Obama tiene ahora una nueva oportunidad para asentar su legado doméstico y sumarle una política exterior realista y menos costosa que la de su predecesor. Su imagen está algo dañada por la distancia creciente entre sus discursos y su acción de gobierno, pero cuenta todavía con dos grandes ventajas.
Una de ella es su capacidad de encarnar un arquetipo que resulta esencial en la renovación de la sociedad norteamericana, la del hijo de un inmigrante, que con talento y trabajo llega a lo más alto. Su segundo gran activo es la ayuda permanente de su mujer, Michelle, con unos índices de popularidad altísimos.
La antigua jefe de Obama en el bufete de Chicago donde el presidente hizo prácticas, ha elegido impulsar varios proyectos no controvertidos, desde promover la dieta sana de los niños a mejorar las políticas que permiten que los más desfavorecidos puedan asistir al colegio.
Con una naturalidad y un encanto especial, ha representado muy bien su propia versión de primera dama, elegante, sin protagonismo excesivo y nada distante. Los tres años que le quedan a Obama en la Casa Blanca son una eternidad en política, pero el tiempo para trazar los contornos de su legado es más breve. Demasiadas voces ya no le conceden ni el beneficio de la duda.