Un proyecto controvertido
No juego ni he pisado un casino nacional, no miro de reojo los premios de las tragaperras de los bares y ni caso de los miles de anuncios de apuestas deportivas por internet. Por eso no veo mal que se instalen nuevos casinos : espero sinceramente que se benefcie la sociedad y me benefcie yo mismo.
Los beneficios son cuantifcables. Turistas de 50 países vendrán en nuevos vuelos directos de menos de cinco horas: alfombra roja para alguien que viene a disfrutar, visitar el Bernabéu, comprar vino y jugársela a los dados, ¡legalmente, claro!
Algunos serán clientes ballena de miles de euros, pero la gran mayoría son como nosotros: gastan más comiendo y comprando que jugando, y el 90% de su actividad de vicio son horas de tragaperras. No vendrán Robert de Niro ni los Soprano, sino los granjeros de Iowa que ya gastan en su país diez veces más en el juego que en el cine.
Todo ello nos podría permitir subir menos el IVA y la tasa de basuras, aunque ya sabemos que, como siempre, el primer benefciario será la caja de ahorros que ha colocado y recalifcado sus terrenos.
Estamos ante una nueva industria del ocio para jubilados y familias. Yo ya no creo en una industria biotecnológica que empleará a millones de parados, sino que a los encofradores con paro de larga duración los veo haciendo de recepcionistas y camareros, aquí en el casino o en un hotel en Hamburgo.
Incluso la ejemplar Massachusetts ha aceptado abrir nuevos casinos: porque no todos son doctores en física nuclear, porque los vecinos de Connecticut ya tienen casinos a solo 150 kilómetros y porque hoy la ludopatía y la fuga de impuestos se juegan en las apuestas on line, a través de internet.
El vicio del juego será un proyecto de tan bajo calibre como nosotros queramos que sea. Y si quien construye es Calatrava, ya es vicio por nuestra parte. Los casinos no son ni buenos ni malos para la comunidad, simplemente depende de si la licencia la obtiene un tesorero corrupto o una fundación social.
Singapur limita la entrada de sus nacionales en los casinos. Los edifcios pueden ser referentes mundiales en sostenibilidad. Los servicios sociales pueden identifcar mejor a los jugadores patológicos en un casino que si están en una timba ilegal o son de los que cierran bares.
La última barrera es la ética. Crear un negocio donde nuestros benefcios, como comunidad, como ciudad, como barrio, dependan de que ciudadanos de todo el mundo vengan, disfruten, gasten y pierdan su dinero. Que el lector decida si necesitamos una Administración que nos proteja de nuestra propia maldad impidiendo los casinos.