La pobreza relativa de la juventud en España: emancipada vs. viviendo en casa de sus padres
Jorge Galindo
9 febr., 2019
Los resultados definitivos de la ECV 2025, publicados por el INE el 5 de febrero, confirman una mejora general de los indicadores de pobreza en España. La tasa de riesgo de pobreza relativa cayó al 19,5%, su menor nivel desde 2008.
Entre la población joven (16-34 años) la tendencia también es descendente: del 22,2% en 2015 al 17,0% en 2025, con una caída acumulada de algo más de 5 puntos en una década. Pero el descenso es irregular y se resiste a consolidarse. Tras una bajada notable entre 2016 y 2020, la pandemia interrumpió la trayectoria (repunte hasta el 20,7% en 2021), y desde 2022 la tasa se ha estabilizado en el entorno del 17-18%, sin avances claros en los últimos tres años.
Una dimensión que ha cambiado sustancialmente para los jóvenes en este periodo es con quién viven. El encarecimiento de la vivienda ha hecho de la emancipación una decisión cada vez más condicionada por el coste, y eso tiene consecuencias directas sobre cómo se distribuye la pobreza dentro de este grupo de edad.
La proporción de jóvenes emancipados —definidos como quienes no conviven con ningún progenitor en el hogar— ha descendido del 37,5% en 2015 al 27,0% en 2025. Casi tres de cada cuatro jóvenes de 16 a 34 años viven hoy con al menos uno de sus padres. ¿Qué implicaciones tiene esto para la pobreza juvenil? Los jóvenes que conviven con sus padres disponen de los ingresos del hogar familiar, lo cual por definición eleva su renta equivalente. Que presenten menores tasas de pobreza es esperable. Lo relevante es el tamaño de la brecha, su persistencia en el tiempo, y sobre todo el hecho de que un grupo haya mejorado de forma sostenida mientras el otro no.
En 2025, la tasa de pobreza relativa de los jóvenes emancipados se sitúa en el 30%. Entre los que viven con sus padres, es del 12,2%. Esta brecha es mecánica, pero lo relevante junto a ella es que la pobreza de los jóvenes que viven con sus padres ha bajado de forma sostenida, del 18,4% al 12,2%, 6 puntos menos mientras que la de los emancipados ha oscilado entre el 28% y el 35% sin tendencia clara a la baja, con un pico en 2021 (34,2%) que probablemente refleja el impacto diferencial de la (post)pandemia. En 2025 se sitúa por debajo de ese pico, pero en niveles similares a los de hace una década.
Una descomposición shift-share permite desagregar la reducción de la pobreza juvenil agregada en dos componentes: un efecto composición, que captura cuánto de la variación se debe a cambios en el peso relativo de cada grupo (emancipados y no emancipados), y un efecto tasa, que recoge cuánto se debe a cambios en la pobreza dentro de cada grupo. Los resultados indican que aproximadamente dos tercios de la reducción se explican por la caída de la pobreza entre quienes viven con sus padres, cuya tasa ha pasado del 18% al 12%. Solo un quinto se debe al efecto composición: esa proporción de jóvenes emancipados que ha caído 10 puntos. Dado que los emancipados son sistemáticamente más pobres, su menor peso estadístico reduce la media. De hecho, como hemos visto la tasa de pobreza de los emancipados apenas ha variado y se mantiene en torno al 30%. En otras palabras: la mejora agregada en pobreza juvenil no refleja una mejora en las condiciones materiales de los jóvenes que viven de forma independiente, sino la combinación de hogares parentales con más renta y una generación que, al no poder emanciparse, permanece bajo el paraguas económico de sus familias (que sí mejora).
Ahora bien, el descenso de la emancipación coincide con un aumento del nivel educativo entre las personas jóvenes. El hecho de que más jóvenes estudien más tiempo es en sí mismo positivo, especialmente si implica que quienes permanecen en el hogar familiar lo hacen para formarse y que quienes se emancipan lo hacen cada vez más preparados.
Los datos de composición educativa muestran que en ambos grupos la proporción de jóvenes con educación terciaria (cursando o completada) ha crecido. Entre los que viven con sus padres ha pasado de algo más de la mitad a cerca de dos tercios. Entre los emancipados, el aumento ha sido también notable. Los jóvenes de hoy están más formados que los de 2015 independientemente de su estatus de emancipación. Y una pregunta, volviendo a nuestra preocupación central, es si esa mayor formación se traduce en menor riesgo de pobreza desde el inicio de la vida adulta.
Si desagregamos el gráfico 3 por nivel educativo en curso o alcanzado vemos que la reducción de la pobreza por no emancipación es más intensa para quienes no tienen educación terciaria: en 2025, su tasa de pobreza es de aproximadamente el 14% si viven con sus padres, frente al 40% si están emancipados. Sin embargo, emanciparse con estudios terciarios no es hoy mejor que hace una década: la tasa de pobreza de los jóvenes emancipados con formación superior se ha mantenido en torno al 23-25% a lo largo de todo el periodo, sin mejora apreciable. Más formación no ha significado de manera sustancial menos riesgo para quienes dan el paso de independizarse.
Todos los datos de pobreza presentados hasta aquí se calculan sin incluir el alquiler imputado, es decir, midiendo únicamente los ingresos monetarios del hogar. Existe una forma de aproximar el valor económico de vivir en una vivienda por la que no se paga alquiler de mercado: el alquiler imputado estima cuánto costaría en el mercado la vivienda que el hogar ocupa sin pagar, ya sea porque es en propiedad, porque se la cede un familiar, o porque se vive en casa de los padres.
Cuando se incorpora este componente a la renta del hogar, la pobreza se reduce más para quienes viven con sus padres (−1,5 puntos) que para los emancipados (−0,4 puntos). Es otro indicio de que el hogar familiar protege de la pobreza en buena medida porque absorbe el coste de la vivienda.
Nota metodológica. Los cruces por emancipación y nivel educativo se basan en la explotación de los microdatos de la ECV. En algunos subgrupos las muestras son de 700-800 observaciones, lo que introduce volatilidad interanual. Los datos son además sensibles a la definición de las categorías: “emancipado” se define como no convivir con ningún progenitor en el hogar; “educación terciaria” incluye tanto a quienes están cursando como a quienes han completado estudios superiores. Pese a estas limitaciones, la dirección de los resultados es consistente a lo largo de toda la serie y las magnitudes son lo suficientemente grandes como para que las conclusiones principales sean robustas.


