Las personas mayores de 55 años muestran una mayor vinculación e implicación laboral y perciben menos discriminación por edad dentro de su organización, según un estudio de la Cátedra Bienestar+
Los trabajadores de 55 años o más obtuvieron resultados iguales o superiores a los menores de 55 años en buena parte de las comparaciones realizadas por el “Índice de inclusión por edad y bienestar laboral” (IEBL), presentado por la Cátedra Bienestar+ para una Longevidad Activa y Saludable durante el acto celebrado en el Palau Macaya de Barcelona. La jornada también sirvió para dar a conocer los avances de otros dos proyectos de investigación desarrollados durante el primer año de actividad de la cátedra.
La Cátedra Bienestar+ es una iniciativa académica y social impulsada por CaixaBank, la Fundación ”la Caixa” y VidaCaixa, en colaboración con la Universidad de Deusto, la Universidad Pontificia Comillas y Esade, y nace para dar respuesta a los retos de la longevidad desde la evidencia científica con el objetivo de contribuir a que las personas mayores puedan vivir con seguridad económica, mantener vínculos, conservar la autonomía y, sobre todo, seguir participando en la sociedad. Para avanzar en este objetivo, la cátedra impulsa diferentes líneas de investigación y herramientas de análisis. Entre ellas se encuentran los dos índices presentados, que forman parte de su Observatorio y permiten recopilar y analizar datos sobre el envejecimiento en España.
La jornada comenzó con la bienvenida de Marc Simón, subdirector general de la Fundación ”la Caixa”, y la presentación de la visión de la cátedra a cargo de Jordi Trullén, director académico de la iniciativa y profesor de Esade. En el bloque de resultados, David Roch, profesor de la Universidad Pontificia Comillas, y Florencia Sortheix, investigadora sénior de la Cátedra Bienestar+, presentaron el IEBL y sus implicaciones prácticas; Pablo Calvo, profesor de la Universidad Pontificia Comillas, presentó el índice de conexión social; y Carmen Valor, también profesora de Comillas, expuso los resultados sobre uso del tiempo y felicidad en +65. La clausura institucional de la jornada corrió a cargo de Tomás Muniesa, presidente de CaixaBank.
En su discurso de clausura, Tomás Muniesa, presidente de CaixaBank, señaló que “la longevidad es uno de los mayores logros de nuestras sociedades, pero también es un enorme desafío demográfico que afecta a muchos ámbitos y no se puede abordar desde una única disciplina ni desde una sola institución. Por ello, a través de la Cátedra Bienestar+ impulsamos la colaboración, la investigación y una visión integral para contribuir a que la longevidad ocupe el lugar que se merece en la agenda social, empresarial e institucional, y ayudar a convertir este desafío en una oportunidad para construir una sociedad más inclusiva, saludable y próspera”.
La edad avanzada no conlleva un menor bienestar laboral
El IEBL analiza la inclusión por edad y el bienestar laboral de las personas trabajadoras en España a través de dos dimensiones: la percepción de que sus organizaciones las valoran y les ofrecen oportunidades independientemente de su edad; y el bienestar laboral, tanto en el ámbito individual (la motivación en el trabajo y el compromiso con la organización), como en el de equipo (el apoyo de los compañeros y de las personas que supervisan su trabajo o la participación activa). El estudio se basó en una encuesta online a 3.000 personas laboralmente activas de entre 18 y 74 años de empresas de diez o más trabajadores.
Entre los principales resultados, el equipo investigador identifica un patrón consistente en el que las personas de 55 años o más muestran un mayor vínculo con la organización y una mayor implicación en el trabajo que las menores de esa edad, aunque registran niveles más elevados de estrés laboral. Además, perciben menos discriminación por edad en lo relativo a la asignación de tareas, la promoción y las oportunidades de desarrollo.
Las conclusiones también muestran que los grupos de menor y mayor edad presentan los valores globales más altos, en comparación con el resto de los tramos. Además, en el análisis por grupo de edad y género, se observa que los hombres registran valores superiores a los de las mujeres en todas las edades, con una diferencia mayor en los grupos de 16 a 24 y de 65 a 74 años, los grupos con menor presencia en la muestra.
El nivel formativo también puede influir, ya que, en los niveles educativos más bajos, las personas de más de 55 años presentan mejores resultados que los grupos de menor edad. Los investigadores apuntan que la experiencia y la reputación acumuladas con la edad podrían compensar un nivel de formación más bajo. Sin embargo, esta diferencia por edades desaparece a medida que aumenta el nivel de formación.
En cuanto al tamaño de la empresa, los trabajadores de más de 55 años obtuvieron mejores resultados que los menores de esa edad en las empresas pequeñas; en las medianas, ocurrió lo contrario y, en las grandes, las diferencias entre ambos grupos se redujeron, lo que podría estar relacionado con una mayor disponibilidad de recursos y políticas específicas de recursos humanos orientadas a promover la inclusión y el bienestar en estas empresas.
“El Índice de inclusión por edad y bienestar laboral aporta evidencia para revisar algunos estereotipos asociados a la edad en el entorno profesional y entender mejor cómo evolucionan el bienestar y la inclusión a lo largo de la vida laboral”, señaló David Roch, profesor de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad Pontificia Comillas e investigador principal del IEBL.
El equipo investigador propone una serie de medidas para convertir la diversidad de edades en una fortaleza y promover el bienestar durante toda la vida laboral, preparando a las personas para trayectorias laborales más largas. Para ello recomienda, entre otras cosas, formar a las personas que lideran equipos para gestionar los estereotipos de edad, garantizar la igualdad de oportunidades, adaptar los entornos laborales a las necesidades cambiantes y promover la cooperación intergeneracional.
En el índice de conexión social, España destaca por el apoyo cercano entre las personas mayores de 55 años
El índice de conexión social, el segundo de los proyectos presentados por la cátedra, analiza dos dimensiones: la red cercana de apoyo, que tiene en cuenta los vínculos con familiares y amigos, así como el apoyo socioemocional percibido; y la confianza y participación social, que incluye la confianza interpersonal, el voluntariado y la participación en actividades sociales, culturales y formativas. Para elaborarlo, los investigadores utilizaron datos de la European Social Survey (ESS) y de la EU-Loneliness Survey (EU-L). La comparación internacional abarca 22 países con información disponible en ambas encuestas y, en España, se analizaron 1.009 personas de la EU-L y 1.800 de la ESS, con cobertura de todo el territorio nacional.
A partir de estas dos dimensiones, la comparativa internacional sitúa a España en segundo lugar en cuanto a la red cercana de apoyo entre las personas de más de 55 años, gracias a la fortaleza de sus vínculos con familiares y amistades, mientras que los Países Bajos, Finlandia y Suecia encabezan la clasificación en confianza y participación social.
Siguiendo con el contexto español, la red cercana de apoyo se mantiene con la edad, ya que aumentan los encuentros presenciales con la familia y el apoyo socioemocional percibido, aunque el contacto con las amistades disminuye ligeramente.
En cuanto al género, las mujeres presentan niveles más altos que los hombres en casi todas las franjas de edad (excepto en la de 26-35 años), principalmente por un mayor apoyo socioemocional percibido y una red familiar cercana. También influye el lugar de residencia: entre las personas mayores, estas redes se mantienen o crecen en las ciudades medianas y grandes, pero disminuyen en las zonas rurales.
En cuanto a la confianza y participación social en España, esta dimensión alcanza su máximo entre los 26 y los 35 años y después disminuye, aunque con comportamientos diferentes en los dos ámbitos. Mientras que la confianza se mantiene estable en los diferentes tramos de edad, la participación social es la que más disminuye con la edad, especialmente en actividades formativas, asociativas y culturales. En relación con el nivel educativo, cuanto más bajo es el nivel de formación, más pronunciada es la disminución de la confianza y la participación social con la edad en comparación con las personas con estudios superiores.
El lugar de residencia también marca diferencias: las personas de más de 55 años que viven en zonas rurales registran los niveles más bajos de confianza y participación; y en los entornos urbanos de mayor tamaño, este mismo grupo destaca por una mayor participación social y cultural en relación con su grupo de edad.
Tras el análisis desarrollado, los investigadores identifican entre los grupos con menor conexión social a las personas mayores sin educación terciaria (primaria, secundaria, FP y bachillerato), las que viven en zonas rurales y, en general, los hombres mayores. Por ello, plantean promover una mayor sensibilidad y cuidado de las conexiones sociales fomentando una participación más activa de las personas mayores, facilitar el acceso a espacios de encuentro social y cultural entre la población con educación no terciaria y mejorar las oportunidades que permitan recuperar los vínculos sociales de las personas mayores en las zonas rurales.
El bienestar después de los 65 años se relaciona con cómo se vive y se valora el tiempo
El tercer proyecto presentado, Uso del tiempo y felicidad en +65, analiza cómo distribuyen su tiempo las personas mayores y qué relación tiene con su bienestar. Para ello, el equipo investigador llevó a cabo un estudio con 324 personas mayores de 65 años y recogió el tiempo que suelen dedicar a actividades sociales, físicas, de aprendizaje o de voluntariado, entre otras, así como la valoración que hacen de ese tiempo, a partir de las actividades realizadas durante el día anterior.
La principal conclusión señala que dedicar más tiempo a una actividad concreta no se traduce necesariamente en una mayor felicidad. En cambio, las personas que perciben que utilizan su tiempo de manera coherente con su forma de ser y que tienen un mayor control y aprovechamiento del tiempo presentan niveles más elevados de bienestar.
Por otro lado, el estudio también muestra que las personas mayores no constituyen un grupo homogéneo en cuanto a la manera de organizar su tiempo, ya que se identifican diferentes tipos de perfiles según las actividades en las que concentran su tiempo: las que dedican más horas al trabajo voluntario o remunerado (8,33% de los encuestados); las que se dedican a cuidar a otras personas (33,64%); las que dedican más tiempo al autocuidado y al ocio activo (36,42%); y las que se centran más en las tareas del hogar y el ocio pasivo (21,6%).
Además, se observan diferencias entre hombres y mujeres: ellas dedican más tiempo a las tareas del hogar y al cuidado de otras personas, aunque sus niveles de satisfacción vital son similares.
En conjunto, los resultados apuntan a que se puede alcanzar el bienestar organizando el tiempo de maneras diferentes y a que no existe una única fórmula válida para todas las personas mayores. Cabe destacar que, al tratarse de un estudio exploratorio, los investigadores señalan que los resultados no permiten establecer relaciones causales.
Una agenda compartida para dar respuesta a los retos de la longevidad
Los tres proyectos presentados forman parte de la agenda de investigación de la Cátedra Bienestar+, orientada a abordar los retos de la longevidad desde la evidencia científica. En este marco, los dos índices presentados se integran en el Observatorio de la cátedra, que recoge y analiza datos sobre el envejecimiento en España desde una perspectiva social, laboral y económica, y genera indicadores para orientar servicios y políticas de inclusión social.
Los índices estarán disponibles en la web de la cátedra, para que puedan consultarlos tanto particulares como instituciones o agentes sociales interesados. Además, desde la cátedra se ofrecerá la posibilidad de establecer colaboraciones con instituciones y empresas que quieran utilizar esta metodología para recopilar sus propios datos y desarrollar iniciativas basadas en la evidencia.