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Trump, el dólar y el privilegio exorbitante: ¿la hora del euro?

Expansión | | 6 minutos de lectura

En 1965, Valéry Giscard d’Estaing acuñó el término “privilegio exorbitante” para criticar la hegemonía del dólar. Desde Bretton Woods (1944), Estados Unidos puede adquirir bienes reales simplemente emitiendo deuda, es decir, “pagar con papel”. Esto le permite sostener déficits externos “sin lágrimas”, financiando gastos masivos –desde importaciones hasta bases militares– con efectos limitados en su balanza de pagos. Este privilegio ha sostenido durante décadas el poder financiero estadounidense.

Ese estatus especial del dólar sigue vigente: continúa siendo, con diferencia, la principal moneda de reserva mundial. Pero depender de que el mundo financie alegremente los déficits estadounidenses no está exento de tensiones. Ya en 1971, el secretario del Tesoro John Connally resumía con cinismo: “El dólar es nuestra moneda, pero es su problema”. Cuando Estados Unidos abusa de su divisa –ya sea imprimiendo dinero en exceso o imponiendo sanciones financieras– los costes se trasladan al resto del mundo en forma de inflación importada, volatilidad o recesiones. Sin embargo, ninguna alternativa real ha desbancado aún al dólar desde el fin de Bretton Woods.

El retorno de Donald Trump a la arena política ha reavivado este debate. Desde su autoproclamado “Día de la Liberación”, Trump ha lanzado nuevas políticas proteccionistas, imponiendo los aranceles más altos desde 1930. Esto no solo ha tensionado las relaciones internacionales, sino que ha sacudido los mercados financieros de Estados Unidos.

Por primera vez, la dominancia del dólar muestra fisuras. Ante el miedo a una recesión, los inversores buscaron refugio fuera del dólar, llevando al billete verde a mínimos de tres años frente al euro y disparando los rendimientos de los bonos estadounidenses con la mayor subida semanal desde 1982. Los mercados están señalando que las políticas de Trump erosionan la confianza global en los activos estadounidenses y generan una crisis de confianza en el dólar. La cuota del dólar en las reservas internacionales ha caído casi 10 puntos en la última década, situándose en su mínimo desde 1994. Esta pérdida de hegemonía está vinculada al uso geopolítico del dólar (por ejemplo, con sanciones financieras), empujando a muchos países a buscar alternativas. A ello se suma ahora el giro proteccionista, creando una oportunidad histórica para Europa: promover al euro como valor refugio y referencia global.

En otras palabras, la ofensiva arancelaria de Trump y la volatilidad del dólar abren una ventana estratégica para Europa. Por primera vez en mucho tiempo, gobiernos e inversores contemplan seriamente un mundo menos dependiente del dólar. Que ese cambio se consolide dependerá, en gran medida, de Europa. Si el euro lograse emerger como moneda dominante, la UE podría disfrutar de un “dividendo” similar al que Estados Unidos ha gozado por décadas. Para Europa, eso significaría financiar su autonomía estratégica en mejores condiciones: desde la transición energética hasta la defensa común, contar con un euro fuerte ampliaría el margen de maniobra geopolítico europeo y facilitaría inversiones vitales. Un euro global permitiría a Europa captar capital barato y financiar progreso emitiendo deuda propia en una divisa apetecida internacionalmente.

Europa aún no está lista 

Sin embargo, esta visión ambiciosa choca con la realidad: hoy Europa aún no está lista para rivalizar con el dólar. Para aprovechar la oportunidad, la UE debe afrontar asignaturas pendientes. En primer lugar, falta un activo seguro común: no existe aún un equivalente europeo a los bonos del Tesoro estadounidense, refugio global en tiempos turbulentos. La fragmentación de la deuda pública europea –cada país emite sus propios bonos– limita la profundidad y liquidez del mercado en euros. Es crucial unificar el mercado de eurobonos, creando títulos respaldados colectivamente por la zona euro. La emisión conjunta excepcional para el fondo pos-Covid demostró el apetito global por deuda europea. Aunque tradicionalmente Alemania y Países Bajos se resistieron a mutualizar deuda, la postura del nuevo canciller alemán cambia el panorama. Por primera vez, Berlín ha abierto la puerta a abandonar su histórica oposición, al menos en defensa y seguridad europea, un posible paso decisivo hacia la unión fiscal y estratégica de la Unión Europea.

Aunque un eurobono sería un gran avance, también se necesita una economía europea más dinámica para atraer inversiones globales. Sin crecimiento ni innovación difícilmente el euro inspirará la confianza duradera del dólar, respaldado por el dinamismo económico estadounidense. Por ello, como recomendó Mario Draghi, Europa debe eliminar otras trabas internas. Eso implica culminar la Unión Bancaria y la Unión de Mercados de Capitales, aún incompletas. Una moneda de reserva necesita un sistema financiero integrado y robusto. Mientras existan normativas divergentes o barreras transfronterizas, el euro no desplegará su potencial global. También hacen falta políticas fiscales coordinadas y sólidas que eviten divergencias excesivas entre países. Para que terceros confíen en el euro, la UE debe mostrar estabilidad política, regulatoria y capacidad rápida de respuesta. Europa necesita, en definitiva, hablar con una sola voz económica. Solo completando la arquitectura de la Unión Económica y Monetaria podrá el euro aspirar al estatus de moneda dominante.

Finalmente, Europa debe tener claro para qué quiere ese rol internacional del euro. Si persigue un “dividendo de hegemonía” similar al estadounidense debería emplearlo para financiar responsablemente su autonomía estratégica: defensa, tecnología avanzada, energía limpia y resiliencia económica. El “privilegio exorbitante” conlleva responsabilidad: apuntalar la prosperidad y seguridad común, no gastos superfluos. Europa tiene el potencial económico colectivo, pero aún le falta determinación política

En conclusión, los aranceles de Trump y la inquietud en torno al dólar brindan a Europa una ocasión irrepetible para impulsar al euro como alternativa global. El viejo orden monetario muestra fisuras y Europa debe decidir si permanece como espectadora o acepta ser protagonista. Todo gran cambio implica riesgos y requiere valentía. Pero quizás ha llegado el momento de que Europa reclame su propio “privilegio exorbitante”, no por vanidad imperial, sino para asegurar su destino común.

La historia raramente ofrece segundas oportunidades: hoy el euro tiene la ventana abierta para saltar a la arena mundial, y sería imperdonable no intentarlo.