Artículos

OBAMA 2016

En su gira africana, y para animar a los presidentes vitalicios de la región a enmendar sus costumbres, Barack Obama ha explicado cómo en las elecciones de 2016 él ganaría de nuevo, siempre que la Constitución norteamericana le dejase presentarse por tercera vez.
| | 3 minutos de lectura

En su gira africana, y para animar a los presidentes vitalicios de la región a enmendar sus costumbres, Barack Obama ha explicado cómo en las elecciones de 2016 él ganaría de nuevo, siempre que la Constitución norteamericana le dejase presentarse por tercera vez. «Realmente, soy un presidente bastante bueno», bromeó. Dicen que el humor siempre revela algo de hostilidad, y en este caso retrata a un político a la defensiva, que todavía aspira a dejar un legado coherente.

A pesar de las fáciles críticas a los pactos con Cuba e Irán, Obama será reconocido por la valentía con la que ha afrontado estos dos asuntos, en los que los errores pasados -como el desastre de la guerra de Irak- hacían necesario que Washington tomara la iniciativa. En conjunto, la política exterior de Obama ha sido realista y pragmática, sin responder a una gran visión, por el cansancio de sus ciudadanos hacia intervenciones mal justificadas y costosas.

Si cierra los dos acuerdos de comercio e inversiones con el Pacífico y el Atlántico, su balance mejorará. En casa, el presidente ha obtenido algunas victorias recientes -la decisión del Tribunal Supremo sobre el derecho de los homosexuales a casarse o la reforma de la política de inmigración-. Pero Obama no ha conseguido, como pretendía, crear consensos en torno a grandes objetivos, en parte por su estilo de poder distante y académico.

Al final de su segundo mandato, Obama es una figura que divide al país. Lo mismo ocurre con la favorita a sucederle, Hillary Clinton, de quien todo el mundo tiene una opinión a favor o en contra. Pero la mayor responsabilidad de la polarización excesiva de la política en Estados Unidos se debe a la actitud de los republicanos en el Legislativo. En especial, el Senado ya no funciona. Sus miembros aplican unas reglas anticuadas e inservibles que permiten bloquearlo todo, en vez de reformarlas o de actuar a través de consensos pactados, como se ha hecho en los mejores tiempos de la Cámara Alta.