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Navegando en un lago de cisnes negros

Harvard Deusto | | 14 minutos de lectura

Nuestra sociedad parece estar atravesando un inquietante período de cambio. La guerra, el caos climático, la desigualdad, el declive de las libertades y la alienación tecnológica son algunos de los rasgos de nuestro presente. Han generado una visión pesimista y temerosa del futuro. Y la gestión empresarial a largo plazo no puede disociarse de esa dinámica caótica que parece erigirse en el futuro de nuestra sociedad.

Las causas que impulsan los acontecimientos distópicos que se desarrollan actualmente en nuestra sociedad tienen dos vertientes. Por un lado, los cambios en el entorno político se han vuelto muy volátiles al tambalearse las viejas instituciones de nuestra sociedad, y el nacionalismo y el tribalismo están sustituyendo el compromiso con el progreso compartido. Y, por el otro, está la parte de responsabilidad de las empresas en la creación del actual entorno de cisnes negros.

La consecuencia es que el proyecto político y geopolítico de la segunda mitad del siglo XX, que ha generado uno de los períodos de paz y progreso más largos y robustos de la historia, ha quedado ahora como una reliquia. Esto implica que la capacidad para predecir lo predecible y hacer frente a lo impredecible ha pasado a ser la competencia más esencial para el éxito de las empresas.

Este difícil contexto sociopolítico se agrava por la magnitud de las disrupciones tecnológicas que estamos viviendo. No paramos de tener que afrontar tecnologías altamente disruptivas que hace solo una década parecían ciencia ficción. Un ejemplo es el advenimiento de los modelos de lenguaje de gran tamaño, que están provocando una revolución en la inteligencia artificial. Pero también lo son muchas de las tecnologías que hoy damos por sentadas, pero que eran impensables a principios de siglo.

Así pues, este nuevo mundo nos plantea un contexto muy desafiante en términos de dinámica sociopolítica, geopolítica y de cambio tecnológico. Recuperando el concepto de Nassim Taleb de los “cisnes negros” como acontecimientos que van más allá de los límites de las expectativas habituales, a menudo pasados por alto o subestimados debido a sesgos cognitivos humanos, me gustaría proponer la imagen de que gestionar hoy en día se parece a navegar en un lago poblado por cisnes negros. 

Desde el punto de vista de la gestión empresarial, este lago de cisnes negros tiene dos implicaciones. En primer lugar, la gestión, entendida como las competencias de los CEO y los directivos, la estructura y la gobernanza de las organizaciones y los planes de estudio e investigación de las escuelas de negocios, debe adaptarse a este nuevo contexto para garantizar el éxito de las organizaciones en un entorno frenéticamente competitivo (y ahora impredecible y complejo).

En segundo lugar, en la medida en que las prácticas de gestión del pasado y del presente tienen algo de responsabilidad en la creación de este lago lleno de cisnes negros, la práctica de la gestión debe asumir la responsabilidad de reformarse a sí misma para ayudar a mitigar esta crisis. Solo podemos esperar que, antes de 2050, hayamos aprendido a afrontar mejor estos retos y que seamos capaces de recuperar la esperanza en el futuro y el propósito común. Para encaminarnos hacia esa senda, las empresas, como pilar fundamental de nuestras sociedades, deben cambiar su manera de funcionar, lo cual exigirá modificar los principios básicos de la gestión.

RENDIMIENTO: EL CONTROL DEJARÁ PASO A LA AGILIDAD 

A corto plazo, los atributos necesarios para los gestores que quieran alcanzar el éxito cambiarán, lo cual exigirá centrar el énfasis menos en las dinámicas de dentro hacia fuera y más en la dirección opuesta, de fuera hacia dentro. Desde la década de 1960, la teoría de la dirección de empresas desarrolló una visión de la organización desde dentro hacia fuera, que se materializó en una preocupación fundamental por cómo atender las funciones de la organización. Del marketing a las finanzas, pasando por los RR. HH. y la estrategia, la teoría del management bebió de la psicología y la economía para ayudar a las empresas a mejorar su estructura interna. La analogía esencial sería la comparación con la capacidad de los ingenieros para desarrollar una máquina eficaz y bien engrasada.

Ese escenario de un lago de cisnes negros implica que el principal objetivo de los directivos debe ser intentar predecir dónde irán aterrizando esos cisnes negros y afrontar con rapidez su llegada impredecible y continua, ya sean sociopolíticos o tecnológicos. En lo que se refiere a los primeros, áreas como la política, las relaciones internacionales y la historia van a ser fundamentales en la formación de los directivos. Se trata de elementos que históricamente han tenido poca prioridad para ellos, lo cual los ha llevado con frecuencia a hacer declaraciones y tomar medidas que han exacerbado los riesgos políticos. Por ejemplo, las manifestaciones de Bob Chapek, CEO de Disney, contra la ley de Derechos de los Padres en la Educación, conocida por los críticos como la ley de “no digas gay”, han generado importantes problemas a la compañía en Florida, ya que los legisladores y el gobernador de este estado, Ron DeSantis, tomaron medidas para revocar el estatus especial del área que ocupa el parque Walt Disney World.

Por otra parte, la función de la organización responsable de la tecnología ya no responde a los retos que plantean los cisnes negros tecnológicos. Muchas de las novedades tecnológicas que vendrán para atormentar a la organización proceden de fuera del sector y serán muy disruptivas. Además, la velocidad con la que se avanza desde el desarrollo hasta la implementación a gran escala es inmensa.

Los principios que rigen la gestión deben evolucionar para integrar un conocimiento mucho más profundo de la tecnología, los datos y la ciencia. Personalmente creo que la capacidad para trasladar las ideas al personal técnico, tal como muchos expertos plantean actualmente, resultará insuficiente y que disponer de sólidos conocimientos de tecnología ocupará un lugar central entre las competencias de los directivos. La hibridación de la gestión empresarial y la tecnología será completa en todos los sentidos imaginables, y las escuelas de negocios y de tecnología se fusionarán.

Además de reforzar las capacidades de los directivos en materia de política, relaciones internacionales e historia, y también de tecnología, datos y ciencia, para predecir mejor lo previsible y hacer frente a lo imprevisible, la transición del control hacia la agilidad será una segunda pata fundamental para navegar por el lago de los cisnes negros.

Históricamente, el control, entendido como la capacidad para garantizar que las decisiones tomadas en la cima desciendan por la organización sin sufrir más que mínimas desviaciones, ha sido un objetivo central en la gestión. Esta necesidad respondía tanto al objetivo de gestionar bien como a un deseo humano fundamental de controlar que nos acompaña siempre.

En cualquier caso, el control ya no contribuye a la competitividad. En el lago de los cisnes negros, el directivo de nivel inferior más cercano al mercado (competidores y clientes) debe adaptarse rápidamente, y no puede permitirse el lujo de esperar el tiempo que lleva informar con suficiente detalle a sus superiores de los acontecimientos hasta que le llegue de vuelta una decisión tomada en un contexto de información limitada. Incluso en la era en que la información se propaga a la velocidad de la luz, las decisiones ágiles de quienes están más cerca del terreno de juego siempre ganarán la partida.

La agilidad que supone esa capacidad de delegación fuerte y eficaz implica facultar a los niveles inferiores de la organización para que tomen decisiones de forma rápida y autónoma. El problema es que, si bien la agilidad es el camino para alcanzar el rendimiento, esto chocará contra el deseo humano de control. La vida del líder está a punto de volverse muy incómoda, como plantea Laszlo Bock, vicepresidente sénior de Gestión de Personas de Google. En un libro publicado en 2015, Bock sugería que los directivos deberían ceder tanto poder a sus subordinados como sean capaces sin dejar de sentirse cómodos, pero que, si se sienten cómodos, es que no han delegado lo suficiente2. La ventaja será para aquellos en quienes se delega, que disfrutarán de mayor sentido de propósito en su trabajo, como plantean Gary Hamel y Michele Zanini en Humanocracy

UN PROGRESO VINCULADO AL BIEN COMÚN

Si nos limitamos a adaptarnos al lago de los cisnes negros, estaremos pasando por alto que las prácticas de gestión de las empresas son en parte responsables de la llegada de esa bandada de cisnes negros. De hecho, las que se extendieron a partir de los años ochenta, siguiendo la posición seminal de Milton Friedman de que las empresas debían centrarse en la búsqueda de beneficios y desatender todo lo demás, han creado una excusa para que los directivos se desentiendan de su impacto sobre los problemas de nuestra sociedad.

Sin embargo, la búsqueda del bien común, que antepone el progreso de nuestras sociedades, ha ganado mucho peso en las dos últimas décadas. En este sentido, el calentamiento global no podrá resolverse sin una coordinación mundial que englobe a Estados y empresas. Y lo mismo sucede con los peligros del desarrollo descontrolado de la inteligencia artificial, como describe The Coming Wave

Por supuesto, las empresas deberán cambiar su proceder para garantizar que nuestra sociedad pueda afrontar los grandes cambios de este lago de cisnes negros. Movimientos como la responsabilidad social corporativa, los objetivos de desarrollo sostenible o la ESG subrayan la necesidad de cambios, aunque los resultados no incitan al optimismo. Por el lado del medio ambiente, la agenda política está girando ahora contra las prácticas ESG, en gran parte porque el propio sector financiero ha minado su credibilidad. En cuanto a la tecnología, sorprende ver cómo las empresas tecnológicas se preocupan por los peligros que entraña el rápido desarrollo de la IA, pero a continuación lo aceleran aún más, con el argumento de que ralentizarlo pondría en riesgo su competitividad y supervivencia.

Solo un cambio fundamental en la gobernanza podrá contribuir a resolver esto, aunque no estoy nada seguro de cómo se debería proceder. Podemos cuestionar si la gestión de las empresas privadas está siendo adecuada, pero la del sector público es aún peor, a juzgar por la escasa confianza que despierta entre la sociedad, según el Edelman Trust Barometer 20235. En cualquier caso, solo una mayor colaboración y coordinación entre el sector público y el sector empresarial, con una importante aportación de las universidades, nos permitirá avanzar.

Aunque el concepto de la triple hélice, como se conoce esta colaboración a tres bandas, suele invocarse en el contexto de la generación de innovación y el desarrollo de clusters, los dramas sociopolíticos de nuestro tiempo deberían otorgarle también un papel relevante en la innovación social e institucional.

Para que esto sea posible, el sector público, las empresas y las universidades deben adaptar las actitudes, el lenguaje y la cultura para facilitar su colaboración. Un contratiempo es su incapacidad a la hora de abordar los cambios necesarios en la regulación del sector tecnológico o las redes sociales, como se ha hecho con la competencia.

EL CAMINO POR DELANTE 

Aunque pueda parecer que el lago de los cisnes negros nos plantea retos abrumadores, también supone una oportunidad de transformación sin precedentes. La imprevisibilidad y la complejidad del futuro invitan a la creatividad, la innovación y la generación de nuevos paradigmas para la gestión empresarial. El papel de los directivos, las escuelas de negocios y las organizaciones será crucial para configurar un futuro más resiliente, ético y sostenible. A continuación, y a modo de conclusión, presento algunas vías:

  1. Adaptarse con agilidad e inspiración. La capacidad de adaptación es esencial para prosperar en un mundo impredecible. Los directivos del futuro tendrán que asumir la agilidad no solo como una necesidad, sino como una oportunidad para innovar, conquistar mercados y mejorar el desempeño. Para ello será necesario descentralizar la toma de decisiones y capacitar a los empleados de todos los niveles. Un liderazgo visionario, basado en un profundo conocimiento tanto de las necesidades de la sociedad como de los avances tecnológicos, debe inspirar a los equipos a pensar más allá de los límites de lo posible, reimaginando la empresa y el mundo.
  2. Construir redes de colaboración. En el futuro, el éxito no se alcanzará de forma aislada. Las empresas, los gobiernos y las instituciones académicas tendrán que colaborar para abordar retos globales como el cambio climático, la desigualdad y la disrupción tecnológica. Los ejecutivos deberán actuar como constructores de puentes, fomentando asociaciones y alianzas entre sectores y zonas geográficas para crear soluciones que beneficien tanto a las empresas como a la sociedad. Y las escuelas de negocios tendrán un papel fundamental en la formación de esos futuros líderes, dotándolos con las competencias y la mentalidad necesarias.
  3. Una nueva ética de la responsabilidad. El futuro de la gestión debe construirse sobre un sentido más amplio de la responsabilidad. A medida que las empresas vayan entendiendo mejor el papel que desempeñan para moldear la sociedad y el medio ambiente, el centro de atención pasará de la maximización de beneficios al liderazgo orientado a objetivos y al impacto social. Los directivos tendrán que integrar valores como la sostenibilidad, la diversidad y la justicia social en el núcleo de sus estrategias empresariales, lo cual debe estar firmemente arraigado en los cambios de la gobernanza empresarial. El impacto en la sociedad y la comunidad debe ser prioritario, respetando al mismo tiempo la cuenta de resultados y la sostenibilidad económica. Este cambio no solo alineará a las empresas con las necesidades de sus grupos de interés, sino que también abrirá nuevos mercados, atraerá talento y generará confianza entre los clientes.
  4. Las escuelas de negocios como catalizadoras del cambio. Estas instituciones desempeñarán un papel clave en la transformación. Pasarán de limitarse a enseñar los principios tradicionales de la gestión a convertirse en ecosistemas de innovación que integran las ciencias sociales, la tecnología, la ética y la gobernanza en sus planes de estudios. Promoviendo la educación interdisciplinar, fomentando la resolución de problemas en el mundo real y alentando el marco mental del emprendimiento social, las escuelas de negocios ayudarán a los futuros líderes a desarrollar las competencias necesarias para dar forma al complejo mundo que les espera. Además, investigando sobre prácticas empresariales sostenibles y gobernanza responsable, aportaremos la base intelectual necesaria para crear una economía mundial más justa.
  5. Nuestro futuro común es nuestra responsabilidad compartida. Las mismas fuerzas que impulsan la disrupción deben ser aprovechadas para construir un futuro mejor. Los directivos, las organizaciones y las escuelas de negocios tienen que trabajar juntos para recuperar el sentido del propósito y el optimismo del mundo empresarial. Debemos centrarnos en la transformación a largo plazo más que en las ganancias a corto plazo y situar a las personas y el planeta en el centro de la toma de decisiones. Los líderes empresariales tienen la oportunidad y la responsabilidad de ayudar a crear un futuro en el que la innovación y la sostenibilidad vayan de la mano.

El camino que tenemos por delante puede estar lleno de cisnes negros, ser impredecible y estar cargado de ansiedad, pero también ofrece oportunidades para la reinvención. Si optan por la agilidad, la colaboración, la responsabilidad y el propósito, los líderes empresariales del mañana no solo sobrevivirán en el lago de los cisnes negros, sino que también abrirán el camino hacia un futuro más esperanzador, próspero y sostenible para todos.