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Lo que aún vale de la ONU y lo que debemos construir fuera de ella

Expansión | | 6 minutos de lectura

La ONU está en crisis. Noes noticia de esta semana, ni siquiera de este año. La erosión lleva tiempo gestándose. Algunos la datan en 2012, cuando Rusia y China aceptaron la aplicación del principio de la Responsabilidad de Proteger (R2P) en Libia, pero que Reino Unido y Francia usaron para derrocar al régimen libio. Otros señalan antes: la invasión rusa de Georgia en 2008, o la invasión de Irak en 2003 por parte de Estados Unidos sinaval de Naciones Unidas. En cualquier caso, la evidencia es clara: el sistema multilateral nacido en 1945 se ha ido resquebrajando, volviéndose cada vez más incapaz de resolver gravísimos conflictos como los de Ucrania, Palestina, Sudán, o Myanmar.

Hoy la crisis es dramática porque su fundador y principal valedor, Estados Unidos, ha girado de manera virulenta contra ella. El discurso de Trump esta semana no ha dejado lugar a dudas. No es abandono, sino un cuestionamiento frontal de su legitimidad. Y cuando el país que impulsó la Conferencia de San Francisco (donde se fundaron las Naciones Unidas) dinamita la institución, la crisis es existencial.

¿China al rescate? Aunque China ha ido cogiendo posiciones dentro Director EsadeGeo - Center for Global Economy and Geopolitics Ángel az-Carranza Cuando el presidente de EEUU, que impulsó la Conferencia de San Francisco, cuestiona su legitimidad, la crisis es existencial. del sistema multilateral (por ejemplo, el secretario general de la FAO, el antiguo SG de Interpol), China jamás ha considerado el sistema multilateral como propio al ser creado en una época de extrema debilidad y previo a la revolución comunista. Esta desconfianza nunca ha sido superada a pesar de haber experimentado un espectacular crecimiento bajo el paraguas multilateral. En paralelo a alcanzar posiciones de influencia en el sistema, China ha procedido a crear sus propias instituciones, como son el Nuevo Banco de Desarrollo, el Banco Asiático de Infraestructuras e Inversión y la Organización de Cooperación de Shanghái.

Además, el distanciamiento de China de los países occidentales ha ido incrementando a medida que ha acogido al aislado Putin, se ha cerrado internamente y se ha vuelto más beligerante en su vecindario. La reciente celebración en Pekín del 80º aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial donde Xi Jinping fue flanqueado por Vladimir Putin y Kim Jong-un fue otro paso en esa dirección. Todo ello ha incrementado la desconfianza de los países europeos y desarrollados de Asia hacia China, haciendo inviable un hipotético relevo chino en el liderazgo multilateral.

Ni refundar ni reformar: mantener a flote. Ante este panorama, algunos reclaman una reforma integral de Naciones Unidas. Es un espejismo. El techo de lo que la ONU puede conseguir siempre lo han marcado las relaciones entre sus miembros. Hoy, en un mundo profundamente soberanista —desde Washington hasta Pekín, pasando por buena parte de la UE y los emergentes—, cualquier intento de reforma es inviable.

Recordemos el origen. La ONU se creó en 1944, impulsada por un “egoísmo ilustrado” de Estados Unidos, que creó un sistema que le beneficiaba y que a la vez era beneficioso para el mundo. Con el recuerdo fresco de la guerra y del fracaso de la Sociedad de Naciones, y EE. UU. como súper potencia en un mundo devastado, existía una ventana de oportunidad única para establecer reglas globales. Ventanas así son rarísimas. Pretender una ventana de este tipo, es ilusorio.

La gobernanza actual de la ONU es absurda frente al mundo que dice representar. El Consejo de Seguridad refleja un orden de 1945: sin África, sin Latinoamérica, con India —el país más poblado del mundo— excluida de la mesa de mando. Su estructura ejecutiva, por otro lado, está capturada por un principio de representatividad mal entendido e inercias burocráticas paralizantes. 

Reformar esto hoy es imposible. Refundar, impensable. Lo máximo a lo que podemos aspirar es a frenar el deterioro, preservar lo esencial y esperar a una mejora en las relaciones internacionales para poder acometer mejoras marginales.

Qué preservar. En este momento de parálisis política—véase el Consejo de Seguridad—, lo esencial son las agencias técnicas y operativas. Son el motor silencioso del multilateralismo. La Organización de Aviación Civil Internacional (OACI) establece reglas para la navegación aérea. La Organización Marítima Internacional (OMI) hace lo propio en el mar. El Programa Mundial de Alimentos (WFP) salva vidas cada día en contextos de guerra y hambruna. El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) trabaja en países donde ningún otro organismo llega.

Son engranajes discretos, pero vitales, que sostienen la coordinación global. Y, paradójicamente, son menos dependientes del consenso político entre las grandes potencias. Estas agencias merecen ser preservadas con celo, blindadas frente al deterioro político del sistema.

Qué construir fuera. Mientras tanto, el resto del mundo no puede quedarse de brazos cruzados viendo cómo se erosiona el núcleo del marco multilateral que conocemos. Si no queremos regresar a un orden de imperialismos, vasallajes y esferas de influencia, necesitamos tejer mecanismos alternativos.

No sustituirán a la ONU ni tendrán la misma fuerza que un sistema basado en derecho internacional universal. Pero pueden amortiguar choques y evitar que los desacuerdos escalen en catástrofes.

Estos mecanismos pasan por acuerdos bilaterales sólidos entre democracias avanzadas (Japón–UE, Australia–UE, Canadá–UE), que refuercen estándares comunes en comercio, inversión o sostenibilidad. También acuerdos blandos entre países, como es el Acuerdo de París, o coaliciones donde participen tanto gobiernos como actores privados como el Fondo Global para la Salud. Esta gobernanza de geometría variable no es perfecta, pero debe permitir mantener una mínima trama de cooperación en un mundo fragmentado.

Conclusión. La ONU nació en un momento excepcional, fruto de un orden mundial irrepetible. Pretender refundarla hoy es ingenuo. Pero renunciar a ella sería suicida. La responsabilidad de los países medianos y pequeños —los que más tienen que perder en un mundo sin reglas— es doble: defender las piezas útiles de la ONU y, al mismo tiempo, construir una red alternativa de acuerdos que evite un regreso al siglo XIX.

En este tiempo de crisis del multilateralismo, más que nunca necesitamos pragmatismo. No se trata de soñar con una nueva Carta de San Francisco, sino de mantener a flote lo que aún sirve y de coser con paciencia nuevas costuras de cooperación. Es menos épico, pero también más urgente.