Artículos

Levantando barreras

Los ciudadanos confían algo más en las instituciones comunitarias que en las nacionales
ABC | | 2 minutos de lectura

Ayer Justin Trudeu, primer ministro de Canadá, tomó la palabra en el Parlamento Europeo, tras la aprobación provisional del Tratado de Libre Comercio con su país. Hijo de un grande de la política, se ha convertido en uno de los mejores jefes de gobierno del mundo por su capacidad de movilizar emociones ciudadanas positivas. Ofrece además el mejor ejemplo de liderazgo para la UE sobre cómo gestionar la relación con EE.UU. en la era Trump: trabajar sobre intereses comunes y pactar en abierto los desacuerdos sobre valores. El joven Trudeau parece tocado por los dioses, al reunir en su persona la juventud y el ímpetu de Renzi y el centrismo prudente de Merkel y Rajoy. No en vano es producto de ciento cincuenta años de moderación en la política canadiense. Las fuerzas antiglobalización en la cámara de Estrasburgo, desde Le Pen a Podemos, envidian su capacidad discursiva. Pero hay otra lección más en este pacto que debe traer prosperidad y empleo a nuestro continente (y que nos hace añorar lo que podía haber sido el acuerdo transatlántico con EE.UU., ahora en dique seco).

La actual Comisión se resiste a actuar como ejecutivo europeo. En vez de aprobarse el tratado a nivel comunitario, se ha ampliado su contenido para que todos los parlamentos nacionales y algunos regionales tengan que ratificar este acuerdo. Es una una política errónea, como se pudo comprobar hace menos de un año cuando Valonia bloqueó el pacto por razones nacionalistas y miopes. Se convierte así la ratificación final en un campo de minas. Pero la Comisión se siente insegura y quiere ejercer el poder de modo conjunto con los gobiernos. Su explicación es que de no hacerlo de este modo, «Bruselas» se convierte en un chivo expiatorio en las capitales nacionales, muchas de ellas asediadas por un populismo rampante. Sin embargo, los ciudadanos confían algo más en las instituciones comunitarias que en las nacionales. Esperan de ellas eficacia a la hora de resolver problemas y añadir prosperidad y seguridad a sus sociedades. Quien no entienda esto no debería estar al frente del poder ejecutivo europeo.