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La lección de Portugal

Hoy votan los portugueses en unas elecciones generales que podrían mantener en el poder a la coalición de centro derecha, abrasada tras gestionar los peores años de la crisis del euro.
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Hoy votan los portugueses en unas elecciones generales que podrían mantener en el poder a la coalición de centro derecha, abrasada tras gestionar los peores años de la crisis del euro. Los últimos sondeos dejan muy cerca de la mayoría absoluta al tándem formado por el primer ministro Passos Coelho (PSD) y Paulo Portas, del CDS. Antes de verano en Lisboa se daba casi por descontado que volverían los socialistas al poder. Su candidato, Antonio Costa, alcalde de la capital, había conseguido pasar página del escándalo protagonizado por José Sócrates, el ex jefe de gobierno de su partido encarcelado por corrupción. Este personaje fantasioso había sustraído importantes cantidades del erario público e inventado su curriculum. Tras perder las elecciones y arrojar a su país al rescate europeo, vivía instalado en París con un llamativo tren de vida. Costa representaba una etapa nueva del socialismo moderado. Le favorecía enormemente el desgaste de cuatro años de gobierno conservador, tres de ellos bajo un durísimo programa para transformar la economía, con la supervisión férrea de la troika y una acumulación de medidas impopulares nunca antes vistas en Portugal. Las privatizaciones de sus empresas públicas más importantes, hoy en manos de chinos, franceses o angoleños o el hundimiento de su primer banco privado han sido verdaderos temblores de tierra. El efecto Costa se ha esfumado en la campaña y el candidato estrella ha acabado a la defensiva en los debates con el gobierno sobre cuestiones económicas y presupuestarias. Su esperanza más real de gobernar a partir de mañana es poder formar una coalición de izquierdas con comunistas y con el Bloque de Izquierda, un grupo radical, conectado con Podemos, que lidera Catarina Martins, una política joven de gran atractivo mediático. Esta posibilidad preocupa a los analistas políticos y económicos que siguen la evolución positiva del país hacia la estabilidad y el crecimiento. El gobierno de Passos, por su parte, está cerca de recoger los frutos de una labor ingrata. Había aceptado al principio de la legislatura quemarse gestionando con disciplina el rescate. Pero se preocupó en elaborar y transmitir continuamente un relato de “sangre, sudor, esfuerzo y lágrimas”, para dar sentido a los sacrificios que tanto el sector público como el privado tenían que hacer. La figura misma de Passos llama aún hoy la atención por su austeridad y modestia. Vive en su barriada de siempre, pasa sus vacaciones una playa popular, y cocina sardinas al aire libre como uno más. La dignidad y el estoicismo con los que no sólo el gobierno sino el conjunto de la sociedad portuguesa han afrontado estos años son dignos de admiración. Es la lección de Portugal, cuya política es más avanzada de lo que el radar de la atención española está dispuesto a conceder, un error que debemos corregir.