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La educación nos dio espíritu independiente

La nueva suspensión del proceso de participación ciudadana en Catalunya por el Tribunal Constitucional va más allá de lo que sería un tema propio de un economista, pero no es aventurado pensar que va a ser otro revulsivo para una desafección creciente.
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La nueva suspensión del proceso de participación ciudadana en Catalunya por el Tribunal Constitucional va más allá de lo que sería un tema propio de un economista, pero no es aventurado pensar que va a ser otro revulsivo para una desafección creciente. Es posible que Catalunya se deje llevar por una concepción que tiene que ver con la imagen de un futuro mejor. Es una imagen nacida de la educación y del arte y, como escribió Oscar Wilde, toda obra de arte es una profecía cumplida, porque toda obra de arte es la conversión de una idea en imagen. ¿Cómo puede traducirse eso al lenguaje jurídico? y a la política Ortega y Gasset nos dijo que haría un esfuerzo para entendernos, pero desde la otra orilla del Ebro.

No estamos ante algo propio del siglo que vivimos, pues el centralismo del tardoimperio se impuso en todos los ámbitos, pero en el siglo XIX no pudo impedir que los hijos de los pioneros de la industria textil de Igualada, Sabadell y Terrassa, y de las cuencas del Ter y el Llobregat enviaran a Manchester a sus hijos para que aprendieran de la que entonces era la fábrica del mundo, ni que la Hispano Suiza de Barcelona fabricara motores de aviación para las fuerzas aéreas de los combatientes de la I Guerra Mundial, o los coches de gama alta que competían con los Rolls Royce y Mercedes Benz. Las nuevas políticas de autarquía de la guerra de los Tres años terminaron con las instalaciones industriales del barrio de Sant Andreu y, por otros motivos, también con las de la Maquinista Terrestre y Marítima, y ésta dejó de ser la gran competidora de la industria metalúrgica europea.

En el País Vasco, los jesuitas se anticiparon al poder central y tuvieron la primera escuela de negocios, en la que estudió Emilio Botín, el banquero al que el mundo se le hacía pequeño y que no dudó en recordar a menudo las enseñanzas del decano de la Universidad Comercial de Deusto, el jesuita Bernaola. Años antes, un banco vasco abrió primero su filial en Londres antes que hacerlo en Madrid. Y en la bolsa de Bilbao, las siderúrgicas dominaban los corros de contratación porque eran intensivas en capital y tecnología. En la bolsa de Barcelona, una empresa química, Cros, era líder por capitalización, pero todavía no la banca. No estamos ante el replanteamiento de la Transición de 1978, sino de unas raíces históricas más lejanas. Se cumple más de medio siglo (año 1962) desde que el Banco Mundial envió una comisión de expertos para modernizar España, aparentemente por encargo expreso del gobierno de los vencedores. Pero existen otras interpretaciones, porque parece ser que la cuestión se gestó desde que el presidente Eisenhower aterrizó en el aeropuerto militar de Torrejón de Ardoz en 1959, cuando España estaba completamente aislada. Para Estados Unidos, la guerra fría exigía tener un portaaviones en el Sur de Europa y bases militares cercanas al Estrecho, de la misma forma que reorganizó el sistema de autopistas de Estados Unidos y lo calificó de red estratégica, porque la obsesión del Pentágono era que los misiles de largo alcance de la Unión Soviética podían alcanzar la red ferroviaria americana (vulnerable, lenta y de rutas previsibles) y eso hacía aconsejable que las vías de alta capacidad por carretera crearan una verdadera red de comunicaciones fuertemente interconectada, de costa a costa de Estados Unidos.

La comisión del Banco Mundial, el hermano gemelo del Fondo Monetario Internacional, recomendó al gobierno central que Barcelona tuviera una universidad politécnica más amplia porque los catalanes, si bien podían estudiar Arquitectura, como lo hicieron Gaudí y Sert (éste fue, años más tarde, decano de la Escuela de Arquitectura de Harvard), pudieran seguir las carreras de Caminos, Canales y Puertos, como fue el caso, entre otros, de Pere Duran Farell o la de Telecomunicaciones y Aeronáutica, y no se vieran obligados a trasladarse a Madrid. Y propuso también que Catalunya tuviera una vía de alta capacidad que la pusiera en contacto con el sur de Francia y cubriera el arco del Mediterráneo. Así nació el embrión de la AP-7. Las autopistas de la periferia de Madrid quedaron para más adelante. Cuando nacieron, tuvieron un final aciago.

Quizás tendría poco sentido atribuir a la integración a la Unión Europea un cierto grado de descentralización a favor de Catalunya, porque el tren de ancho europeo de mercancías que uniría los principales puertos del arco del Mediterráneo con Francia sigue sin financiarse, y la península es todavía una gran isla porque no puede exportar los excedentes de energía eólica o solar a Francia y tampoco importar energía a muy alta tensión hasta que la MAT desactive el aislamiento del entorno de Girona para líneas de 220.000 voltios. Y si no fuera, aparentemente, por la resistencia de Francia, Catalunya podría convertirse en una de las fuentes de suministro seguras de gas por la conexión con el gasoducto que nos llega de Argelia y los buques de gas licuado que atracan en el puerto de Barcelona. El conflicto de la Federación Rusa con Ucrania podría potenciar el papel de Catalunya como la puerta del Sur de la Unión Europea y en condiciones de mayor seguridad ante las amenazas que llegan a Centro Europa y el Báltico.

Para concluir, no va a ser fácil quebrar la imagen de un país nuevo, internacional y emprendedor, porque el arte está preñado de profecías y estas pueden dar a luz las necesarias negociaciones y pactos. Al fin y al cabo, somos un país de marca, en el sentido de Jaume Vicens Vives.