Artículos

¿Esperanza o espejismo?

El Periódico de Catalunya | | 5 minutos de lectura

El Gobierno ha presentado el proyecto de ley de Presupuestos del Estado para el año 2022. Se trata de un presupuesto singular por ser el primero tras una pandemia que nos ha dejado una huella duradera como sociedad, pero, también, el primero caracterizado por disponer de unas ayudas europeas que han supuesto un verdadero punto de inflexión en la forma en la que Europa entiende la solidaridad entre los países que la forman.

El presupuesto presentado tiene un carácter claramente expansivo en la vertiente del gasto público y en el que, además, el Ejecutivo, en función de qué partidas crecen más, muestra sus preferencias en cuanto a política económica. El aumento observado en algunas partidas me parece positivo. En particular, la partida correspondiente a Ciencia e Innovación crece en un 18%, lo que refuerza la relación existente entre un ecosistema que favorece la innovación, la productividad de las empresas y la generación de riqueza.

Por otro lado, otras partidas de carácter social, como las ayudas al alquiler o el bono joven, que supone una ayuda mensual de 250 euros, me generan dudas sobre su eficacia. Es indiscutible que los jóvenes españoles se enfrentan a un problema de acceso a la vivienda, con una ratio entre el salario percibido y el precio medio del alquiler preocupante. Ahora bien, no siempre una buena intención supone un acierto. En este caso habría que plantearse con qué probabilidad esa ayuda puede acabarse trasladando a los precios del alquiler, lo que haría la medida ineficiente. Una mayoría de expertos coinciden en considerar que en el mercado de la vivienda en alquiler el problema es de falta de oferta y, por ello, la reducción en la bonificación para las empresas que alquilan pisos supone reducir uno de los incentivos al crecimiento de la oferta, lo que supone una cierta incoherencia con la medida del bono a los jóvenes.

En cualquier análisis que se efectúe del presupuesto resulta especialmente relevante considerar el peso de cada partida sobre el total, más allá del crecimiento interanual. En el caso de los presupuestos generales presentados casi el 40% del gasto total va destinado a pensiones. Por una cuestión moral y por equidad debemos garantizar pensiones dignas a nuestros mayores, pero esa política tiene que ser compatible con reconocer el reto que supone y las dificultades a las que se enfrenta el sistema. Los condicionantes principales son el crecimiento de las pensiones medias conforme se jubilan generaciones que tuvieron mejores salarios, una pirámide demográfica en la que el peso de los mayores de 65 años seguirá creciendo -la población de más de 65 años pasará del 19,6% en 2020 a más del 30% en 2045-, y finalmente, la dificultad de nuestro mercado laboral para generar empleo y salarios que permitan que las cotizaciones sociales crezcan al ritmo deseado. La siempre pospuesta reforma del sistema de pensiones es una asignatura pendiente que debería abordarse con realismo.

Desde un punto de vista técnico, una de las mayores dudas que suscita el proyecto de presupuestos tiene que ver con la capacidad recaudatoria. El presupuesto incluye una previsión de crecimiento del PIB real del 7% y el Gobierno estima que la recaudación impositiva crecerá por encima del 8%. No obstante, las previsiones macroeconómicas de organismos independientes muestran un menor entusiasmo con respecto al crecimiento, lo que indudablemente repercutirá en la consecución del objetivo de ingresos tributarios. 

Es cierto que Europa ha entendido, y mejor que en 2008, la necesidad de ser flexible en cuanto a los objetivos de déficit, pero la deuda pública española no ha dejado de crecer, de forma que la economía española ha pasado de menos del 50% de deuda pública sobre el PIB, antes de la crisis de 2008, a superar al 120% en la actualidad. Si bien este aumento parece asumible en el actual contexto de bajos tipos de interés, esta situación no será permanente, pues los bajos tipos que permiten al Estado financiarse en condiciones muy ventajosas no durarán siempre. Los datos de inflación, que ya llega al 4%, permiten anticipar que la subida de tipos puede tener lugar antes de lo que esperábamos, lo que encarecerá el coste de la deuda en un futuro.

El análisis del presupuesto me ha hecho recordar una de las célebres frases del gran economista John Maynard Keynes, no siempre bien interpretado: «La dificultad radica no tanto en desarrollar nuevas ideas sino en escapar de las viejas». Una gran incógnita es si seremos capaces de utilizar los fondos europeos para cambiar nuestro modelo productivo. Esperemos que así sea y triunfe la esperanza sobre el espejismo.