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Del ESG al impacto

La evolución de las inversiones financieras más allá de aquellas calificadas como ESG descansa sobre todo en la creciente importancia de la transparencia
Ethic | | 4 minutos de lectura

Según Elon Musk, la inversión ESG es «una estafa» y «el diablo». El discurso de los inversores ESG (por sus siglas en inglés, aquellos que invierten utilizando criterios ambientales, sociales y de gobernanza) es que, con sus estrategias de selección de inversiones, ya sea por exclusión (de aquellas industrias especialmente perjudiciales) o por inclusión (de aquellas compañías especialmente responsables o sostenibles) ayudan a generar cambios positivos en la sociedad. Sin embargo, hemos visto cómo los principales sistemas de calificación ESG han otorgado puntuaciones mucho mejores a ciertas empresas de tabaco o combustibles fósiles, que contribuyen a problemas de salud y el cambio climático, que a empresas como Tesla, que favorece la transición a vehículos eléctricos. De ahí el origen de las quejas de Musk.

A pesar de que estos casos pueden ser puntuales y la generalización de la inversión con criterios ESG es una noticia positiva, es importante pedir transparencia a las agencias que ofrecen estos ratings y entender bien cuáles son las intenciones y las estrategias de los inversores. Al final, una gran parte de estos inversores busca minimizar los riesgos derivados de aspectos ambientales, sociales o de gobernanza con el objetivo de maximizar el valor para los accionistas a largo plazo. Este enfoque, aunque legítimo, no siempre va orientado a abordar los múltiples retos a los que nos enfrentamos como sociedad. 

Ante las limitaciones de la inversión ESG y los crecientes desafíos sociales y medioambientales, cada vez más inversores se interesan en la llamada inversión de impacto, que nació hace quince o veinte años y cuyo mercado global superó el billón de dólares en 2021, según el Global Impact Investing Network (GIIN). Este tipo de inversión es aquella que se hace con la intención de generar un impacto positivo medible junto con un retorno financiero, contribuyendo a solucionar retos sociales o medioambientales desatendidos de manera significativa. La pregunta que nos hacemos es: ¿en qué se diferencia la inversión de impacto de la inversión ESG y cómo puede superar sus limitaciones? 

La respuesta radica en tres conceptos clave: la intencionalidad, la medición y la adicionalidad. Para todos aquellos interesados en la inversión de impacto, el dominio de estos tres conceptos puede proporcionar buenos argumentos contra el impact washing. La intencionalidad se demuestra definiendo una tesis de inversión en la cual identificas los retos concretos que pretendes solucionar y cómo tu actividad va a incidir de manera positiva en esos retos. Por ejemplo, un fondo de inversión puede definir una Teoría de Cambio en la que el objetivo es reducir la brecha digital entre distintos colectivos y con la que, por lo tanto, financiará empresas que contribuyan a ese propósito. La medición se refiere a evaluar el impacto de la inversión para conocer si se está logrando cumplir con los objetivos y, así, tomar decisiones para maximizar los efectos positivos y minimizar los negativos. Además, se debe hacer un esfuerzo por medir no solo lo que hacen o producen directamente las empresas (outputs) sino también los efectos que experimentan las personas y el planeta como resultado de esa actividad (outcomes). Finalmente, la adicionalidad del inversor nos habla de si el impacto generado habría tenido lugar sin esa aportación de capital. En este sector, se considera que el inversor tiene adicionalidad cuando aporta algo más que el capital, ya sea involucrándose activamente en la gestión de la empresa para mejorar su impacto, invirtiendo en empresas a las que les cuesta encontrar financiación, o aceptando un retorno ajustado al riesgo inferior al que obtendría en otro tipo de inversión.

Cada empresa, cada fondo y cada inversor tiene sus objetivos a la hora de decidir qué hace con su dinero y con sus recursos. Lo importante es que haya transparencia para que no nos den gato por liebre. Que no nos vendan como inversión ESG lo que es business as usual, y que no nos vendan como inversión de impacto lo que es maximizar el retorno para el accionista de manera «responsable y sostenible», por muy legítimo y necesario que eso sea.