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Competitividad europea a contrarreloj

El Mundo | | 6 minutos de lectura

Donald Trump lleva ya 100 días en la Casa Blanca, 50 días menos que Úrsula von der Leyen en su segundo mandato en la Comisión Europea. Un tiempo más que suficiente para comprobar que en materia económica la nueva administración de los EEUU ha decidido desmantelar el orden económico global basado en reglas y en prosperidad compartida que ese mismo país impulsó e incluso impuso tras la Segunda Guerra Mundial. Ello implica el abandono de décadas de acuerdos y medidas respaldadas por el conocimiento que la ciencia económica ha acumulado durante siglos, la ridiculización de la Teoría Económica y la asunción pública de que los objetivos políticos y propios de la guerra cultural jaleada por el movimiento MAGA están por encima del empobrecimiento y abusos que la nueva política implica. Más pobreza no sólo para el resto del mundo, sin duda el objetivo principal de las disparatadas medidas que se resumen en el anuncio del Liberation Day, sino incluso para los propios ciudadanos estadounidenses en virtud de un indefinido y supuestamente mejor porvenir como potencia hegemónica frente a China y todos los demás.

Europa está obligada a acelerar su reacción. En primer lugar, como entidad política fundamentada en los principios contrarios a los impulsados por la acción de la Casa Blanca. En segundo lugar, como claro objeto de la venganza MAGA como enemigo económico y supuesto espacio económico beneficiado por un marco regulatorio y comercial construido en un contexto de conspiración global contra los EEUU, algo que este país habría descubierto recientemente. Con todo, la respuesta europea que estas circunstancias acelera, venía esbozándose con cansina parsimonia desde antes de la fatídica reelección de Trump. Se sabía.

La guerra comercial, el caótico cruce y anuncio de medidas, amenazas y rectificaciones, y el impacto que han encajado los mercados financieros y las bolsas globales centran la atención mediática desde hace semanas. La confianza ha sufrido un daño irreparable, irreversible, que afectará durante décadas a la inversión, al comercio y en consecuencia al crecimiento futuro de la economía de todo el planeta. La ofensiva comercial de Trump es una estrategia que busca el empobrecimiento de los europeos por dos vías. Por un lado, mediante su fragmentación y la de las instituciones de la Unión Europea que los refuerzan y protegen. Por el otro, con su alianza con el populismo y la extrema derecha europeas, cómplices de ese plan empobrecedor a cambio de potenciales victorias venideras en el campo de batalla cultural y de la reducción de las libertades en la que comparten estrategia y objetivos con actores como Vladimir Putin.

A pesar de que todo ello exige respuestas inmediatas, Europa no debe desviar su atención de lo que verdaderamente puede garantizar su éxito y el mantenimiento de su modelo democrático, económico y social, lo único que permitirá seguir mejorando su prosperidad y bienestar actuales, los mayores de la historia. Ello es el refuerzo de la competitividad y productividad europea. Sólo su mejora nos permitirá seguir mejorando, seguir reduciendo brechas y desigualdades –porque existen y crecen– y sofocar el incendio populista.

Por ello, por muy relevante e inevitable que sea la respuesta comercial a Trump, en donde Europa verdaderamente se la juega es en su competitividad. Y por esa razón la pregunta que debemos formularnos es si tras las primeras 16 semanas de la Comisión von der Leyen el viraje hacia la competitividad está bien diseñado y es suficiente.

Tenemos toda una serie de nuevos documentos: Brújula Competitiva; Pacto por una Industria Limpia; Ley Omnibus; Plan de Acción para una Energía Asequible… Ya teníamos el diagnóstico y la estrategia sobre competitividad y Mercado Único (Mario Draghi y Enrico Letta). Sabemos a dónde debemos dirigirnos: simplificación y mejor entorno empresarial; política industrial expansiva con cambios en política comercial y de competencia (ayudas de estado y fusiones; nuevo énfasis en tecnologías limpias; garantía de capacidad industrial mínima en sectores sensibles a la seguridad; subsidio a la descarbonización de la industria intensiva en energía…). Draghi, en su informe, acotó el concepto de competitividad en términos de productividad, la del trabajo y la del capital, así como la productividad total de los factores (PTF), el verdadero desafío de la economía europea, la clave de todo.

Y, ¿vamos bien? Sobre financiación hay buenos propósitos pero pocos avances, aunque el nuevo gobierno de coalición en Alemania CDU-SPD podría representar un punto de inflexión. Se sigue a la espera de un nuevo fondo europeo inversión que reemplace al Next Generation con endeudamiento europeo, de compromisos reales para el nuevo marco financiero o presupuesto comunitario, y de una Unión Bancaria y de Mercados de Capitales que permita recuperar ahorro europeo y la financiación no bancaria y vía equity de la actividad económica, o del refuerzo del euro y de la deuda europea como activos libres de riesgo europeos y globales. ¿Para cuándo una propuesta legislativa sobre la Unión de Ahorro e Inversión, presupuestos, recursos propios o inversión pública?

El Fondo de Competitividad (2028-2034) y el instrumento de apoyo financiero a la estrategia industrial siguen pendientes. La política industrial no es posible sin un instrumento de financiación pública, sin una estrategia tecnológica paneuropea y un esquema de tracción sectorial que incluya también a la defensa. Todavía todo recae en los Estados miembros. Sin instrumentos comunes el Mercado Único sufrirá (Jeromin Zettlelmeyer, Bruegel). La cláusula de escape de las nuevas reglas fiscales que aligera los requisitos de endeudamiento es insuficiente para financiar lo que la UE necesita. La Brújula Competitiva es una versión low cost de las propuestas de financiación pública de Draghi (Jonás Fernández, PES). Con todo, la inversión pública nunca será suficiente. Junto a la inversión privada debe canalizar ahorro europeo hacia la innovación tecnológica y la transición sostenible, integrando mercados y haciendo posible la mejora de infraestructuras y el desarrollo de soluciones de almacenaje de la energía. No hay que olvidar que la clave de la competitividad europea es el precio de la energía.

El tiempo apremia. Hay que revisar cuanto antes las normativas de fusiones empresariales porque la fragmentación del Mercado Único hace que las operaciones paneuropeas sean poco atractivas. Se han presentado multitud de nuevas estrategias industriales pero, por ahora, sin dinero, y hay poco nada o poco respecto al Mercado Único como estrategia de crecimiento, cohesión y autonomía estratégica. La lista es muy larga.