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Bailando al borde del precipicio

ABC | | 2 minutos de lectura

La mayor parte de las 600 páginas del tratado de libre comercio están ya redactadas
Michel Barnier, negociador del Brexit, prosigue hoy en Londres las negociaciones para paliar los efectos de la desconexión británica. Antes de cruzar el Canal, Emmanuele Macron ha recordado a su compatriota que es el antiguo Estado miembro el que más tiene que perder si no llega a un rápido acuerdo con la Unión. La mayor parte de las 600 páginas del tratado de libre comercio están ya redactadas. Falta encontrar soluciones sobre tres asuntos de envergadura, las condiciones equitativas en fiscalidad, ayudas de estado, protección social y medioambiental, los derechos de pesca y las garantías de cumplimiento del propio acuerdo. Asimismo, la unidad económica de la isla de Irlanda debe garantizarse según lo pactado en el tratado de retirada. Solo cabe abandonar la idea de incumplir el Derecho Internacional en ese punto, como había propuesto el ejecutivo británico en el Parlamento.
No son asuntos insalvables, pero a estas alturas Boris Johnson todavía no ha decidido si le conviene o no alejar a su país del borde del precipicio que supone la desconexión el 1 de enero del derecho de la Unión Europea. Es cierto que el sector de servicios (el 80% de la economía británica) solo queda cubierto por un efímero principio de equivalencia. El primer ministro, en cualquier caso, no hace un cálculo económico sobre pactar o no, sino una previsión electoral, a partir de claves identitarias y populistas. Su gestión muy mejorable de la pandemia le pasa factura en las encuestas. La base conservadora podría ver con agrado una subida de decibelios del discurso nacionalista, que justifique desconectar al país de su mercado natural y culpe de todos los males a los mandarines de Bruselas. Hay muchos argumentos racionales en contra, entre otros la salud de la economía, el futuro de Escocia y la llegada del proirlandés Joe Biden a la Casa Blanca. El Brexit resta bazas internacionales al Reino Unido. La verdadera relación especial de EE.UU. será en adelante con Alemania, no solo por la admiración de los demócratas hacia Angela Merkel, sino por la centralidad y el peso del hegemón europeo.