Cómo fue la inflación en 2025 para los hogares pobres y ricos en España

EsadeEcPol
22 Ene, 2026

La inflación en 2025 está muy alejada de los picos inflacionarios de los años inmediatamente posteriores al covid-19, pero comparte algunas características comunes con los efectos de la inflación en los últimos años. De acuerdo con los últimos datos disponibles, el IPC general alcanzó un 2,6% hasta noviembre de 2025 y, como viene siendo habitual en los últimos años, con una gran heterogeneidad entre grupos de productos. Entre los grupos de bienes que han registrado mayores incrementos de precios durante 2025 se encuentran, entre otros, los servicios de recogida de basuras, impulsados por la revisión de las tasas de basuras en muchos municipios (ver aquí), el transporte combinado de pasajeros, café, te y cacao, seguros de salud, electricidad y servicios de alojamiento. Por el contrario, los paquetes turísticos y, especialmente, la categoría de aceites y grasas, son las que más han rebajado su precio, impulsada esta última por una caída del 65% del aceite de oliva que, como veremos, tendrá su importancia más adelante.

Ahora bien, aunque esta información sobre el IPC puede darnos una idea sobre si el crecimiento de los precios impactará más sobre el gasto de los hogares con menos recursos, para poder estimarlo con propiedad es necesario recurrir a los microdatos de la Encuesta de Presupuestos Familiares (EPF) para poder recrear una estimación del IPC para el hogar medio dentro de cada decil de gasto equivalente en vez de para el hogar medio a nivel nacional. Los resultados apuntan a que el crecimiento de los precios en 2025 impactó relativamente más sobre los hogares de menos recursos, que enfrentaron una inflación del 3% (decil 1) frente a un 2,4% entre los hogares de la parte alta de la distribución (decil 10).

Podemos dividir los resultados en tres grandes partes. Por un lado, el crecimiento del precio de los alimentos impacta de forma desproporcionada entre los hogares más pobres por el peso significativamente mayor que tienen sobre sus cestas de consumo. Si medimos cuanto aportó el crecimiento del precio de los alimentos en 2025 (aceites y grasas excluidas) a la inflación de cada decil, pasamos de un punto entre el 30% de hogares con menos capacidad económica a un 0,5% en el último decil. Sin embargo, esta diferencia se ha visto parcialmente amortiguada por el desplome del precio del aceite de oliva, que ha restado dos décimas de IPC entre los tres primeros deciles, la mitad entre la parte más alta de la distribución.

En segundo lugar, tenemos al sospechoso habitual, la electricidad. Ya en 2024 el crecimiento del precio de la electricidad fue lo que, en buena medida, marcó la diferencia en la composición del IPC entre deciles, derivado de la recuperación de parte del IVA y del impuesto especial durante ese año. En 2025, la subida del IVA a la electricidad del 10% al 21% ha generado, de nuevo, un impacto regresivo que ha sumado cinco décimas al IPC entre los deciles más bajos y apenas dos entre los más altos, explicando casi la mitad de la brecha entre la parte alta y baja de la distribución. Sumado a ello, el impacto distributivo igualmente negativo de la subida de las tasas de basuras ha sido relevante en 2025, pese a su peso insignificante sobre el presupuesto de los hogares, el enorme crecimiento de precios que ha experimentado (de un 30%) ha aportado alrededor de una décima más a la brecha de inflación entre deciles.

Por último, merece la pena reseñar el impacto que ha tenido, esta vez en sentido contrario, una de las categorías cuyos precios llevan subiendo por encima del IPC general de forma consistente en los últimos años, los restaurantes y hoteles. En 2025, el IPC agregado de esta categoría creció un 4,4%, impulsado especialmente por los servicios de alojamiento, que se encarecieron cerca de un 10%, muy por encima de la restauración (4%). Ambas categorías han sumado 0,65 puntos al IPC de los hogares con mayor capacidad económica, el doble respecto a la parte baja de la distribución. Además, merece la pena destacar la importancia que han tenido este año los seguros de salud privados, cuyo precio ha crecido un 10%, impactando de forma desproporcionada sobre el IPC de los hogares a partir del octavo decil.

Aunque la suma de estas diferencias parece pequeña, su acumulación a lo largo de los últimos años ha resultado en una brecha de inflación acumulada entre los extremos de la distribución de cerca de tres puntos. Además, conviene recordar que esta estimación no tiene en consideración la heterogeneidad de cambios de precios que puede haber dentro de cada categoría de bienes y servicios, que por desgracia el INE no desagrega. Esto no es menor, puesto que, dentro de una misma categoría de productos, los precios que han subido más han podido ser los que previamente eran más bajos y, por tanto, que la inflación afecte también por esa vía a los hogares de rentas más bajas. De hecho, este fenómeno, conocido habitualmente como cheapflation en países anglosajones ya se ha documentado empíricamente (ver aquí y aquí), también para España.

Una de las políticas más evidentes que podrían haber contribuido a reducir este impacto desigual de la inflación a partir de 2020 concierne al que ha sido el producto que, en buena medida, ha determinado la diferencia de IPC entre deciles en los últimos años, la electricidad. Entre 2021 y 2023, el crecimiento del precio de la electricidad impulsó una rebaja de los tres impuestos sobre la electricidad, el IVA (que pasó del 21% al 5%), el Impuesto especial sobre la electricidad (IEE) que pasó del 5,3% al 0,5% y el impuesto sobre el Valor de la Producción de Energía Eléctrica (IVPEE), que pasó de un 7% a un 0%. Entre mediados de 2023 y 2025, todas esas rebajas se revirtieron por completo, lo que ha supuesto una oportunidad perdida en dos sentidos. En primer lugar, la rebaja de impuestos indirectos a la electricidad (IVA y IEE) es probablemente de las medidas más justas en términos distributivos dentro de lo que se refiere a la rebaja de impuestos indirectos, debido al enorme peso que tiene la electricidad sobre el gasto de los hogares con menos recursos, que supera ligeramente el 5% frente a menos del 2% entre los más pudientes. En segundo lugar, la rebaja del precio de la electricidad es un elemento que puede fomentar la electrificación de los hogares, un paso imprescindible de la transición energética.

La renuncia a ambos objetivos en aras de maximizar la recaudación fiscal, con el fin de continuar financiando los crecientes gastos derivados del envejecimiento, representa otro ejemplo más sobre las prioridades de política pública que existen en España. Sin embargo, nunca es tarde, y estas políticas continúan teniendo el mismo sentido hoy que cuando se implementaron de forma transitoria.

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