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La inteligencia artificial como espejo: lo que nos revela sobre la enseñanza del derecho

El Confidencial | | 4 minutos de lectura

Además de una revolución de magnitudes incalculables, la inteligencia artificial es también un espejo en el que mirarnos a la hora de juzgar cómo estamos formando a los abogados del futuro. Ese espejo nos obliga a preguntarnos si estamos formando profesionales capaces de pensar jurídicamente, o bien simplemente de gestionar información.

Si la enseñanza del Derecho se concibe como la acumulación memorística de conocimientos, normas y doctrinas, entonces la IA ya nos ha ganado. No podemos ni debemos competir con ella en el procesamiento y análisis de información. En cambio, si la enseñanza del Derecho y su práctica se conciben desde la comprensión e identificación de problemas y la toma de decisiones a partir de la integración de las instituciones jurídicas, entonces la IA representa una gran oportunidad para una profesión cuyo impacto futuro será incluso mayor que el actual.

El estudiante que no ha interiorizado las instituciones y fundamentos jurídicos, igual que el abogado junior que todavía no ha podido aprender de la experiencia, corre el riesgo de ser incapaz de tomar decisiones responsables, fundadas y útiles. El output generado por la IA, aparentemente perfecto, puede provocar una delegación cognitiva que lleve al alumno a no aprender ni a interiorizar.

La buena noticia es que lo que más valoran los clientes no es la capacidad de memorizar normas o de redactar documentos. Lo que realmente valoran es la capacidad para identificar problemas, ponderar riesgos, definir estrategias y tomar decisiones útiles y responsables. Cuanto más eficaces sean las herramientas para producir información y documentos, mayor valor tendrán precisamente esas capacidades.

El output de la IA pasa por un buen input. Y ese input no puede transmitirse de forma automática. Ese input se construye a partir de conocimientos, experiencia y capacidad de análisis. Por ese motivo, el profesor no puede ni debe limitarse a transmitir información. Debe lograr que los alumnos duden, comprendan, argumenten, anticipen consecuencias y decidan en un entorno humano. La abogacía ya no se entiende sin el uso de la IA. Por ello, el alumno de máster debe ser capaz de utilizarla de manera productiva, segura y ética en el análisis jurídico, sin olvidar que el punto diferencial siempre residirá en la capacidad de aplicar el Derecho para resolver problemas. Sin embargo, no todos los estudiantes se encuentran en el mismo momento de aprendizaje. En el grado, sin negarle el papel que la IA también debe jugar, la prioridad sigue siendo aprender a pensar jurídicamente. Ello exige una metodología basada en la lectura, la argumentación, la formulación de preguntas y el contraste de ideas, en la que el profesor acompañe al alumno en la construcción de su propio criterio.

Además de lograr que aprendan Derecho, esta metodología debe permitir que los estudiantes comprendan que el uso de la IA sin conocimientos suficientes no amplía sus capacidades, sino que las limita. Si conseguimos este objetivo, los habremos inmunizado frente a una delegación cognitiva que les haría peores juristas y profesionales.

La IA es también un espejo ante el que se refleja la labor docente. Si el profesor diseña actividades que pueden resolverse en minutos mediante una herramienta generativa, entonces no estará desarrollando adecuadamente su función.

Si, por el contrario, diseña experiencias de aprendizaje que obligan a comprender, aplicar y cuestionar conocimientos en contextos diversos y variables, entonces la imagen que devolverá el espejo será la de un docente que ha elevado su función y, con ello, el nivel de aprendizaje de sus alumnos.

Para que la IA llegue a ser un superpoder en el ejercicio profesional es necesario que antes no haya supuesto un hándicap durante el periodo formativo.

El estudiante que domine la tecnología, pero no haya aprendido a pensar jurídicamente, no será un buen abogado. Si ese aprendizaje no se produce en la universidad, difícilmente podrá conseguirse más adelante.

La IA no ha cambiado la misión de las facultades de Derecho. Lo que ha hecho es obligarnos a distinguir con mayor claridad entre transmitir información y formar juristas capaces de comprender problemas, ejercer el juicio crítico y tomar decisiones. Como todo espejo, la IA no transforma la realidad, pero sí nos obliga a verla con mayor honestidad.

Las escuelas de Derecho que sepan aprovechar esta oportunidad no solo incorporarán nuevas tecnologías a sus aulas. También reforzarán aquello que siempre ha constituido el núcleo de la formación jurídica: la capacidad de comprender problemas complejos y de tomar decisiones con criterio.