¿Cómo piensan los genios?
¿Qué tienen en común Napoleón, Picasso, Steve Jobs y Einstein? ¿De dónde surge el genio creativo? Aunque puede parecer contraintuitivo, pensamiento estratégico y creatividad son dos caras de la misma moneda. Durante décadas hemos separado artificialmente el mundo de la creatividad (asociado a artistas, publicistas o inventores) y el de la estrategia (asociado a líderes empresariales, políticos o militares). Pero, en realidad, los grandes momentos de creatividad y formulación estratégica nacen de los mismos procesos mentales. Comparten arquitectura cognitiva. Surgen cuando alguien es capaz de percibir conexiones invisibles, sintetizar patrones no evidentes y proponer soluciones originales. William Duggan, autor de Strategic Intuition, describe estos fenómenos, comunes a líderes empresariales, científicos, artistas o militares: la capacidad de responder con flashes creativos a situaciones complejas o ambiguas. La creatividad no consiste solo en imaginar, sino en recombinar elementos preexistentes, en el mundo o en nuestra mente. El famoso connecting the dots (conectar los puntos) de Steve Jobs es común a los procesos creativos y a los de formulación de estrategia.
Para Richard Rumelt, autor de otro gran libro, Good Strategy, Bad Strategy , la esencia de una estrategia ganadora es su fuerza diferencial, su chispa creativa. Rumelt habla de los fluffs : ideas vagas y grandilocuentes que aparentan profundidad, pero no sustentan decisiones relevantes y que abundan en las estrategias corporativas. Frases trufadas de retórica, ideas prefabricadas y declaraciones intelectualmente vacías: “Ser líderes globales en soluciones innovadoras”, “maximizar sinergias para crear valor sostenible”. Los fluffs no son estrategia, como tampoco lo es proponer un conjunto de intenciones: “Creceremos al 10% durante 5 años con un ROI del 10%”. Para el autor, la clave de la estrategia (y su conexión íntima con la creatividad) radica en cómo lo haremos. El éxito está en el camino creativo, no solo en el objetivo.
Clausewitz revolucionó el pensamiento sobre la guerra con una nueva concepción de la estrategia militar: la victoria no surgía de una planificación ortodoxa en el campo de batalla, sino de la capacidad de captar instantáneamente la esencia de una situación compleja. Una especie de relámpago mental, una intuición profunda que no aparece de la nada, sino de años de experiencia acumulada y reflexión consciente. De repente se desencadena el proceso creativo, visualizando una cascada de acciones consistentes que llevarán a la victoria. Napoleón explicaba que el origen de su genialidad se basaba en los innumerables tratados sobre historia militar que había leído. En el caos de la batalla detectaba puntos de ruptura invisibles para otros generales. Sus movimientos parecían improvisados, pero en realidad eran síntesis instantáneas de experiencias previas. No era un planificador brillante, sino un maestro de la percepción estratégica, que fluía y se adaptaba en el cambiante centro de gravedad de la batalla.
Evidentemente, también juegan factores innatos. Pero un novelista de éxito construye sus obras habiendo leído previamente centenares de libros. Picasso pintó el Guernica recombinando técnicas y patrones cubistas con situaciones reales que había visto o vivido. La mente de Einstein indujo la teoría de la relatividad proyectando piezas de la vieja mecánica newtoniana y el misterio de la velocidad de la luz con la falta de una visión unificada de espacio y tiempo. Jensen Huang, CEO de NVidia, desplazó el núcleo de su empresa (inicialmente enfocada a chips para videojuegos) hacia el mercado emergente, la IA. El genio de todos ellos brotaba de intuiciones que descansaban sobre mentes entrenadas, empapadas de conocimiento y experiencia. El flash creativo surge del desbordamiento del conocimiento experto y se genera con un esquema común: saturación cognitiva (información), tensión creativa (presión) y respuesta instintiva final que conecta puntos inconexos.
El ajedrez se juega por análisis y planificación, con reglas claras y toda la información en el tablero. Pero el cambiante mundo global ya no es así. ¿Cómo sería jugar al ajedrez a hipervelocidad? Si te paras a pensar, tu adversario se anticipa y mueve tres veces. Así de veloz y volátil es el escenario actual. En él, los jugadores actúan y ganan (o pierden) por intuición estratégica. Para vencer en ese nuevo ajedrez se requiere un estado especial de inspiración que permita que fluyan las ideas de forma espontánea, una especie de mente en blanco. No es magia: es la conexión desinhibida con un yo profundo que identifica patrones e induce respuestas instantáneas. ¿Cómo desciende una pendiente un esquiador en un día de intensa niebla, cuando no se ve absolutamente nada? Fluye: se adapta dinámicamente al entorno, pivotando sobre sus piernas. También los maestros de artes marciales conocen esos procesos: es el shoshin del zen japonés; la mente vacía, libre y flexible. La calma bajo presión y la capacidad de actuar por instinto, sin prejuicios ni planes preconcebidos, ante situaciones inciertas y volátiles, en un estado de flujo que combina improvisación experta y acción intuitiva.
La creatividad no surge del vacío. Surge de mentes llenas de experiencia. Mentes entrenadas. Es fascinante pensar que estamos empezando a construir máquinas capaces de desarrollar esa intuición estratégica. La IA de Google AlphaGo derrotó al campeón mundial de go realizando movimientos que los expertos humanos calificaron de creativos e intuitivos. Los grandes modelos de IA se entrenan para detectar patrones invisibles, recombinar conocimiento y generar soluciones originales a una escala imposible para la mente humana. Igual que Napoleón construyó su genio militar sobre cientos de lecturas y estudio de campañas previas, las IA actuales se entrenan sobre cantidades colosales de información. La IA va a automatizar muchos procesos cognitivos, pero quizá su mayor impacto será potenciar nuestra capacidad estratégica y creativa frente a problemas cuya complejidad excede ampliamente los límites de la intuición humana.