A favor de PISA cuando me da la razón
Ayer se publicaron los resultados de PISA de 2025. Cuando en anteriores ocasiones España ha obtenido muy malos datos, incluso menos catastróficos que los de este año, el Ministerio de Educación veía una herencia de la pandemia y la oposición, un fracaso de la Lomloe. Los sindicatos hablaron de falta de recursos y malestar docente; la concertada, de financiación; los partidarios de la evaluación, de exigencia. Las comunidades que salían bien paradas, lo que ahora apenas es el caso, explotaron sus ventajas, y las que no, adujeron excusas. De lo que se trataba era de encontrar en los datos una razón para seguir vendiendo el propio relato. También esta vez.
Lo interesante de PISA en el caso español (y en muchos otros) no es tanto lo que mide como a quién estorba y en qué momento. Quienes más se irritan con la prueba suelen ser quienes más cómodos viven en la opacidad. No es casualidad que guste cada vez menos a una derecha nacionalista que rechaza el multilateralismo y, a la vez, a una izquierda que ve en cada evaluación externa una agenda neoliberal, más aún si viene de un organismo internacional. Porque PISA estropea el relato a todo el mundo. A Cataluña le dio en 2022 el peor resultado de su historia y destapó una crisis sin precedentes, a la que en esta edición suma problemas con la muestra. A la Comunidad de Madrid la sitúa, edición tras edición, a la cabeza de Europa en segregación escolar. En el País Vasco, ha sido el principal contrapeso externo al relato oficial de un sistema modélico, al destapar una grave caída de resultados ahora agudizada. Y a escala nacional ha desmontado un diagnóstico autocomplaciente de equidad al mostrar que la repetición de curso se ceba con el alumnado vulnerable más que en casi ningún otro lugar. También nos ha enseñado que el clima de aprendizaje en las aulas empeora, que el abuso de la tecnología está asociado con peores resultados y que nuestros alumnos aprenden de una forma mucho más parecida a la de sus padres de lo que muchos creen. Ninguno de esos hallazgos le vino bien a quien gobernaba. Ese es el verdadero valor público de PISA.
En todo caso, nada de lo anterior convierte la prueba en un oráculo. Es una foto de los alumnos de 15 años que no permite establecer causas ni seguirlos en el tiempo, que sirve al sistema y no a las escuelas ni a los docentes, y que los medios convierten cada edición en una clasificación poco informativa. El objetivo sigue siendo que PISA deje de ser nuestra única fuente y que tengamos, además, un modelo propio de evaluación con el mismo rigor, que llegue a todas las escuelas y no a una muestra, que siga a los mismos alumnos curso tras curso y que se adapte al contexto local.
Al final, el uso que hacemos de PISA dice más de nosotros que de la propia PISA. Es aceptable si confirma mis prejuicios y sospechosa si los contradice. Ese reflejo es el síntoma más claro de la recesión democrática y la polarización que vivimos en tantos países: la pérdida de hechos compartidos sobre los que poder discrepar. A escala global, ese mismo síntoma debilita el multilateralismo: habrá gobiernos que se planteen salir de PISA si los resultados siguen cayendo. En EE UU, el Gobierno de Trump ha desmantelado parcialmente su agencia de estadística educativa, dentro de un plan para “devolver el poder a los Estados”. Todo ello pone a PISA en el punto de mira, porque es un pacto entre cada vez más países (91 esta vez) con crecientes dificultades para acordar nada y que, sin embargo, en educación aceptan hacerse la misma pregunta y publicar la respuesta, aunque duela. Es hoy, probablemente, lo más multilateral que queda en pie en el mundo en materia educativa.
A la pregunta de si hay que tomarse en serio PISA, la respuesta es que sí, que claro y que más que nunca. Con moderación y sentido común, porque no es más que una fuente de información entre muchas otras, parcial e imperfecta, pero útil y muy bien construida.
Como en cada edición, si ha visto los titulares, pregúntese qué quería leer quien los escribe. Y luego hágase la prueba difícil, que podríamos llamar el test de PISA: ¿qué pensaría usted si PISA le llevara la contraria?