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Yo también estuve allí

Nos hemos acostumbrado a pensar que la memoria y la memoria colectiva son siempre restos del naufragio del pasado, de un pasado más o menos remoto que pervive entre las nieblas de nuestros recuerdos.
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Nos hemos acostumbrado a pensar que la memoria y la memoria colectiva son siempre restos del naufragio del pasado, de un pasado más o menos remoto que pervive entre las nieblas de nuestros recuerdos. Según la edad del lector, le podríamos trasladar preguntas relacionadas con el Mayo del 68, la resistencia antifranquista, el 20-N y la transición democrática, la manifestación del Onze de Setembre de 1977, el intento de golpe de Estado del 23-F, etcétera.

Seguro que la mayoría presentaría un relato trufado de anécdotas y vivencias. Esta narración, presupone una cierta interpretación, selección, adaptación y manipulación de los hechos vividos que recreamos desde el presente cada vez que los revivimos. La transmisión de estas historias que se van trenzando unas con otras contribuye a la construcción de la memoria colectiva, el relato que da continuidad a los recuerdos compartidos, que crea vínculos sentimentales de identificación, lealtad e inclusión, y que delimita las líneas de diferenciación cultural de un colectivo frente a otros. Cuando, en el futuro, se evoquen episodios como la cadena de la Via Catalana del 2013 y alguien diga ¿yo también estuve allí", este mecanismo se volverá a activar.

Con la transmisión de historias afectivamente marcadas construimos el puente que permite transitar de la memoria vivida por nosotros a la colectiva, mantenida y transmitida entre generaciones.

Estas consideraciones nos sirven al menos para plantear dos reflexiones. La primera, para ser conscientes de cómo estamos ahora construyendo el nuevo relato del presente y del papel real que las personas y sobre todo los colectivos y las instituciones estamos ejerciendo. Sí, yo estuve -diremos-, pero la cuestión es dónde, con qué propósito, con qué motivaciones, con qué prioridades, sensibles a qué preservando qué intereses, indiferentes a qué.

Cuando se nos formule la pregunta: ¿vosotros qué hicisteis en aquel tiempo?, la activación de la memoria personal puede intentar ser fiel a los hechos o adaptar el guión de nuestro compromiso al resultado final de los acontecimientos (todos estaban en la calle en Mayo del 68, todo el mundo luchó contra el franquismo, todo el mundo fue progresista y un demócrata convencido, etcétera).

Poreso importa que hoy que somos protagonistas de nuestro tiempo, no nos hagamos trampas al solitario. Apunten en un papel la dimensión, el grado y la intensidad de su compromiso con la realidad presente y su decantación (a favor de qué o de quién). Guarden el papel en un sobre sellado y hagan la promesa de mirarlo dentro de diez años antes de hablar de lo que hicieron hoy. Y esta recomendación vale también para las cúpulas directivas e institucionales.

La segunda reflexión no se fija en cómo construimos el relato de la memoria sino en quién lo construye. Hasta hace muy poco, la banda sonora de nuestro relato colectivo ha venido determinada por los medios de comunicación de masas y por intelectuales y élites capaces de imponer un discurso canónico de los hechos. Años dorados del periodismo y de los 'maîtres à penser'.

Pero esta hegemonía está declinando. La nueva narración colectiva se disemina y horizontaliza con las nuevas redes sociales que construyen un nuevo proceso discursivo narrador del presente. Podemos seguir creyendo que la partida se decide en las direcciones de los periódicos o en las orientaciones ideológicas de las cadenas audiovisuales, en la proliferación de comidas y cenas de las élites, o en los nuevos desembarcos en Catalunya (sea con ministros o fundaciones).

Estos altavoces analógicos aún pretenden modelar la realidad social como si no existiera el nuevo mundo digital. Miles de personas interconectadas van hilando un relato transversal o paralelo al oficial, que se traslada después a la calle, y se inserta en las instituciones e incluso en la manera de entender el liderazgo político.

Ahora los líderes ya no van necesariamente delante, sino que acompañan, modulan y comparten su influencia. Entre otras razones porque el juego del poder ya no se corresponde con el ejercicio de las influencias. Evidentemente, tienen voz (pública, legítima, representativa) delante del pueblo pero ya no son la voz del pueblo, no son los únicos ni principales constructores del discurso.