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Lo imposible acontece

Artículo escrito por los profesores de ESADE Josep M. Lozano y Àngel Castiñeira

El momento actual de las relaciones Catalunya-España es un reto político que no es sólo un reto para los políticos. Es un reto para el establishment. El de aquí y el de allá, cada uno en su peculiaridad. Y como la corriente de fondo no es sólo política, aunque se exprese políticamente, sería un error monumental pensar que ya lo arreglarán los políticos.
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Artículo escrito por los profesores de ESADE Josep M. Lozano y Àngel Castiñeira

Cuando Joan Laporta ganó sus primeras elecciones en el Barça, una de las interpretaciones que se dieron fue que la candidatura derrotada lo fue entre otras razones porque era la candidatura del establishment, de los de siempre. Fin de la cita, que diría el clásico. Fin de la analogía.

Porque el momento actual de las relaciones Catalunya-España es un reto político que no es sólo un reto para los políticos. Es un reto para el establishment. El de aquí y el de allá, cada uno en su peculiaridad. Y como la corriente de fondo no es sólo política, aunque se exprese políticamente, sería un error monumental pensar que ya lo arreglarán los políticos.

Acabe como acabe, es un fin de época. Por eso enternece tanto escuchar apelaciones a la transición, sin tener en cuenta que para los menores de 50 años esta es su transición. Y quienes sólo saben apelar al pasado o al mantenimiento del statu quo sin más razones que defender tautológicamente su pervivencia serán percibidos irremediablemente como representantes del antiguo régimen.

Porque, pese a que fue reiteradamente anunciado y pésimamente leído, lo que subyace hoy en Catalunya es la ruptura de la confianza y de la vinculación con la España política y con la política española (no confundir con España, por favor).

Cuando vimos a Felipe González salir a recordarnos y repetir que hay cosas imposibles, pensamos dos cosas: mucho debe haber calado la fractura política para que el establishment mueva una pieza mayor; pero también que si González repasara su biografía política, constataría que asistió en primera fila a la realización de unos cuantos imposibles internos y externos.

Aún recordamos cómo a comienzos de los noventa declaraba que algunos se han pensado que las fronteras de los estados-nación son un Viva Cartagena y luego vino lo que vino.

La pregunta es cómo se canalizará políticamente esta ruptura. Y uno de los riesgos más acuciantes es convertirla en un debate metafísico: sobre el ser o no ser independentista, federalista, o el ista que sea.

De ahí a una fragmentación más digna de una contienda deportiva (con sus correspondientes hooligans) hay sólo un paso. La tentación del hooliganismo sería letal para la política catalana. Es más fácil reducirlo todo a lo que cada uno es o deja de ser, que elaborar diagnósticos, negociar y deliberar sobre soluciones.

Hasta el momento, por lo general, suelen ser más convincentes los argumentos que cuestionan la plausibilidad de las propuestas ajenas que los que sostienen las propias. Pero no todo se juega en el terreno de las razones y las deliberaciones, sino también en el terreno de las asunciones y de las percepciones (además del de los intereses y las emociones).

De ahí que sea tan importante auscultar las corrientes de fondo. Porque sin conectar con ellas hay soluciones que son meros paréntesis. Por eso el establishment (el de allí, el de aquí, y el que vive de y en el puente aéreo) se equivoca cuando todo lo fía a que los políticos resuelvan algo que se mueve más allá de los cauces políticos convencionales.

Y se equivoca más cuando no concibe otra solución que algún movimiento lampedusiano de vuelta al antiguo régimen. Porque hay corrientes de fondo que no sólo alteran los escenarios políticos sino que hacen tambalearse a los de siempre, a los que siempre han estado ahí.

El diálogo entre transiciones es también un diálogo entre generaciones, y también se está desvaneciendo. La nueva transición forjará como nuevos líderes a quienes entiendan la corriente de fondo y puede arrastrar a los que pretenden mantenerlo todo atado y bien atado.

Si se nos permite el lenguaje coloquial, un vector dominante de esta corriente de fondo es que "esto no puede seguir así". Ni lo arreglamos con más de lo mismo. Si frente a esto sólo se apuntala un dique compuesto de un solo material, la palabra NO, todo se acabará jugando en una partida de fuerzas y resistencias.

¿Cuál es la única oferta del no? Repetir no hasta la saciedad. Y actuar en consecuencia por tierra mar y aire. La lógica desnuda del poder, que sólo se sacia con el sometimiento, la rendición y la demolición.

Alguien ha hablado sobre el deber moral de ser inteligente. También existe el deber político de ser inteligente, y una inteligencia primitiva sólo espera que el adversario cometa un error (¿legal?) y usar la cabeza para embestir. Sin inteligencia política se achica el espacio para compartir diagnósticos, deliberar sobre alternativas y buscar los acuerdos sobre los que asentar también los desacuerdos.

Lo que está en juego no son sólo intereses económicos (y verlo así es otro error de lectura propio de mentes unidimensionales). Está en juego la pregunta de qué futuro nos espera y hasta qué punto podemos ser sus protagonistas.

Está en juego la voluntad de ser sujeto político. Está en juego, ¿por qué no decirlo? una cierta conciencia de dignidad compartida. Y está en juego una energía social profundamente insatisfecha. Cuando todo eso está en juego, quizá no haya una única solución política, pero no hay solución política viable si no es capaz de encauzarlo. En caso contrario, tarde o temprano llega un día en que, quizás de modo imprevisto, lo imposible acontece.