¿Un punto de inflexión?
Las elecciones de noviembre en Estados Unidos están a la vuelta de la esquina y pueden suponer el principio del fin del poder omnímodo de Donald Trump. En estas semanas se completan las primarias para elegir a los candidatos al Congreso y a los gobiernos estatales. El coste de la vida, el precio de la gasolina y la baja popularidad del presidente (un 32%), que no sabe cómo salir airoso del conflicto con Irán, permiten aventurar una victoria del Partido Demócrata en la Cámara de Representantes. Si además consiguiese recuperar el Senado, dispondría de muchos medios para bloquear la legislación y los presupuestos impulsados por los republicanos. También podría poner en marcha comisiones de investigación sobre el rosario de conflictos de intereses en la Casa Blanca. Trump ha ganado más dinero haciendo negocios en los primeros doce meses de su segundo mandato que en cualquier año de su vida empresarial.
Sin embargo, los demócratas no han cerrado su brecha interna entre izquierdistas y centristas. El ala llamada socialista está teniendo éxito en algunas elecciones primarias, con propuestas heredadas del anciano senador Bernie Sanders, partidario de fortalecer a los sindicatos, expandir la cobertura sanitaria federal y aumentar los impuestos a las rentas más altas. El senador de Vermont es constante en su denuncia de «un gobierno de billonarios, por billonarios y para billonarios». Los demócratas más radicales empiezan a descolgarse también de las propuestas ‘woke’ y de la política de identidades que les ha impedido conectar con la clase trabajadora. Los centristas del partido, a su vez, intentan atraer a los votantes moderados e independientes, el grupo decisivo en muchas circunscripciones, ya que la sociedad estadounidense es en buena medida más conservadora que la mayoría de los militantes demócratas.
Por su parte, el Partido Republicano sigue controlado de forma sólida por Trump y su familia, que quitan, ponen y financian candidatos. Ya no es el partido de Ronald Reagan. La antigua formación conservadora ha mutado en un culto trumpista y en movimiento revolucionario. Defiende el intervencionismo y el nacionalismo económico en vez del libre mercado, el aislacionismo por encima de la proyección internacional del país y el cierre de las fronteras a la inmigración. Asimismo, la expansión del poder ejecutivo y la puesta en práctica de una agenda social y cultural inspirada por la derecha MAGA, que impugna los valores de la democracia liberal y de la modernidad. A los demócratas les puede ir bien en noviembre con un mensaje menos unificado y adaptado a distintos grupos de votantes, pero no deben confiarse. Trump en campaña es siempre un rival formidable.