La sucesión de Scalia
Antonio Scalia era el juez del Tribunal Supremo de EE UU que más había influido en su jurisprudencia durante los últimos treinta años, en dirección claramente conservadora. Su fallecimiento deja al tribunal más poderoso del mundo en una situación casi de bloqueo, cuatro miembros contra cuatro, agrupados en bandos ideológicos opuestos y nombrados sin más límite de tiempo que la duración de sus vidas (la otra escisión dentro del tribunal es que la mitad estudiaron en la Facultad de Derecho de Harvard y la otra mitad en la de Yale...).
Scalia no solo ha conseguido dejar su huella en muchas resoluciones de asuntos de gran importancia -desprotección de minorías, blindaje del derecho a llevar armas de fuego, financiación privada sin límites de las campañas electorales-. También ha liderado estos años el intento de que la Constitución de Estados Unidos no sea considerada por la mayoría de los jueces como un «documento con vida», capaz de evolucionar a través de una interpretación a partir del contexto actual. Para el juez italoamericano, propuesto por Ronald Reagan, había que leer la Carta Magna adivinando la intención original de sus redactores -una misión bastante imposible- y siempre respetando el significado del texto, como si no hubiese posibilidad de indeterminación en el lenguaje.
En el fondo, era una manera de promover una visión conservadora de los asuntos sobre los que tenía que juzgar. Scalia, todo sea dicho, no era un sectario: seleccionaba a propósito ayudantes que pensaran de modo opuesto a él, tenía buenos amigos de filiación demócrata y echaba de menos los tiempos en los que en Washington la ideología no creaba barreras sociales, como ocurre ahora, ya que en muy pocos sitios conviven y se encuentran personas de diferentes credos políticos.
La desaparición de Scalia no solo deja en tablas al tribunal sino que tiene lugar en un año de elección presidencial. La reacción política de los republicanos ha sido muy torpe. El líder de la mayoría en el Senado, Mitch McConnell, y los aspirantes a presidente Marco Rubio y Ted Cruz han exigido que Barack Obama no proponga a ningún sustituto. Su teoría es que solo después de que el pueblo haya hablado en noviembre y haya nuevo presidente se debe proceder a completar el Tribunal Supremo.
Estarían dispuestos a organizar un boicot en el Senado para que no pudiese confirmar a ningún nominado. Este asalto a las prerrogativas del presidente actual favorece la participación electoral de votantes demócratas, preocupados por la falta de respeto de los republicanos a las reglas del juego. Obama ya ha anunciado que propondrá un sustituto, un candidato de consenso, aceptable para la mayoría de los republicanos. Una táctica para presentar como extremistas a los que lo rechacen y ganar al final del trayecto una de las partidas más importantes en sus ocho años de presidencia.