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Roosevelt, lecciones de liderazgo

Las Provincias | | 3 minuts de lectura

La crisis de la Covid-19 hace que los ciudadanos recluidos en sus casas reclamen instituciones que funcionen y líderes capaces de abordar el cúmulo de problemas desatados. Es una encrucijada histórica comparable a la Gran Depresión de 1929 o incluso, con todas sus diferencias, al período de reconstrucción tras la segunda guerra mundial. En muchas democracias asediadas por el populismo en pocas semanas se ha revalorizado el papel de los expertos. La ciencia y la medicina no se pueden 'desintermediar' en situaciones de vida o muerte. No valen las opiniones ligeras y no sirven de nada los vaivenes emocionales que pueblan las redes sociales. Los ciudadanos exigen más a sus dirigentes, ponen la lupa en sus cualidades personales y les piden capacidad para movilizar recursos y servir al bien común.

El mejor ejemplo de liderazgo personal en tiempos convulsos tal vez lo encontremos en la figura de Franklin Delano Roosevelt, el presidente que se enfrentó a la mayor crisis económica de la historia de su país. Para dar la vuelta a la situación catastrófica por la que atravesaban trabajadores y empresas, entendió que sobre todo debía derrotar el sentimiento extendido de miedo y pesimismo.

La historiadora Dorothy Kearns Goodwin ha estudiado con enorme atención la estrategia de FDR durante esos años. Explica cómo su trabajo de voluntario con pacientes de polio, enfermedad que él mismo sobrellevó con gallardía, le había forjado un carácter empático y dotado de una autoconfianza descomunal. Desde el primer día en la Casa Blanca fue totalmente sincero sobre la magnitud de los problemas. Desde esa franqueza creó un sentimiento de unidad y propósito común por encima de las ideologías.

Trabajó sin descanso con un optimismo inagotable y se rodeó de colaboradores con mentalidad práctica y muy orientados a la acción, capaces de experimentar y de pensar a largo plazo. Identificó el primer reto que debía abordar, sanear los bancos. Atrajo a sus directivos y a los gobernadores de los Estados a la mesa en la que se ideaba un plan radical de reformas y consiguió aprobarlo en pocos días, con el apoyo de legisladores demócratas y republicanos.

Ofreció dos ruedas de prensa a la semana, sin preguntas previas por escrito, como habían exigido sus antecesores. Convirtió estas comparecencias en ocasiones para intercambiar información, opiniones e ideas, en un tono cordial, que acabó seduciendo a muchos. Explicó en charlas radiofónicas con lenguaje sencillo, sin metáforas y sin buscar la elocuencia, cada decisión tomada, el motivo y los pasos siguientes. Un ejemplo de liderazgo transformador ante la adversidad que vuelve a tener plena vigencia en nuestros días.