¿Qué haces tú por Europa?
Nos hemos ido de vacaciones dejando a la Unión Europea en una de sus peores crisis existenciales. El cuadro médico es pavoroso, por la acumulación de los efectos del 'Brexit', la avalancha de refugiados, el euro renqueante y las amenazas a la seguridad. Todo ello mientras los movimientos populistas marcan la agenda de la política nacional en no pocos Estados miembros. Alemania ha decretado que no puede haber mayor integración de la eurozona porque daría alas a los extremistas, contrarios a la solidaridad europea. España se ha librado de una multa por su déficit público, explica la Comisión Europea, porque hay que evitar dar argumentos a los populistas, en nuestro caso en sus versiones de nacionalismo excluyente y de extrema izquierda soberanista.
La mayoría de los ciudadanos europeos, sin embargo, siguen siendo partidarios del proceso de integración continental. Pero es necesario reformular la idea de Europa para que vuelva a ser atractiva, movilice a estos votantes y recupere a parte de los que se han ido a opciones radicales. Por un lado, es preciso dejar de presentar a las instituciones de Bruselas como chivo expiatorio y causa de todos los problemas. Las decisiones comunitarias las determinan los gobiernos nacionales y con frecuencia estos no proporcionan los medios a la UE para que actúe de modo eficaz, como vemos en su dimensión externa. Por otro, no basta con proclamar las ventajas y derechos que tenemos gracias a una Europa sin fronteras y con un grado de unidad muy notable. Hay que dar el paso siguiente y hacerse la pregunta: «¿Qué hago yo por la UE?».
Sin esta dimensión de los deberes, por ahora no desarrollada en la integración, no nos sentiremos nunca dueños de este gran proyecto de civilización. A los ciudadanos no se nos pide que paguemos impuestos europeos, un error político: aunque es cierto que «no hay tributación sin representación», la fórmula contraria también tiene plena validez.
Una manera alternativa de crear conciencia europea sería incentivar en serio un voluntariado entre los jóvenes de la UE, bien diseñado para que tuviese prestigio profesional y social y alcanzase máximo reconocimiento en el mundo educativo. Se trataría de organizar equipos con voluntarios de distintos países, muy diversos entre sí, para que trabajasen varios meses juntos en proyectos relacionados con la protección del medio ambiente, la educación, la integración social de los inmigrantes o la atención a los más desfavorecidos, en cualquier esquina de la UE o del planeta. Dedicarían ese tiempo de sus vidas a hacer algo por los demás, en nombre de una idea de Europa que sería sinónimo de compromiso, solidaridad y encuentro con el que no piensa como uno mismo. El mejor momento para ponerlo en marcha estaría a la vuelta de la esquina, el sesenta aniversario del Tratado de Roma en marzo de 2017.