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Humanidades

Artículo elaborado conjuntamente por los profesores de ESADE Àngel Castiñeira y Josep M. Lozano

En numerosas publicaciones nacionales e internacionales se ha alertado sobre la crisis o el declive del papel de las humanidades en el conjunto del saber contemporáneo en Occidente. Puede parecer, lógicamente, una reivindicación gremial de académicos prejubilados que se sublevan contra la reducción de cursos, número de alumnos, materias, horas o presupuestos relacionados con estas disciplinas.
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Artículo elaborado conjuntamente por los profesores de ESADE Àngel Castiñeira y Josep M. Lozano

En numerosas publicaciones nacionales e internacionales se ha alertado sobre la crisis o el declive del papel de las humanidades en el conjunto del saber contemporáneo en Occidente. Puede parecer, lógicamente, una reivindicación gremial de académicos prejubilados que se sublevan contra la reducción de cursos, número de alumnos, materias, horas o presupuestos relacionados con estas disciplinas.

Seguro que se podría reseguir un hilo conductor contemporáneo en Europa trenzado con los lamentos melancólicos de directores de departamentos, investigadores y profesores que, como Jorge Manrique, considerarían que "cualquiere tiempo passado fue mejor".

Pero si el lector afina la vista para mirar con la justa distancia el momento presente, se dará cuenta de que desde Harold Bloom hasta Jordi Llovet, desde Martha Nusbaumm hasta Laura Borràs, desde George Steiner hasta Xavier Antich, o desde Aldous Huxley hasta Josep M. Terricabras la apelación a las humanidades no es un grito desesperado de ayuda ni una revuelta antiburocrática ni una reacción contra la tecnociencia, sino una alerta que nos convoca a conectarnos con lo más preciado de nuestra humanidad, una invitación a no dejar de cultivar el ser, a trabajarnos como personas.

Desde la Cátedra de Liderazgos de Esade iniciamos el curso pasado una propuesta que denominamos Taller d'Humanitat(s) donde poder trenzar las lecturas de clásicos y experiencias culturales con los itinerarios personales y profesionales de los participantes.

El primer taller vino precedido de una conferencia inaugural brillantísima de Xavier Antich, cuyo título fue "Por qué necesitamos las humanidades". La cuestión que debatíamos los organizadores era si no era un título demasiado previsible, y si no sería mejor convocar una conferencia con títulos más provocativos como "La inutilidad de las humanidades" o "Por qué no necesitamos las humanidades".

La razón que decantó la elección es clara, lo que de verdad (nos) importa no son las humanidades sino nuestra humanidad (la de cada uno y la compartida).

Una dimensión que las personas necesitamos cultivar o hacer crecer nutriéndonos con prácticas y materiales que no hallamos en la naturaleza sino que provienen de la cultura y desafían nuestra inteligencia y sensibilidad, sacuden el sentido de nuestra vida y a veces contribuyen a modificar profundamente nuestro comportamiento.

Las humanidades como carrera o requisito académico es un "negociado" específico para un tipo de expertos muy concretos. La humanidad, en cambio, si se puede hablar así, es el principal negocio de nuestras vidas. El famoso "soy hombre y nada humano me es ajeno", de Terencio (s. II a.C.) lo decía bien claro.

Y es justamente la meditación de Terencio la que nos permite darnos cuenta del error que podemos cometer al reducir a una única dimensión nuestra condición de seres humanos, y vernos sólo como científicos, profesionales, políticos, empresarios, deportistas, etc. sin más aspectos a desarrollar que los puramente funcionales.

En el extremo aparentemente opuesto, se da también la ocurrencia actual de defender las humanidades como "equipamiento" o barniz adicional que serviría de amortiguador, domesticador o factor diferencial para colorear un currículum profesional excesivamente rudo y agresivo. Como diría Pla, eso son "collonades".

Aquí "equipamiento", por cierto, rima con entretenimiento y ornamento. A según quien hay que decírselo con todas las letras: buscar la utilidad de las humanidades es cosa de inútiles. Un concierto no es útil. Un poema, un texto dramático, un ensayo filosófico o una pintura tampoco.
Su valor es otro. Cuando son buenos, se convierten en fragmentos, indicios, revelaciones de lo absoluto, de algo fascinante que sobrepasa nuestro entendimiento y el de sus creadores, pero que nos eleva a la categoría de lo más plenamente humano.

La riqueza y grandeza de las humanidades es que nos permiten atisbar lo mejor de nuestra humanidad y nos ayudan a desarrollar formas sutiles de nuestra sensibilidad que acaban por modificar nuestros marcos de referencia, nuestro mundo interior y la comprensión de los anhelos propios y ajenos. Si se trata de ser más personas, las humanidades no son para especialistas, sino para indagar y crecer en nuestra vida de cada día.

La conciencia plena, la vivencia lúcida, la personalidad a la vez sensible y crítica, el carácter atento y reflexivo, el paladeo de un tiempo no taquicárdico, la capacidad admirativa ante la singularidad calidoscópica de la realidad, la inmersión en registros perceptivos de la vida aparentemente ausentes, la curiosidad sin límites, el valor de afrontar la complejidad sin simplificaciones...

Si les gustan los deportes de aventura, si les atrae el vértigo del riesgo, si sueñan con superar los límites establecidos de una vida previsible, prueben con las humanidades, prueben de ir más allá de aquella humanidad gris, domesticada y unidimensional que a menudo ofrece lo cotidiano. No se arrepentirán de adentrarse en esa inmensa oferta creativa que nunca como ahora hemos tenido a nuestro alcance, aunque a menudo no nos hayamos atrevido a probarla.