Expulsar a los "dreamers"
Mientras el huracán Irma se acerca peligrosamente a Florida y los efectos del devastador ciclón Harvey se sienten en Texas, el presidente Trump ha encontrado tiempo para anunciar la clausura de uno de los programas más emblemáticos de Barack Obama. Se trata del decreto que impedía deportar a los inmigrantes que habían entrado en EE.UU. de forma ilegal cuando eran niños y les ofrecía permisos de trabajo. En su gran mayoría, estos llamados «dreamers» (soñadores) son hispanos, están bien integrados en el país, cuando se hacen mayores contribuyen con su trabajo a la economía y se sienten norteamericanos. Obama en su doble mandato expulsó a más de cinco millones de inmigrantes sin papeles (la mitad que Clinton o Bush Jr.) y argumentó siempre que había que eximir al grupo de los que llegaron siendo muy jóvenes, nada menos que 800.000 personas.
Pero Trump necesita una y otra vez hacer gestos hacia sus votantes más radicales. Por eso ha emplazado al Congreso a que legisle si quiere atenderlos y va a terminar en marzo de 2018 con la medida ejecutiva de Obama, eso sí, «con un gran corazón» según sus palabras. Es un mal momento para pedirle nada a su partido, justo después de que el presidente ha pactado por sorpresa con los demócratas elevar el techo de deuda para evitar el cierre el gobierno federal durante los próximos tres meses. Los republicanos comprueban, cada día que pasa, que el presidente proviene de un planeta distinto. Culpan a la combinación única de incompetencia e imprevisibilidad de Trump del bloqueo de su agenda económica, favorable a las bajadas de impuestos y la desregulación.
Algunos de los legisladores republicanos más señeros (Paul Ryan, Marco Rubio o John McCain) simpatizan con los «dreamers» y estarían dispuestos a seguir dándoles cobertura legal. Quieren que Estados Unidos siga siendo un país abierto a la inmigración, una ventaja competitiva económica y no solo un argumento moral. Pero queda poco tiempo para cerrar en sede legislativa un pacto en cuestiones de inmigración, una política en la que hasta ahora el presidente era capaz de liderar.