Esos robots voladores llamados drones
Los humanos hemos sentido la atracción de surcar las etéreas salas, de volar, desde los orígenes de nuestro devenir en el planeta. Tal vez por eso hemos construido mitos y adorado a los dioses del viento: Ehécatl como aztecas, Eolo como griegos y Huracán como mayas. Los hemos emulado y hasta
superado viajando por el espacio, pero no ha sido un itinerario fácil.
El 15 de mayo de 1793, con un artilugio de hierro y plumas de ave, Diego Marín Aguilera consiguió volar unos 360 metros por tierras de la meseta castellana. Pero, visto en perspectiva y en palabras de hoy, lo que no logró fue generar confianza social, ya que sus vecinos incendiaron el aparato al día siguiente, considerándolo cosa diabólica.
Esta circunstancia y un comprensible orgullo nacional, explica que una de las joyas de la Fundación Smithsonian en Washington, el Museo Nacional del Aire y del Espacio, comience su exposición de aeronaves con una reproducción del ingenio que los hermanos Wright hicieron volar unos pocos metros, 110 años más tarde. A partir de este hito, alcanzado por aquellos inquietos fabricantes de bicicletas, los progresos que, carrera espacial incluida, han jalonado el desarrollo vertiginoso de la aviación durante el siglo xx se van sucediendo uno tras otro, hasta concluir, a fecha de hoy, con aviones no tripulados, popularmente conocidos como drones.
Estos aparatos, hoy, abundan más en los medios de comunicación que en nuestros cielos. No hay día que transcurra sin noticias sobre sus potencialidades de negocio cifradas en miles de millones de dólares, en sectores que van desde la agricultura hasta el salvamento marítimo, pasando por el control de averías en instalaciones de difícil acceso o enorme longitud, ya sean aerogeneradores off shore,
gaseoductos, líneas de transporte de electricidad, pozos petrolíferos o vías férreas.
Para situar en contexto la enorme atención suscitada, el pasado 19 de abril Esade y Kreab organizaron la Drone Industry Summit. Una de sus conclusiones fue que la consolidación de un sector de aviación
no tripulada depende de la confianza social que genere, la que no consiguió Diego Marín. En suma, se trata de proporcionar la tranquilidad de que estos robots voladores no son un riesgo para las personas.
En este sentido, no precisa mayores explicaciones el peligro derivado de la eventual colisión de un dron con el motor de una aeronave de pasaje. También es fácil de entender que, con los adecuados complementos, un aparato así puede interceptar las comunicaciones de telefonía móvil, dar seguimiento a una persona o filmar unas instalaciones de forma totalmente desapercibida.
Por lo tanto, es la prevención de riesgos la que justifica aplicar. De un lado, la normativa de protección de datos (a tener en cuenta las previsiones del nuevo reglamento general de protección de datos, aprobado por el Parlamento Europeo el 14 de abril) y, por el otro, una regulación que, hoy por hoy, en general es muy cauta e insuficiente si se pretende un desarrollo exponencial de actividades vinculadas a su uso.
Así, por ejemplo, en España (artículo 50 de la Ley 18/2014, de 15 de octubre, de aprobación de medidas urgentes para el crecimiento, la competitividad y la eficiencia), junto a lógicos requisitos de
identificación del aparato, se limita su operatoria a lugares no habitados, vuelo diurno, espacio aéreo no controlado (aeropuertos y aerovías) y 120 metros de altura como máximo. Siempre dentro del alcance visual de un piloto con habilitación oficial y una distancia al mismo de, como máximo, 500 metros, a no ser que se trate de aeronaves de menos de 2 kg.
Algunos sitios como Polonia, Sudáfrica o Singapur ya han aprobado normativas mucho más completas y, a la vez, permisivas con la voluntad de convertirse en un hub líder en el desarrollo de la industria de servicios asociados a estos robots voladores. El solo hecho de volar puede aportar ventajas significativas, como entregar suministros médicos en centros de salud rurales en Ruanda. Pero parece que será la obtención de datos y su tratamiento, a menudo algorítmico, lo determinante del éxito las empresas que nazcan a su socaire. Se trata de medir las necesidades hídricas de los cultivos o determinar por dónde combatir una plaga que los aqueja, no de retratar vistas aéreas de los campos.
Obviamente, la especialización preservará, para quien la tenga, nichos de mercado.