El fútbol y la innovación social
Se ha sabido hace poco que el comisario de la competencia, el señor Almunia, estaba retrasando un expediente sobre el fútbol español. Desde luego es un expediente que promete, pues los palcos de los estadios de fútbol son un caldo de cultivo excelente para la connivencia y, por ello mismo, están en el origen de tratos a menudo en contra de la sana competencia.
Algunos países europeos se quejan, con razón, de que el supuesto trato de favor hacia algunos clubes españoles les perjudica. Y si es así, si hay trato de favor, razón tienen en protestar. Y, por ello, finalmente la defensora Europea del pueblo, la señora O'Reilly, ha insistido al comisario de la competencia con el fin de que retomara el caso. El caso del fútbol no es más que otro reflejo de las dinámicas sociales que nos hipotecan.
En España se ha mezclado peligrosamente la financiación de los partidos con la adjudicación de privilegios para muchas grandes empresas, y se ha encumbrado el deporte, a falta de otras cosas, como gran estandarte e imagen del país. Quizás sea ahora el momento en que dicho castillo de
naipes caiga definitivamente. La innovación social más importante que necesitamos es la que debería de cuestionar algunas de nuestras prácticas sociales habituales; sobre todo aquéllas que nos convierten en el hazmerreír de nuestros vecinos europeos.
En cinco años, este país habrá pasado de ser la «avanzadilla del mundo» a percibirse como un país ridículamente mediocre, a la altura de sus líderes. Percepción que, desde el exterior, es bastante clara; sobre todo a tenor de lo que va comentando la prensa extranjera. Pero no nos preocupemos por ello en exceso. Lo que parece malo puede ser bueno.Quizás sea bueno tocar fondo, más allá de la crisis económica y, con autocrítica, sana ir mirando hacia el futuro.
Pero que no nos hagan creer que salimos «limpios» de la crisis cuando lo más importante está por hacer. No habrá mejora duradera sin conciencia de lo que somos, de nuestros defectos y de nuestras debilidades.
Este país necesita mirarse al espejo, dejando a un lado las supuestas utopías de grandeza, olvidando su orgullo patológico, y diagnosticando las dinámicas políticas, sociales y culturales que están en el origen de nuestros pies de barro. Incluso lo último a lo que nos agarrábamos, el deporte, se está derrumbando. Ya no nos queda nada más, tan sólo el tiempo y un millón de motivos para entrar de lleno en un proceso de innovación social profundo.