De cerdos a higos
Al principio de la gran crisis económica algunos analistaspoco recomendables acuñaron el acrónimo PIIGS (cerdos en inglés, con una 'i' de más) para referirse despectivamente al grupo de países europeos que ponían en peligro la supervivencia de la moneda común. Haciendo gala de una superioridad indebida, culpaban a la suma de Portugal, Italia, Irlanda, Grecia y España de ser
capaces de lanzar por la borda nada menos que todos los logros de la integración europea. La Unión se escindía en dos bloques, el de países deudores y el de acreedores. Las tensiones entre ellos llegaron a ser tremendas, una etapa de gobiernos tecnocráticos, troikas controladoras y negativas a reconocer la legitimidad de algunos parlamentos nacionales. Con el tiempo, se demostró que los problemas del euro se debían más a un diseño fallido de las reglas e instituciones de la unión económica y monetaria que al comportamiento de uno o varios de sus miembros despilfarradores.
Los países acreedores también eran responsables de haber fomentado comportamientos económicos irresponsables en el sur y, sobre todo, de haber tardado demasiado en adoptar las medidas necesarias a nivel europeo para embridar esta crisis, que marcará a generaciones enteras.
A lo largo de 2014, varios de los países denigrados (España, Portugal, Irlanda e incluso Grecia) han dejado de ser percibidos como la amenaza principal al bienestar del resto de los participantes en el euro, aunque no deban bajar la guardia. Hasta el punto que esta semana uno de los mejores periodistas financieros del Reino Unido, Hugo Dixon, ha propuesto dejar de hablar de los PIIGS y, a cambio, empezar a prestar la atención a los FIGS (higos, en inglés), el nuevo grupo de países problemáticos, que estaría formado por Francia, Italia y Alemania. Los Gobiernos de París y de Roma tienen por fin una agenda reformista, pero a la hora de ponerla en práctica se encuentran con serios obstáculos en sus sociedades y resistencias épicas en sus anquilosados aparatos estatales. Estos dos grandes países no crecen y sus perspectivas económicas no son nada halagüeñas, por mucho que Mario Draghi desde el Banco Central siga intentando hacer milagros. Alemania formaría parte del trío por su negativa a permitir algo más de inflación en la zona euro, una cierta devaluación de la moneda, y en especial, por la desaceleración de su economía.
Así que de hablar de cerdos habríamos pasado a debatir sobre higos. Dos matices son necesarios: la capacidad alemana de emprender reformas sigue siendo muy superior a la de sus vecinos grandes y cuenta con una capacidad industrial y tecnológica impresionante. Además, el problema central del euro sigue siendo su arquitectura defectuosa. No es justo volver a culpar a solo un grupo de países de todos los males de la Unión, por mucha justicia poética que encuentren algunos al hacerlo.