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¿A qué Europa Votaremos?

Con motivo de las elecciones del 25 de mayo están apareciendo muchos planteamientos sobre la idea de Europa, lo cual nos obliga a preguntarnos ¿Qué Europa queremos? ¿A qué Europa daremos nuestro voto?

El Economista | | 5 minuts de lectura

Con motivo de las elecciones del 25 de mayo están apareciendo muchos planteamientos sobre la idea de Europa, lo cual nos obliga a preguntarnos ¿Qué Europa queremos? ¿A qué Europa daremos nuestro voto?

Junto a las propuestas populistas, que, más que querer contribuir con sus votos a la consolidación del proyecto europeo, les preocupa sacar ventajas electorales frente a los partidos nacionales de otras ideologías, ha aparecido recientemente una llamada “Agrupación electoral ‘recorte cero’”, que refleja muy bien el sentir de muchos ciudadanos sobre el papel que está desempeñando Europa en la crisis actual.

Pensamos, pues, que es interesante aprovechar todas estas iniciativas para precisar bien lo que se pretendió al poner en marcha el proyecto europeo y las posibles deformaciones que ha sufrido a lo largo del tiempo y que la crisis ha sacado a relucir.

En los Tratados de la Unión Europea claramente se afirma que no se pretendió crear una “Unión de transferencias”, es decir: una reunión de países ricos y pobres o, con otras palabras: de países económicamente responsables y paises que intentan vivir por encima de sus posibilidades económicas, gracias a las transferencias de los primeros.

La idea de los fundadores fué más bien integrar en un proyecto común a países soberanos para, por una parte, evitar recurrir a conflictos armados, como había ocurrido hasta entonces, cuando se planteaban divergencias entre Estados vecinos. Pero, además, y ésto sería lo principal, para unir fuerzas que favorecieran la prosperidad de los países y para hacerse presentes, con los valores de una tradición humanista, en un mundo cada vez más globalizado.

El respeto a la soberanía de los países integrantes se conseguiría con la vigencia  del principio de subsidiaridad, que reconoce la capacidad de decisión de cada país en las cuestiones que son de su alcance y, sólo en los temas que sobrepasen esa capacidad correspondería decidir a las instancias superiores creadas para el conjunto comunitario.

Según esta concepción nada más lejado del proyecto europeo que la existencia de una autoridad que imponga deberes para suplir la falta de capacidad, o de interés, de las autoridades nacionales para informar a sus ciudadanos sobre los desajustes entre el gasto público y los ingresos, es decir: sobre el verdadero volumen del déficit presupuestario y la consiguiente necesidad de acudir a un endeudamiento pùblico que, en última instancia, pagarían los contribuyentes.

El mecanismo del funcionamiento de la Unión Europea se ha complicado por la creación de una Unión Monetaria, que ha privado a algunos Estados de la soberanía sobre la moneda y, por lo tanto, de la facultad de cubrir esos déficits presupuestarios con la emisión de moneda, que ocultaría la falta de responsabilidad  de los políticos en la política fiscal en cuanto sus consecuencias inflacionistas serían menos sensibles a los ciudadanos, por lo menos a corto plazo, que la austeridad impuesta por una autoridad exterior.

La disposición de una moneda común con una estabilidad y un peso en el mercado internacional como jamás ha tenido nuestra moneda nacional, ha tenido como contrapartida que un abuso irresponsable del endeudamiento público y privado, muy beneficioso por cierto para los acreedores de los países ricos comunitarios, ha llegado a situaciones límites por la crisis financiera originada fuera de la Unión Europea, de tal modo que para evitar la quiebra del euro fué necesario recurrir al otro principio básico de la solidaridad que, por no poder realizarse en un entorno de Unión de transferencias, ha requerido que se establezcan medidas que equivaldrían a las que se deberían haber tomado si los países afectados hubieran procedido responsablemente. Y a ellas se han tenido que añadir  los correspondientes controles para garantizar su ejecución.

La crisis ha descubierto, pues, los defectos con los que se puso en marcha la Unión Monetaria que, como algunos ya preveían, no podría funcionar correctamente sin que a la renuncia de la soberanía monetaria se añadiera la de la soberanía fiscal. Y esto es lo que se está tratando de corregir con las dificultades consiguientes.

Con el voto del 25 de mayo hemos de ratificar, por tanto, si queremos continuar con la consolidación del proyecto europeo, que lleva consigo una Unión monetaria eficiente  con la Unión fiscal y bancaria que se requiere para su correcto funcionamiento y con la consiguietne adaptación  del principio de subsidiaridad a las nuevas circunstancias, o si preferiremos votar por un retroceso que haría inviable el mantenimiento del euro y reduciría el proyecto europeo a unos acuerdos de libre comercio que no irían más allá de ese mercado común, que tanto agrada a los británicos.