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La dignidad es lo que estorba

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ABC
22 de febrero de 2019

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Confieso que nunca ha despertado mi interés la opinión de Arcadi Espada sobre asuntos de moralidad, al ser un escritor ingenuamente fascinado por la razón científico-tecnológica, útil para tantas cosas pero inadecuada por sí sola para abordar asuntos morales, que exigen ese espíritu de finura que Pascal opuso al espíritu geométrico. Despliega una ausencia de sutileza verdaderamente llamativa al tratar estas cuestiones. Pero en esta ocasión merece la pena el esfuerzo de leer y escuchar las declaraciones emitidas sobre las personas con síndrome de Down. Sus exabruptos evidencian una sorprendente ignorancia de la esencia de la dignidad humana que se debe combatir. 

Más aún cuando estamos solo al comienzo de una revolución digital que tendrá consecuencias económicas, sociales y políticas muy hondas. La transformación en marcha nos obliga a replantear las preguntas clásicas sobre valores como la libertad, la igualdad o la justicia, todos ellos con fundamento en la dignidad humana. El insulto de Espada a las personas con síndrome de Down y a sus familias obedece a una concepción tosca y utilitarista: las personas valen en cuanto que producen, hacen, actúan y ganan. La lógica única del mercado desplaza al razonamiento moral sobre qué es la dignidad humana y cómo se reconoce y se protege en una sociedad avanzada. Michael Sandel ha advertido que permitimos que la economía de mercado invada demasiadas esferas de la vida y transforme nuestras comunidades en zocos en los que todo se vende. Esta lógica degrada el debate político e impide contrastar argumentos morales diversos. Si algo hemos aprendido del siglo XX en Europa, es que el respeto a la dignidad humana es el primer imperativo para garantizar una convivencia civilizada. Javier Gomá nos ayuda a abordar el significado de este concepto fundacional con un aldabonazo muy valioso: "la dignidad es lo que estorba a la rentabilidad, a la eficacia, a lo que tiene precio". Y este filósofo ofrece una definición precisa, que nos interpela como ciudadanos y establece un límite y una orientación clara en la actuación de las instituciones públicas, "la dignidad es aquello inexpropiable que hace al individuo resistente a todo, incluso al interés general y al bien común: el principio con el que nos oponemos a la razón de Estado, protegemos a las minorías frente a la tiranía de la mayoría y negamos al utilitarismo su ley de la felicidad del mayor número."

Hay muchas variables para medir la calidad de una democracia, pero la protección de las personas más débiles es un indicador preferente. Por eso Richard Parker, catedrático de Harvard Law School, explica la finalidad de una Constitución como "el instrumento que sirve para proteger a los que no pueden protegerse a sí mismos". Una sociedad democrática solo puede cimentarse en el reconocimiento de la dignidad humana de todos sus miembros. Más aún, se enriquece al celebrar la diversidad de capacidades y valorar en especial aquello que humaniza las relaciones entre personas. En esta tarea, los hombres y las mujeres con síndrome de Down nos dan muchas lecciones a diario. La pujanza, el éxito, la competencia o la exaltación del individualismo no nos hacen necesariamente más humanos. Por el contrario, el concepto de humanidad nació hace miles de años con el hallazgo de la solidaridad, la interdependencia, la ternura y el cuidado de los demás. Es lo que nos separa de un comportamiento depredador y salvaje.

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