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30 AÑOS DESPUÉS DE LA CAÍDA DEL MURO

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En mi primera visita a Berlin en abril de 1971 pude cruzar el muro levantado por el régimen comunista de la RDA en agosto de 1961. Logré entrar por el Checkpoint Charlie, el punto de paso para extranjeros sito en la zona estadounidense y luego recorrer Berlín-Este que mostraba la cruda realidad del telón de acero en una Europa dividida política y económicamente tras la Segunda Guerra Mundial. El Muro, símbolo la Guerra Fría, cayó inesperada y estrepitosamente el 9 de noviembre de 1989. Retorné a la capital ya unificada solo un año después el 9 de noviembre de 1990. El muro había prácticamente desaparecido. Pero mi primera sorpresa fue encontrarme en la avenida Unter Den Lindem una nutrida manifestación de ciudadanos del Este que protestaban contra los primeros efectos de una “reunificación exprés”. Cuatro meses antes, el 1 de julio de 1990, la RFA y la RDA oficializaban una unión económica y monetaria, preludio de su reunificación firmada el 3 de octubre de 1990. Reemergió Alemania reforzada como cuarta potencia económica mundial y la gran locomotora política y económica de la UE. Unas semanas después, el 12 de diciembre, se celebraron las primeras elecciones democráticas.

He vuelto otras veces a la capital alemana que refleja como ninguna, para bien o para mal, la evolución histórica europea desde principios del Siglo XX hasta hoy. La última, hace solo dos semanas, para vivir de cerca el 30º aniversario de la caída del Muro. Un aniversario con poca euforia y bastante autocrítica. Un reflejo de los claroscuros y frustraciones que vuelven a nublar el orden político y económico mundial y europeo. Alemania se reunificó pero los alemanes no están ni se sienten plenamente unidos. El muro cayó pero persiste una brecha política y social entre ellos. La UE se amplió de 12 a 28 Estados pero siguen las disparidades y recelos entre los países del Oeste y los del centro y este europeo. Y la OTAN ensanchó su radio de acción e influencia militar hasta las fronteras de la debilitada Rusia. Pero la Alianza Atlántica, desdeñada por la actual administración estadounidense, está sumida en una profunda crisis. Emmanuel Macron afirmó recientemente en “The Economist” que la OTAN estaba “en estado de muerte cerebral”. Si 1989 representó la victoria de las libertades sobre la opresión. Hoy, la UE sufre una crisis política, la economía se estanca y las desigualdades crecen. No se libra ni el modelo alemán.

La utopía de una globalización pro-occidental (1989-2008)

La caída del muro de Berlín en 1989 provocó una oleada de cambios en toda Europa central y oriental que culminan en diciembre de 1991 con el colapso de la URSS.  La segunda potencia mundial arrastraba desde 1979 una crisis estructural de sus sistemas de producción y de distribución de bienes que minaba la legitimidad política de la vieja nomenclatura soviética. Las disputas en la cúpula del PC fueron constantes tras la muerte de Bresnev en 1982, la de sus sucesores Andropov en 1984 y de Tchernenko en 1985. Cuando llegó el joven Gorbatchov, intento salvar el régimen pero llegó tarde. En 1989 retiró las tropas soviéticas en Afganistán donde destacó, con la ayuda de la CIA un tal Osama Ben Laden.

El capitalismo occidental se encontró en una posición hegemónica para impulsar un modelo de democracia liberal y de apertura de nuevos mercados que favoreció un rápido proceso de Globalización económica. La ampliación del mercado interior europeo y la irrupción económica de China y de otros países emergentes creó el espejismo de una mundialización favorable a los intereses de Occidente. Pero China, que había iniciado un proceso reformista en 1978, dejó pronto claro en Tiananmen en junio de 1989 que la economía china se abriría pero sin poner en tela de juicio el férreo control político por parte del Partido comunista. Gorbachov, que había lanzado su política de la “perestroika” (reconstrucción) y de la “glasnost” (transparencia),  no se sintió legitimado para defender los regímenes comunistas europeos recurriendo a la fuerza y mucho menos mandar disparar contra los ciudadanos que abrieron el murió de Berlín, como sí habían hecho los comunistas en Budapest en 1956 y en Praga en 1968. Mijail Gorbachov, en un discurso ante las NNUU en diciembre de 1988 había enterrado la “doctrina Bresnev” al declarar que la URSS no recurriría más al uso de la fuerza para inmiscuirse en los asuntos internos de otros estados, sin distinción de sus sistemas políticos. En cambio, Deng Xiaping asintió disparar sin miramientos contra los manifestantes concentrados en la plaza Tiananmen de Pekín en la primavera de 1989.

Si el siglo XX acabó con la caída del muro, el siglo XXI se inició con los graves atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 contra EEUU. Y arrancó una etapa turbulenta en la que EEUU se enredó y desgastó con unas fallidas intervenciones en Oriente medio, entre ellas su intervención en Irak en 2003, que acabaron en un callejón con difícil salida. En cambio, China entró en la OMC en 2001 y aceleró su proceso de modernización económica hasta consolidarse como segunda potencia mundial. En 2008 explotó la crisis económica y financiera en EEUU que afectaría de lleno a la UE. Se confirmaba el progresivo declive de Occidente en favor de Oriente con el traslado del centro de gravedad económico mundial desde el Atlántico hacia Asia-Pacífico. China demostró aquel 2008 con unos extraordinarios Juegos Olímpicos de Pekín y la Expo de Shanghái, su firme pretensión de convertirse en la otra superpotencia mundial. La unipolaridad liderada por EEUU empezó a diluirse para volver a una multipolaridad difusa u asimétrica. La crisis de 2008 descreditó el modelo liberal y la mala praxis de un capitalismo financiero que perjudicó a unas clases medias y trabajadoras que también afrontan los rápidos cambios tecnológicos que suprimen millones de puestos de trabajo sin que se creen suficientemente de nuevos. El resultado: se frenó el ascensor social, se debilitaron las bases del Estado del Bienestar y la confianza de los ciudadanos en sus instituciones democráticas.

A la reemergencia del coloso asiático y de otros países emergentes que compiten con Occidente se le sumó otro choque ideológico: el surgimiento de unos movimientos islamistas radicales que se han extendido desde Oriente medio a otras regiones del mundo. Las esperanzas provocadas por las primaveras árabes de 2001 pronto se desmoronaron mientras el mundo musulmán sunita y el chiita se enfrentaban encabezados por Arabia Saudita e Irán. Todo colisionó con la brutal irrupción del Estado Islámico y la larga guerra civil siria que incendió toda la región y cuyo fuego no ha sido del todo apagada. El terrorismo islámico ha golpeado con graves atentados varias capitales europeas. El marco de inestabilidad en Oriente próximo agudizó la presión migratoria que culminó en 2015 con una crisis política que avivó los movimientos populistas y conservadores en a los países de Europa central y oriental pero que también surgen en otros países del oeste y sur europeo como Italia.

Del multilateralismo al unilateralismo

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca en enero de 2016 aceleró los cambios en el orden geopolítico y económico mundial vigente desde 1945. Se sumó a las de de Vladimir Putin en Rusia (2012) y Xi Jinping en China (2013) y Narendra Modi en India (2014).   La lista de líderes duros con tendencias iliberales e incluso autoritarias es cada día más larga: Recep Tayyip Erdogan en Turquía, Benjamín Netanyahu en Israel, Jair Bolsonaro en Brasil, Mohammed Ben Salman en Arabia Saudita, etc. Pero también los encontramos en la UE como Victor Orban en Hungría o Matteo Salvini en Italia. El “America First” favorece las tendencias proteccionistas y nacionalistas contrarias al multilateralismo necesario para la defensa de los Bienes Públicos Globales. Trump confirmó el pasado 4 de noviembre su decisión tomada en 2016 de retirarse definitivamente del Acuerdo sobre el Cambio Climático firmado en Paris en 2015 por 195 Estados. Y los hace a las vigilias de la Conferencia internacional que se celebra los días 3 al 12 de diciembre en Madrid.

La UE se encuentra doblemente presionada. Por un lado, EEUU que abandona su tradicional liderazgo mundial para concentrarse en la defensa de sus intereses, debilita tanto los tradicionales nexos  políticos (OTAN) y económicos amenazando con subir aranceles que perjudican el comercio y la inversión entre ambos lados del Atlántico. Incluso propugnó un “Brexit” sin acuerdo con la UE a la que ve más como un competidor que como un aliado. Y por otro lado, la UE afronta un Vladimir Putin que unas declaraciones a “Financial Times” dijo que el modelo liberal quedó superado e intenta frenar todo avance hacia la integración europea apoyando las corrientes “iliberales” que van debilitando las instituciones democráticas. Putin calificó la caída de la URSS fue la peor catástrofe geopolítica del Siglo XX.  E impulsa los estereotipos soviéticos que conciernen a su visión de la historia de una Rusia que aspira a recuperar protagonismo en la esfera internacional, llenando algunos de los vacíos dejados por el repliegue de EEUU, entre ellos en Oriente próximo.

Persiste una brecha política entre el Oeste y el Este

Tras caer el muro, los países del Este aspiraban a recortar pronto las diferencias económicas con el Oeste y apostaron por integrarse pronto en la UE y la OTAN. Los cuatro países V4 del “Grupo de Visegrado” (Chequia, Hungría, Polonia y Eslovaquia) se adhirieron a la UE en 2004. Todos se beneficiaron de los cuantiosos fondos estructurales aportados por Bruselas para modernizar sus anquilosadas infraestructuras. También recibieron las elevadas remesas de sus trabajadores emigrados hacia el oeste más desarrollado (el 11% de los polacos y el 9% de los checos trabajan fuera). Los V4 lograron atraer grandes inversiones industriales de Alemania que se convirtió en su principal socio comercial. Ha tenido lugar una cierta convergencia económica: la renta per cápita de Chequia alcanzó el 75% de los alemanes, seguidos de Eslovaquia (63%), Hungría y Polonia (57%). Pero el proceso no fue tan rápido y positivo como esperaban. El primer contratiempo llegó con la profunda crisis económica de 2008 que irrumpió solo cuatro años después de su entrada en la UE. Y hoy, la convergencia Este-Oeste podría otra vez ralentizarse por la actual desaceleración económica de la UE que también afecta a Alemania que afronta una crisis industrial, también en el sector automovilístico. Y cuando el gran motor europeo se frena, también compra e invierte menos en los países del V4. Y pueden descender sus remesas de las diásporas. También los fondos europeos de cohesión después de un “Brexit” que privará a Bruselas de un importante contribuyente neto a las arcas comunitarias. Sin embargo las economías del V4 siguen creciendo por encima de la media de la UE (1,7%). Según la Comisión Europea, en 2019, Polonia lo hará un 4,1%), Hungría  un 4,6%, Chequia  un 2,5% y Eslovaquia  un 2,75%.

Los cuatro países presentados como ejemplos de transición democrática post-1989, empezaron a mostrase cada vez más críticos con Bruselas tras la llegada al poder de gobiernos con tendencias “iliberales” que priorizan la defensa de sus identidades nacionales y culturales. El problema de fondo es la contraposición de visiones sobre el futuro de Europa. Los países del este, que no lograron romper sus ataduras con la URSS hasta 1989, no quieren ceder más soberanía a Bruselas ni ver debilitadas sus identidades nacionales. Hoy, vuelven a sentirse frágiles geopolíticamente, con una OTAN en crisis, mientras vuelve a irrumpir la Rusia de Putin como potencia militar coercitiva que ya intervino en Georgia (2008) y Ucrania (2014). Y otro conflicto político explotó tras la crisis migratoria de 2015 mal gestionada por las instituciones comunitarias. Los V4 rechazaron el reparto de cuotas de emigrantes no europeos procedentes de Asia o África, propuesto por la Comisión Europea. No quieren un modelo de sociedad multiétnica existente en otros países occidentales como Francia o Gran Bretaña. A diferencia de estos, los del este no tienen un pasado colonial. Pero se da la paradoja que los V4 penalizados por la salida de trabajadores hacia el oeste, también sufren una falta de mano de obra y han tenido que cubrir los vacíos dejados aceptando a emigrantes procedentes de sus fronteras orientales. Son los casos de Polonia recibe emigrantes ucranianos o de Rumania acoge a moldavos.

Alemania, una reunificación imperfecta

Los alemanes celebran el 3 de octubre, día de la reunificación, su fiesta nacional. Los ex “landers” orientales tienen un nivel de desarrollo superior a otros miembros del antiguo bloque comunista. Berlín luce como gran capital. Leipzig, Dresde y otras ciudades han visto resurgir su tejido productivo. Pero el sentimiento de unidad política es hoy más frágil. Los orientales consideran que en 1990, más que una reunificación, tuvo lugar una anexión por los occidentales. En las elecciones legislativas de 2017, Alternativa para Alemania (AFD), formación populista de extrema derecha se convirtió en un partido de importancia en todos los “landers” del este, obteniendo el doble de votos que en los del oeste. AFD siguió subiendo en las recientes elecciones de los Estados celebradas en Brandeburgo (23,5%), Sajonia (27,5%) y Turingia (23,4%). Los ciudadanos castigan a los partidos tradicionales del sistema democrático (CDU y SPD) por el cual apostaron en 1990. La renta per cápita de los cinco “landers” orientales mejoró mucho pero aún se sitúa en el 75% de la de los occidentales. La brecha era un 43% en 1990. El 57% de los ciudadanos del este se consideran ciudadanos de segunda clase. Vieron como su economía quedaba obsoleta y se desindustrializaba y las zonas rurales perdían población y envejecían porque los jóvenes con talento emigran al oeste en busca de mejores oportunidades y sueldos. Los ciudadanos del este ganan menos y reciben unas pensiones más bajas que las del oeste.

La crisis económica de 2008 y migratoria de 2015 crearon frustración y desconfianza en un sistema institucional en el que sienten poco representados y poco protegidos.  Y hoy, ante la amenaza de un estancamiento económico temen que se incrementen las desigualdades territoriales y sociales. La Comisión Europea anunció el 4 de noviembre que Alemania crecerá solo un 0,4% en 2019 debido a los efectos del proteccionismo impulsado por Trump que ha desatado un conflicto comercial con China, el menor crecimiento del Imperio del Medio, el fantasma del “Brexit”, y las tensiones económicas y geopolíticas que sufren otros países emergentes. Las incertidumbres frenan el comercio y la inversión mundial afectando principalmente a países, como Alemania e Italia, muy dependientes de su comercio exterior. No es tanto el caso de Francia cuyo principal motor es el consumo interno. Sin embargo Alemania, a diferencia del Hexágono, cuenta con unas finanzas saneadas. No debe extrañar que el Banco Central Europeo pida a Alemania y Holanda con excedentes presupuestarios, que inviertan más para paliar el débil crecimiento europeo.

Consideraciones finales

Treinta años después, el continente europeo sigue con fracturas políticas y económicas que nublan el futuro de la UE. El motor franco-alemán no acaba de impulsar una mayor integración necesaria para responder a los retos geopolíticos y estratégicos provocados por la posición aislacionista y proteccionista de EEUU. Las instituciones internacionales creadas en 1945 han quedado desfasadas. La caída del muro en 1989 dejó cicatrices entre ambas partes de Europa. Rusia abandonó el comunismo pero no su vocación de potencia europea con tendencias “iliberales”. La UE puede verse superada por China cada vez más fuerte en el ámbito de las nuevas tecnologías del siglo XXI y más cerca gracias a las “Nuevas Rutas de la Seda”. ¿Cómo hemos llegado a esta situación? En 1989 fue el año de la esperanza y la libertad. Pero Occidente empezó a desmoronarse cuando primó egoístamente la defensa de los valores financieros sobre los derechos fundamentales y las libertades públicas.

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