Boletín del Instituto de Gobernanza y Dirección Pública de ESADE Català | English
¿Qué se puede aprender de la experiencia en Latinoamérica?
Un directivo de una gran empresa española me explicó su principal aprendizaje en Latinoamérica: ¿Nunca volveré a invertir por 40 años. No compraré nada al contado. Una vez que has pagado, estás pillado: es la gran lección que he aprendido. La memoria es frágil. ¿Cuánto dura el pago por adelantado? ¿Una generación? Debería ser más como una hipoteca: pagar poco a poco a medida que se vive allí. Hoy el juego es loose-loose; con el esquema de hipoteca, se convertiría en win-win¿. Lo que sugiere este directivo es establecer un nuevo esquema de colaboración en el que todos ganen. ¿Cómo?
19/12/2005 - Pedro Parada

                                                                

Primero, un gran problema que ahora mismo afrontan nuestras empresas es la tentación que sienten los gobiernos populistas o débiles presionados por el descontento social de retroceder en el proceso de reformas estructurales como la privatización. Tienen una ¿deuda social¿ importante y no disponen de recursos para hacer frente a las inversiones necesarias.

 

Uno de los principales motivos para privatizar los servicios públicos (el ámbito en el que han aterrizado las grandes empresas españolas) fue la mejora de la eficiencia tanto en la gestión como en la inversión necesarias para mantener ciertos estándares. Sin embargo, existía otro motivo: dar un salto importante en la inversión social con el dinero recaudado por la venta. Se pretendía darlo a través de la reducción de los índices de pobreza o la creación de las condiciones para lograrlo. Por ejemplo, educación, en el primer caso, y carreteras, en el segundo. Sonaba lógico. Vender patrimonio para invertir y esperar condiciones mejores en el futuro. En realidad, el dinero recibido ha servido para financiar déficit públicos derivados de otras reformas, como las de la educación, las pensiones y la seguridad social, entre otras. El resultado final es que el gran salto en inversión social no se ha producido. Se ha perdido una oportunidad histórica para impulsar el desarrollo de gran parte de la región. En este contexto, no es extraño que aparezcan presiones sociales por todas partes para frenar las privatizaciones.

 

Bolivia, un país pionero en la región en cuanto al control de la hiperinflación, a la realización de reformas estructurales profundas en el terreno económico y a la eliminación de los cultivos de hoja de coca, entre otras medidas, también fue pionero en darse cuenta, a mediados de los años noventa, que, si recibía de golpe todo el dinero de las privatizaciones de las empresas públicas, no sería capaz de gestionarlo y dar el salto esperado. De modo informal, los políticos de esa época decían que, con los altos grados de corrupción de la Administración, aquel dinero corría el riesgo de ¿evaporarse¿. Decidieron vender el 51 % a un socio estratégico y entregar a cada ciudadano mayor de 21 años la parte que le correspondía del 49 % restante. Este proceso se denominó capitalización y sustituyó a los procesos de privatización tradicionales, que hasta entonces vendían activos o empresas en marcha. ¿Cuál era la diferencia? La búsqueda de alianzas y colaboraciones con grandes empresas para tratar de evitar la pérdida de una oportunidad histórica y del dinero en medio de la corrupción.

 

Hoy en día, casi diez años después, en Bolivia, los resultados en cuanto a la eficiencia de las empresas han sido muy buenos. Sin embargo, la alianza estratégica con grandes empresas no ha resuelto el problema de la deuda por lo que se refiere a inversión social. Es cierto que el dinero no se ¿evaporó¿ de las arcas del Estado, pero tampoco se ha invertido en reducir los índices de pobreza.

 

Volviendo al principio de este artículo, puede existir una tercera vía. Una vía en la que las empresas se hagan cargo de la gestión y mejoren sus condiciones, como han hecho hasta ahora. Una vía en la que el dinero de la venta de las empresas públicas se entregue poco a poco a los gobiernos, para que puedan iniciar procesos sistemáticos de inversión a largo plazo: un poco cada año, pero de manera sostenible en el tiempo.

 

Esta vía podría conllevar dos ventajas a los países de la región. La primera ventaja sería el fortalecimiento de las instituciones, porque se estaría generando la visión de largo plazo en la gestión de la inversión. A su vez, se tendrían que desarrollar las capacidades de gestión necesarias. Con esta medida, la capacidad de ayuda y de control de los organismos multilaterales estaría mucho más definida.

 

La segunda ventaja es que se limitaría mucho la capacidad de la corrupción de ¿evaporar¿ esos recursos y se podría exigir accountability a largo plazo. Se reducirían en gran medida las posibilidades de pelotazos: es mucho más difícil para la corrupción generar una gran cantidad de pequeños pelotazos en el mismo sitio de manera sostenible en el tiempo que dar un gran golpe.

 

En resumen, se trataría de establecer un nuevo acuerdo a tres partes: los gobiernos, las empresas y los organismos multilaterales. Los gobiernos recibirían el dinero de manera sostenible en el tiempo y podrían avanzar. Las empresas estarían en mejores condiciones para defender sus intereses. Los organismos multilaterales podrían apoyar el fortalecimiento de las instituciones de una manera efectiva, a través de la creación de mecanismos que limiten las posibilidades de corrupción.

 

Aún quedan empresas y países con empresas públicas que posiblemente se decidan por la privatización. El directivo español que sugirió esta idea comentaba que lo peligroso es que cuando toque de nuevo entrar en países de Latinoamérica o de otras regiones del mundo se siga el mismo mecanismo. Es tiempo de aprender.

 

Por cierto, olvidaba mencionar que escribo en calidad de español y catalán preocupado por la situación a la que hacen frente nuestras empresas en Latinoamérica, pero también como boliviano que observa en la distancia como estamos desperdiciando gran parte de nuestra oportunidad histórica de dar un salto social importante y, lo que es peor, gran parte de la democracia que tanto nos ha costado conseguir.

 

 


Pedro Parada es profesor del Departamento de Política de Empresa de ESADE.

 

 

 

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